El hombre del sombrero gris llegó por primera vez al barrio una tarde calurosa de agosto, sorprendiendo la siesta vespertina de las comadres hastiadas por no haber descubierto, después de innumerables especulaciones, a quién se refería Paco Escribano con la mención de la mujer de la Manuel Ubaldo Gómez.
El agresivo resol de las tres se reflejaba odiosamente sobre los techos de zinc, descascaraba la pintura de aceite de las contadas residencias de los adinerados y creaba en los limitados horizontes apresados por las casas como muros imperturbables una vaga e inquietante atmósfera de desierto y espejismos. La radio del medio día y las horas subsiguientes ya había cesado casi de manera unánime con Paquita interpretando a ritmo de trompetas y bongó mamita llegó el obispo | llegó el obispo de Roma | mamita si tú lo vieras | qué cosa linda, qué cosa mona. ¿Y quién será la doña, muy responsable, por cierto que vive en la Manuel Ubaldo Gómez, más para allá de la San Martín, que vieron salir muy bien acompañada del Yumurí una de estas noches, cuando su marido se encontraba de viaje para el interior?
Un afiebrado mantenía encendido un radio de cinco pesos, Joseito Mateo interpretaba Recogiendo limosnas no lo tumban, pero el hombre del sombrero gris no lo escuchaba. Cerca de él, en la intersección de la Peña Batlle con la Marcos Adón, dos empleados esperaban un carro público, esta noche Paquita va a hacer una interpretación para los campesinos, ¿sabes? Para que sepan cómo “atender” a un barbudo si se le aparece por el bohío. No me lo pierdo por nada del mundo, tampoco yo, asintió el otro. Alcanzó la acera de la compraventa del papá de Fofito y descendió al asfalto caliente de la calle sin mirar, con pasos sinuosos y firmes, pero raros, como si una afección de la columna vertebral proyectara todo su cuerpo hacia delante, exactamente igual que ciertos animales salvajes.
Un carretillero se internó a la Marcos Adón gritando carbón, carbón. La radio de cinco pesos le permitía a José Luis hacerse oír con su Señorita Luna. Un trío de muchachas de uniformes verdes, muy largos y rematados con blusas rosadas –llevaban bordados en las manos- trataban de protegerse del sol caminando en fila dentro de los reducidos marcos de sombra que proyectaban sobre las aceras las casas del lado este. Los colores de agua parecían diluirse en el caliente de la tarde implacable, cuando el hombre del sombrero gris fijó su mirada en lo que después sería la farmacia Felicia. La estructura de dos frentes, ubicada en la esquina, con cuatro puertas idénticas, se levantaba junto a dos hileras de casas de piezas sin terminar que pertenecían respectivamente a la Marcos Adón y la Peña Batlle. Los territorios silvestres donde los chicos mantenían sus centros ceremoniales y escondites, empezaban a desaparecer ante la voracidad constructora de un hombre enigmático y desconocio a quien se conocía por el nombre o apellido de Holguín.
Andrés, Omar y Yin no se percataron de inmediato de su presencia. El hombre del sombrero gris se detuvo en el umbral de lo que después sería una puerta y se quedó mirando a los muchachos que descubrían el encanto del juego halando pequeños camiones llenos de tierra, piedra y caliche por imaginarias carreteras construidas por ellos mismos y que en algún tiempo habrían de desaparecer, cuando echaran los pisos de cemento con colorante rojo de la nueva edificación. Omar fue el primero en verlo. Llenaba el pequeño camión rojo con piedras minúsculas, apretó nuevamente el cordón atado al parachoques y se levantó para hablarlo cuando, sin quererlo, miró hacia el umbral que daba a la Marcos Adón. Las alas del sombrero apenas si le permitieron vislumbrar unos ojos pequeños y negros, circuidos por irregulares líneas de sangre. Vio su nariz larga y sobresaliente, como si no hubiera sido diseñada para ese rostro. Vio también sus labios finos y apretados, propensos a la ira sin control, igual que la protuberancia semioscura bajo la nariz lo que hablaba claro de increíbles esfuerzos por no dejar ni la más vaga seña de vellosidad. Su mirada era escrutadora y temible. Sus ojos negros y turbios parecían tener especial interés para los cabellos castaños de Omar, el cuello y la espalda desnudos y tostados por el sol estremecedor del medio día, su boca sorprendida.
