los ojos de sara
dominio de la nostalgia
biografía
Dominio de la nostalgia


El tiempo, para mí, es un implacable río que flu¬ye imperceptiblemente. Un río cuya apariencia de monótono remanso oculta las violentas corrientes internas que gobiernan su cauce. Nadie puede ver a la rosa marchitándose. Ayer esta rosa mostraba, oronda, su inigualable belleza. Hoy la veo marchita y es imposible reconstruir su antiguo esplendor. El recuerdo de la rosa no puede reconstruir con fideli¬dad su hermosura, su aroma y su color. La rosa recordada es diferente a la marchita cosa que uno tiene ante sus ojos y es distinta a la que ayer nos embriagaba de nimio placer. La modernidad per¬mite una impersonal petrificación de los momentos; pero sólo en el plano físico, exterior, diría pedestre. Una fotografía de mi rosa, no es mi rosa. La real es única, singular; la recordada es, a fin de cuentas, la síntesis de otras muchas rosas antes olfateadas, miradas, conocidas. Cuando trabajo en mi jardín me pierdo en vericuetos filosóficos estimulantes, hasta que me enervan los colores y el aroma de mis flores y, entonces, es difícil regresar al mundo ordinario y grosero; pero, al ver estas fotografías así, de repente, en el suelo, descubro que el implacable río me ha golpeado de nuevo, que sus desconocidas y violen¬tas corrientes me enrostran mi soledad. Creía que mi vida, aquiescente, no se había modificado sustan-cialmente, nada más falso. Ella está ahí, hermosa, erguida, con una sonrisa de anuncio publicitario que apenas conserva los vestigios de aquella otra sonrisa que perturbó mi viaje a Costa Rica, hace unos años. Sé que ya no es la bailarina adolescente, esquiva y es¬curridiza que, al inicio de nuestras relaciones, cam¬bió mi vida por un momento, y me sumió aún más profundamente en mi soledad, al final. Piel canela, mulata de carnosos y jugosos labios, implacable ob¬jeto del deseo. Sólo ver esas coloridas y alegres fo¬tografías renueva mi incertidumbre, mi viejo te¬mor al excesivo contacto de otro ser humano, quie¬bra mi deseo de olvidar todo aquello y renace nues¬tra silenciosa complicidad. Pero, sé que no fue así, que trato de recomponer mi pasado, no hubo tal complicidad y el silencioso fui y soy yo. Ni el re¬cuerdo, ni las fotografías, ni la nostalgia, ni mi ima¬ginación pueden recobrar aquello indefinible e in¬descifrable que nos unió. Rectifico: que me aferró a ella. Nadie puede ser cronista de lo desconocido y a ella la desconozco, debo admitirlo. Siento el aro¬ma de su perfume, Chanel n° 5, y la veo venir por el pasillo del avión; medias color piel, transparentes, que acentúan la belleza de sus piernas; vestido ne¬gro, más arriba de las rodillas, ceñido a un grácil cuerpo que es la perfecta simbiosis afro-caucásica. Pier¬nas de bailarina, pensé. Su rostro me fue familiar inmediatamente, a pesar de nunca antes haberla visto. Luego descubrí que era la síntesis de los di¬versos rostros de las mujeres que amé o que sim¬plemente poseí. Una auténtica aparición. Estaba seguro que se sentaría a mi lado y así fue. Arregló su equipaje de mano en el compartimiento situado frente a nuestros asientos, pude observar sus muslos a placer, el vestido casi subió hasta donde finalizan las nalgas, temí ser visto por alguien y desvié, con mucho esfuerzo la mirada, sus felinos movimientos reforzaron mi apreciación inicial: es bailarina. Dijo, "saludos", y me sorprendí, esperaba que simplemente se sentara sin mirar a este hombre de saco y corbata que la acompañaría hasta Miami, por un momento pensé que ella también continuaría hacia San José. Encontrada dentro del avión fue un presagio que no pude entender. No la vi mientras hacía la fila frente al mostrador de la línea aérea, ni en la sala de espera, ni merodeando por ahí. Me gusta viajar, pero odio los aeropuertos. Las cosas que más odio son, precisamente, por un lado, el chequeo en la línea aérea, la