los ojos de sara
dominio de la nostalgia
biografía
Los ojos de Sara


Son sus ojos, sus ojos, el motivo de mi decisión, aunque todo empezó por su sonrisa. Digo sonrisa a falta de mejor palabra. Al inicio ella le abría las puertas a Ava Gardner. Aunque no posee toda esa hermosura y ambigüedad de Ava, no es una "Fem¬me Fatale", a pesar de sus pretensiones. Pero su sonrisa.

Cuando la vi sonreír por primera vez, recordé aquella escena de "La Noche de la Iguana", en la que Ava se baña en la playa con dos machos latinos: uno la besa y abraza, el otro toca dos maracas, media noche, las olas lentas, el murmullo marino es casi inaudible, la luna, grande, redonda, ilumina, o eso parece, el lugar en donde está la santa "Vampirella". Al principio su sonrisa rememoraba la escena, después comencé a verme en ella, yo era Richard Burton, un sacerdote que en una crisis de fe en¬cuentra al verdadero Dios en el rostro de Ava, al fi¬nal los personajes se modificaron y éramos ella y yo, y la luna, grande, redonda, y las olas, tiernas, lentas, no hacíamos otra cosa que mirarnos.

Ahora cualquier cosa relacionada con Ava me transporta al mundo-¬Sarita. No, Sarita Montiel no. Pienso en la Sara que cuando cierro los ojos veo frente a mí con su sonrisa submarina, inexplicable Agujero Negro del desenfreno y el ardor, es tan real que creo no haber cerrado los ojos, la veo, la toco, la respiro, la dejo adueñarse de mis entrañas. Esto no es metáfora, como dicen los románticos de verdad, no los cursis: "ella me da aliento". Yo me acerco a su rostro, hasta que nuestras frentes chocan, suaves, adolescentes, dejo de respirar, ella expira el aire de sus pulmones" todo el aire, y yo lo inspiro. Es como suicidarse cortándose las venas: Uno siente la vida escurrirse, pacífica, poco a poco, y uno se libera del pensamiento, sólo siente, se alivia, toneladas de miserias y mezquindades se desmontan de nuestras espaldas, y entonces uno deja de ser.

He sido, soy, no sé si seguiré siendo" un postmoderno encerrado en las paredes de 'lo efímero. (Es increíble cómo puede una sonrisa, hace unos meses habría escrito: "Soy un Post-moderno liberado por las inmensidades de lo efímero”. La conclusión es obvia: lo que simboliza Sara ha llegado a influenciar al escritor, tanto como al personaje). Yo decía: lo que viene se irá, lo que se fue no vendrá y 1o que vendrá no se espera. Flotaba y me gustaba flotar, lo único que no era considerado efímero era Ava Gardner y mis fotos y afiches y videocintas de ella.

Ahora la incertidumbre me aprisiona, quiero cerrar los ojos para ver la sonrisa de Sara, pero no estoy seguro de querer ver esos ojos, grandes, hermosos, luciferinos. Su sonrisa mató a mi Ava, sus ojos quieren matar a su sonrisa, y me denuncian, denuncian mi estupidez, me muestran como el iluso que soy, pretenden que deje de flotar, que me meta de lleno en “el mundo ordinario de las normales acciones humanas”. No quiero pensar en los ojos, quiero un mundo sonrisa, y no puedo cerrar los ojos para reencontrar su sonrisa por miedo a ver lo otro, no.

Me he visto obligado a arrancar los afiches de Ava, a esconder sus fotos y videocintas, todo lo de Ava me transporta a la nebulosa-Sara. Al principio fue viceversa. Me acerqué a Sara porque se parecía un poco, sólo un poco, a mi espejismo, a mi ilusión, a mi Ava. Pero un día miraba una videocinta, que yo mismo grabé, en el que están las mejores escenas de sus películas, súbito el mundo fue la sonrisa de Sara, todavía no descubría sus ojos, aquello sólo puede ser descrito con una cursi palabra: sublime. No soporté tal placer, nosotros los solitarios no estamos acostumbrados a sentirlo tan intensamente, me dio miedo y con el control remoto apagué el televisor, el vídeo, pero seguía viendo las escenas de Ava, en las que ya no era Ava sino Sara, fue cuando descubrí que había cerrado los ojos y que estaba irremediablemente entregado a una nueva ilusión: Sara.

Admito que poco me importaba la Sara del mundo ordinario, yo prefería los espejismos, creía que las ilusiones no duelen, como duelen las personas. Por eso me aferro a la idea que me hago de la gente y no a la gente. Sé que dicen que soy una persona ridícula, lo sé y no me importa, porque es mi opción, porque ni con mis espejismos ni con mi amada solicitud daño a alguien.

Hay personas capaces de sufrir lo indecible por el otro, besan la frente del niño que vende flores viejas, ajadas y desteñidas, como las que obsequié a la Sara del mundo ordinario. Esas mismas personas, son capaces de causar dolores, hondos y profundos, a los ilusos como yo. Una vez fui una persona normal. Opté por los espejismos después del intento de suicidio de Ana Nelly, en parte tuve algo de culpa, quizás toda la culpa. Yo no digo que las “personas normales” sean malas, pero son muy apegadas al mundo ordinario, a lo dado, a lo inmediato, no entienden de magia, no se interesan en la alegría por sí misma, están ocupadas buscando soluciones a estúpidos problemas y persiguiendo chucherías. Yo persigo espejismos y sonrisas, y lo repito y me lo repito porque no quiero que los ojos de Sara me cambien.

Su sonrisa permanece al orden de los espejismos, sus ojos al orden del mundo ordinario. No puedo permitir esa irrupción del mundo ordinario en mis espejismos. Quisiera sus blancos dientes que abren puertas jamás sabidas, quisiera vivir un efímero eterno, quisiera esa sonrisa que entierra a Ava, que entierra a Sara –la del mundo ordinario- y sólo existo yo mirando una sonrisa, mirando El Ser, El Espíritu de “La Mujer” hacerse sonrisa. No es como la sonrisa del minino de Cheshire, él va desapareciendo lentamente, hasta que sólo queda su sonrisa, que luego desaparece. Sara y todo no desaparecen, se transforman en su sonrisa congelada e inmortal.

Su sonrisa es Alicia, sus ojos son conejitos blancos. A mí me aterra el conejito blanco del cuento. (Trate de entender al personaje, trate, amigo o amiga que valientemente ha llegado hasta aquí, trate, le digo, de imaginar a un conejo que va de aquí para allá, mirando la hora, preocupado por el paso del tiempo, con prisa por llegar, aunque no sepa adónde, ni a hacer qué, que no disfruta del País de Alicia). No, lo mío es lo efímero, o era, no sé. De todas maneras he tomado la decisión de no ver más la sonrisa de Sara, no por ella, sino por esos endemoniadamente hermosos ojazos cafés. Quemaré todo lo relacionado con Ava, y como cada vez que cierro los ojos veo su sonrisa, con estas tijeras, parado, desnudo frente a este espejo, mirándome de cuerpo entero, voy a cortarme los párpados. Y voy a construir otra ilusión, pero esta vez nada tendrá que ver con el mundo ordinario de las gentes normales.







(de El Recurso de la Cámara Lenta, 1996)