Andrés y Yin se dieron por enterados, casi simultáneamente, de aquella presencia dibujada en el umbral vacío minutos antes, y que ahora estaba ahí con un sombrero de fieltro gris en la cabeza que no hacía sombra en el rostro endurecido, la camisa marrón desteñida, apretada firmemente por un pantalón ancho, color gris policía, y unas botas de intendencia negras con los tacos ligeramente altos. ¿Qué hacen aquí, qué están haciendo aquí?, dijo el sujeto, y su voz se escuchó profunda y autoritaria, como suelen serlo las voces de mando. Andrés pensó con rapidez en agarra su camión amarillo que costó uno con veinte y cinco, pero temió que su gesto desencadenara alguna acción de parte de aquel hombre.
Yin lo miraba sorprendido con una expresión estúpida en su cara blanca e infantil. ¿Qué hacen aquí, carajo?, dijo el individuo y esta vez dio un paso hacia delante. Andrés soltó la cuerda que halaba su camión y corrió hacia adentro de la casa. Omar y Yin reaccionaron de inmediato y lo siguieron, pero ya el hombre del sombrero gris estaba presto para la persecución. En contados segundos los muchachos cruzaron un pasillo de dos metros que llevaba hacia las distintas dependencias de la casa, entraron a lo que posteriormente sería el cuarto de baño, y apoyándose en un cúmulo de materiales de construcción desordenados, alcanzaron el hueco donde iría la persiana, saltando hacia el monte vecino. El extraño extendió la diestra hacia Omar, pero dio un resbalón y cayó recostado de una pared. Se repuso, trató de perseguir a los muchachos. Era tarde ya cuando alcanzó el cuarto de baño para ver a distancia los tres chicos huir desaforados sin mirar hacia atrás entre las hierbas silvestres y los arbustos del monte que, con el tiempo, serían el patio de las nuevas construcciones.
Ya se habían perdido en los callejones cercanos cuando, con el ceño fruncido, se decidió a volver al salón principal. Maldición, maldición, pronunciaba entre dientes mientras apretaba los puños. Contempló minuciosamente las lomitas de arena y piedra, las carreteras infantiles, los pequeños camiones atados a las tiras, casi todos cargados de arena, caliche, piedras y tierra. Se agachó y levantó el camión rojo de Omar. Lo miró por largo rato, como si esperara algo de aquel juguete insignificante. Algunos vehículos transitaban por la Peña Batlle en dos direcciones. Personas de paso cansado cruzaban por las aceras, indiferentes. El radio de cinco pesos arremetía otra vez la tarde, esta vez con Lucho Gatica, con su voz melosa para que tú no me olvides | te voy a decir tres cosas | te amor | te amo | te amo
Colérico, el hombre del sombrero gris abrió la boca, mostrando unos dientes grandes y amarillos, abuso del tabaco. Lanzó contra la pared el pequeño camión, cuyas ruedas saltaron a distancias. Profirió palabras inaudibles y entonces, le entró a patadas, con sus botas negras de intendencia a los juguetes de Andrés y de Yin. Salió de la casa en construcción para chocar con el reverberante sol de las tres de la tarde. Miró hacia la escuela República Dominicana, h i | j k | l m n o | ya aprendí | mi lección. Contempló la verja ciclónica terminada en alambres de púa en lo alto, las hierbas y las flores delicadamente atendidas como las cayenas, sopló un poco de brisa y los arbustos verdeoscuro se estremecieron. Se quitó el sombrero, extrajo un pañuelo sucio del bolsillo del pantalón gris policía; se secó el sudor, puso de nuevo el sombrero sobre una cabeza de cabellos aplastados, muy negros; tomó la acera de la Peña Batlle por donde se proyectaba un mayor ángulo de sombra y prosiguió su camino, como si se dirigiera al mercado de Villa.