búsqueda en el computador, la sorpresa cuando se dan cuenta que uno es dominicano y no lleva grandes maletas llenas de salami, quesos, cervezas y otros encargos para los familiares: por el otro, la sala de espera, algún niño jugando por ahí, un desaprensivo fumando al lado, una mujer nerviosa, es su primer viaje, todo lo mira con asombro, cree que es imposible que ella esté ahí, presta a tomar un avión, guarda el pasaporte y el boleto de abordaje en la cartera, los extrae, revisa su pasaporte, hay un silencio de hospital; la gente, quién sabe por qué, habla en voz muy queda y al anuncio de que el avión puede ser abordado sobreviene el tumulto, a pesar de que cada quien tiene su asiento seguro, todos quieren entrar primero, irrespetando la voz que llama a los de primera clase, las familias con niños pequeños y los impedidos. Soy malo para recordar los diálogos: aunque trato no logro establecer de qué manera se inició nuestra conversación, la veo ajustarse el cinturón de seguridad, cruzar las piernas, esos mus¬los de nuevo, toma la revista de la línea aérea. Al igual que yo, no le presta atención a la cantaleta de la aeromoza sobre cómo se ajusta el cinturón, cómo se infla el salvavidas. El avión se mueve. No estoy seguro de haber iniciado el diálogo. Se llama Rosalía, va a Miami a disfrutar de sus vacaciones, yo voy a San José a un seminario sobre cultura ca¬ribeña, invitado por las Naciones Unidas. Me con¬firma mi apreciación inicial, es bailarina, gusta de la danza moderna y en especial de la música afrocaribeña. Una charla maravillosa, le doy mi tarjeta, me da su número de teléfono. De todos los aero¬puertos que conozco, uno de los más horribles es el de Miami. Hay alrededor de un kilómetro de dis¬tancia entre el lugar donde te desmontas del avión hasta migración, el movimiento es constante, to¬dos van con prisa, acelerados. Caminamos despacio, yo decidí internarme en la pequeña sala preparada para los que van de tránsito, pero la acompañé hasta la escalera que baja a migración. Tenía mu¬cho material para leer, la mayoría de las ponencias del seminario me fueron enviadas previamente, así que las tres horas en aquella sala de espera y las dos y media de vuelo a San José las gastaría en la lec¬tura. En realidad no la pude sacar de mi mente. Nunca creí enamorarme de una mujer que recién empieza a abandonar la adolescencia. Nunca creí que fuera tan fácil y rápido enamorarse. Nunca me había enamorado de aquella extraña y pacífica ma¬nera. En aquel momento, el trayecto de Miami a San José y mi estancia en el hotel Irazú carecieron de importancia. En el pequeño aeropuerto Tico me esperaban los organizadores, en el mismo avión que llegué viajó la delegada de Puerto Rico, una locuaz mujer que antes de finalizar el seminario casi llegué a aborrecer. Si hoy digo que San José fue decisivo para mí y Rosalía, es porque cuento con todas las piezas del rompecabezas. En aquella época, no pu¬de imaginar la importancia de Zuleyka, una her¬mosa mulata cubana, que al tercer día me llevó a su habitación. Comencé a desnudarla, ella se dejó hacer como resignada, eso me pareció, dudé un momento, captó mi inquietud, me desabotonó la camisa, me besó con una lengua que sabía a hierbabuena, entendí que su dejar hacer no era resig¬nación, era su forma de maximizar el placer, un extraño aroma a sándalo me enloqueció, me turbó los sentidos, ya no era ella, mi sueño se hizo realidad, Rosalía me besaba. Cuando nos hacíamos el amor, yo veía aquella bailarina ingrávida, y mis movi¬mientos eran de una ternura de la que no me creía capaz, me imaginaba que aún estaba en el avión, veía las piernas y los muslos de Rosalía y mi cubana ge¬mía de un frenético placer incontrolable. Yo odiaba llegar al final, regresar a la realidad, pensar que mi bailarina estaba en Miami, quizás haciendo lo mis¬mo con un cubano rival de ésta que no me dejaba ir temprano a mi