De ese primer encuentro con el hombre del sombrero gris, sólo quedaron en el barrio los camiones destrozados y los decires. Algunas de las comadres que se reían hasta del dolor con los comentarios de Paquita del mediodía, adoptaron medidas precautorias en relación con sus hijos, impidiéndoles salir a la calle después que llegaban de la escuela. Se decía que aquel sujeto era peligroso, y que había que estar al tanto. Otros parecieron no darle mayor importancia porque el momento no era para eso: el generalísimo, montado a caballo, se dirigía él, personalmente, a combatir a los invasores extranjeros, tal y como expresaba El Caribe en enormes titulares negros de primera página, ilustrados por una foto del Jefe.
Paco escribano repetía su drama televisivo, mientras que la radioemisora lanzaba violentas proclamas contra el gobierno de Venezuela, cómplice evidente de este intento criminal de subvertir la paz y la tranquilidad del pueblo dominicano. José Luis Martínez seguía acaparando los primeros lugares en audiencia, esta vez con Mariquilla Bonita, graciosa chiquilla | tienes mi querer. Omar se limitó por un tiempo a breves encuentros con la pandilla, mientras que Andrés manifestaba que el hombre del sombrero gris era un loco y que no volvería más por el barrio, que había pasado por allí por casualidad. Pero si nos agarra, ¡ay…!
Licinio propuso que todo siguiera más o menos normal, pero que alguien vigilara, por si las moscas. Yin trajo a colación un comentario que le oyó a su padre: el tipo ese era Holguín, el dueño de la construcción, y había perseguido a los muchachos molesto porque éstos vivían haciéndole desórdenes con los materiales. Andrés replicó que su padre y Holguín mantenían relaciones comerciales y que él lo había visto, y no era el hombre del sombrero gris. Remató sus palabras con lo que a Omar le pareció un chiste cruel: Eres tú quien le interesa. Viste cómo te miraba. Omar, ofendido pero profundamente asustado dentro de sí, optó por dejar la reunión. Tengo que hacer unos mandados, pretextó, y se fue. Los comentarios continuaron con su ausencia, y Yin corroboró que el extraño lo miraba como si fuera una mujer. Sin embargo, nada anormal, a excepción de la victoria del Generalísimo sobre los alzados, ocurrió en los días venideros. Paco Escribano volvió a ser el atractivo principal de las comadres, y quién será un caballero, de nombre Mario, que no sale del Borinquen? ¿Es que su mujer no sabe lo que ese don puede pescar por esos alrededores?
El hombre del sombrero gris pasó a ser un recuerdo chistoso contra Omar, que dejó de disgustarse por las alusiones. La mañana del jueves fue tan estrepitosa como siempre. Chiquillos desnudos jugaban con piedras y tierra en las aceras. Temprano, cruzó un billetero vociferando con desigual energía los números de una planilla de billetes de la lotería. Más tarde, el lechuguero demostró tener más garganta al cruzar por la Marcos Adón con aquel artefacto que apoyaba en su hombro izquierdo y que más bien parecía una balanza de madera, soga y canastos cargados de tomates, repollos, vainitas, guandules frescos y remolacha.
Omar aceptó a regañadientes el quedarse en la casa cuidando a Zoila mientras doña Olimpia iba al mercado de Villa a compra legumbres, allá son más baratas. Después, encontró divertido el no tener que asistir al colegio, mientras se balanceaba en la mecedora, escuchando la pegajosa risita infantil de su pequeña hermana. Miraba sus ojos chiquitos y puros, sus mejillas rojas y entre sus manos sentía su cuerpecito blando como una esponja. Don Miguel, igual que siempre, calentó su camioneta y se había marchado al taller. Ese día, Omar lo vio partir porque doña Olimpia lo despertó mas temprano que de costumbre. Omar le susurraba palabritas suaves a Zoila, dejó de mecerse y pensó si se duerme podré sentarme en la cerca. Se sentía cansado de aquellas apretadas paredes amarillas de agua de la salita, las dos mecedoras, los muebles azules, el cuando donde en desordenada alineación aparecían su padre, su madre, Zoila y él, además de decenas de parientes de lado y lado que nunca había visto en su vida. La sala daba a una puerta de calle y un terreno de tres metros hacia la acera que nunca había sido sembrado por lo seco de la tierra roja sin preparar –su padre decía que las flores daban tos, y se había empeñado, casi con saña, en no permitir que surgiera ningún arbusto silvestre en los alrededores de la casa-. Mas allá, y bordeando la acera, se levantaba una pared de tamaño mediano, donde los muchachos del barrio se sentaban a conversar y hacer chistes todas las noches.