habitación. En cinco días me fa¬miliaricé con el cuerpo de Zuleyka, pero soy incapaz de describirlo; lo único que puedo decir es que en alguna forma se parecía a mi bailarina. No volví a saber de la cubana. Quizás me escribió alguna vez, no lo sé. El seminario fue un éxito absoluto, si bien ninguna institución gubernamental nos hizo caso, ahí están los resultados para la historia. Ya en Santo Domingo, largos días de angustia. Hasta que por fin llamé a Rosalía, me informaron que todavía estaba en Miami. Dos días después llamé de nuevo: "no ha llegado", me dijo una voz de mujer, probablemen¬te su madre. Me atreví a preguntar la fecha de su regreso, "no sé" y cerró bruscamente el teléfono. Intenté recuperar mi deteriorada relación con Sharon. Pero, no, ningún blanco cuerpo podía calmar mi sed de Rosalía, la pobre gringa no sabía qué ha-cer, ¿cómo puede un hombre no reaccionar ante su hermoso cuerpo desnudo? Sharon es, induda¬blemente, una hermosa mujer caucásica, pero nada de ella me transportaba a Rosalía. La dejé en paz. Una semana después, mi desesperación pudo más que mi prudencia, llamé de nuevo. Reconocí la voz de inmediato. Se recordaba perfectamente de mí. Nuestra primera salida fue sencillamente ma-ravillosa. Ella, radiante, vestido más arriba de las rodillas, negro de lentejuelas, sin mangas y sin es¬cote. Fuimos al Mesón de la Cava, una antigua cue¬va indígena convertida en restaurante, 10 metros ba¬jo tierra, charlamos, además de bailarina estudia modelaje, comimos, quiere ser actriz, bebimos, reí¬mos y lo mejor fue verla reír, esos blancos dientes, y sus labios, qué sensualidad, nada puede describir¬los. Me siento agotado. Me fatiga el simple recuerdo del ritmo al que me sometió Rosalía aquella noche. Luego del restaurante fuimos a bailar, es imposible describir ese menudo cuerpo moviéndose al com¬pás de la música que sólo puede ser el preludio del sexo, pero no lo fue. Ya era tarde, y no sentí la necesidad de apresurar las cosas. Nuestro segun¬do encuentro fue cordial, pero extraño. No recuerdo de qué hablamos. No sé cómo iba vestida. No creo haber estado con Rosalía, era otra mujer. Fuimos a un motel, ella se desnudó, vi un cuerpo bien deli¬neado, pero creo haberlo visto con ojos de gine¬cólogo, se acostó, me desnudé, hicimos el amor como por encargo. No volví a verla. Varias semanas después de mi fallida experiencia con la bailarina, conocí a Margarita, último eslabón de la cadena de hechos que construyeron la extraña complicidad entre Rosalía y yo. Describir a Margarita es lo mismo que describir a mi bailarina en el avión. Hablar de cómo nos hacíamos el amor, es narrar mis encuentros con Zuleyka. Lo extraño fue que durante el año que Margarita y yo estuvimos juntos, cada vez que nos hacíamos el amor, Rosalía me llamaba al día si¬guiente, conversábamos como viejos amantes, de trivialidades sin importancia, de alguna manera sentí que ella sabía que lo amargo de nuestro pri¬mer y único intercambio sexual había sido redimido por Margarita, pero ninguno de los dos sugirió al¬guna vez la posibilidad de vemos de nuevo... Hasta ahora he estado en cuclillas mirando la página del periódico en la que aparecen las dos fotos, una de frente, otra de espalda, lleva puestos unos pantalones de mezclilla que exaltan su anatomía y pro¬meten que las mujeres que los usen se verán tan bien como ella, recojo la vieja página que no sé có¬mo llegó a mi jardín, cierro los ojos, la estrujo sin rencor, parsimonioso, abro los ojos, suspiro como el hastiado hombre que soy; regreso a la marchitada rosa y a mi remanso. Me duele tener que cortarla, me duele el retorno a la soez realidad. Nada me gusta más que contarme extrañas historias de amor. Nada me reconforta tanto y hace más llevadera mi pueril existencia, nada me lleva tan exquisitamente hacia mi sueño trunco de los ochenta: ser escritor.







(de El Recurso de la Cámara Lenta, 1996)