Omar miraba los cabellos castaños de Zoila que proseguía con su risita chillona negándose a dormir. Buscando en qué entretener la vista, contempló las paredes amarillas, el techo donde ya colgaban algunas telarañas en el zinc, y volvió su rostro hacia la puerta abierta. El corazón casi le dio un vuelco cuando vio de pie en la acera, observándolo con esa fijeza que sólo se aprecia en las estatuas, al hombre del sombrero gris. Por un segundo, el desconcierto le nubló los sentidos. Dios mío, dijo. El hombre lo miraba con aquellos ojos negros minúsculos que no había olvidado cuando lo examinaron la primera vez en la construcción de Holguín.
Con su mismo andar sinuoso y firme, pero extraño, cruzó la verja y se detuvo en el umbral de la vivienda. Sonrío, dejando ver sus dientes amarillos y agudos. Era una mueca, no una sonrisa, vislumbró Omar. Su corazón se agitaba peligrosamente, casi podía escuchar sus campanadas. Abrió los ojos, la mente seguía nublada, miró a Zoila que bailoteaba indiferente en sus piernas, y pensó, como un relámpago, no puedo huir, no puedo hacer nada. El hombre del sombrero gris traspasó el umbral y se acercó más, Omar creyó recordar la proximidad de una serpiente. Oyó, entonces, aquella voz de mando que tampoco había olvidado, no podrás huir esta vez, ¿eh Omar? Se levantó de la mecedora, y temblando de miedo le dio la espalda, acariciando una vaga e imposible esperanza. Zoila, al sentirse apretujada entre los brazos sin control de su hermano, comenzó a gimotear. Se dio cuenta de que el hombre del sombrero gris avanzaba hacia él, sintió su diestra extenderse y apretar su cuello, apretó mas a Zoila, dio casi media vuelta obligado por aquella garra que lo aprisionaba, ven acá, oyó, adónde vas, le gritó, y a la voz siguió una impresión dolorosa en la cara, vio entonces la mano del sujeto que acababa de golpearlo, casi soltó la niña.
El hombre dio dos pasos hacia atrás, como si hubiera calculado cada detalle de su ataque, y sin dejar de mirarlo, juntó las dos puertas. El miedo ya no lo dejaba reaccionar, el extraño se quitó el sombrero de fieltro tirándolo sobre uno de los muebles, y luego hizo como el movimiento de soltarse la correa. Omar lo miraba aterrorizado, con un gesto rápido e imponente, empezó a desabotonarse la bragueta. Vio con horror sus intenciones, un grito desesperado hacia esfuerzos inútiles por salir de su garganta, y abruptamente se abrió la puerta frontal. ¿Qué pasa aquí?, preguntó doña Olimpia con los ojos agrandados por la sorpresa. El hombre del sombrero gris se volvió rápidamente y salió a la calle. Doña Olimpia, pasmada, dejó caer dos fundas que llevaba en las manos pero, pese a su sorpresa, pudo ver al extraño cuando entró por un callejón y desapareció en cosa de segundos. Corrió hacia Omar y Zoila, los abrazó, asustada, inquiriendo con balbuceos incoherentes sobre lo que había pasado. Apenas pudo retener en sus brazos a Zoila cuando Omar cayó al suelo, desmayado. Dejó a Zoila sobre la cuna rosada del cuarto contiguo, buscó el bay rum, le puso en la frente y las mejillas a Omar, se lo dio a oler. Pasaron varios minutos antes de que volviera en sí, pero al abrir los ojos vio sobre su rostro, mirándolo fijo, varias de las vecinas de los alrededores, que llegaron a la casa, atraídas por los gritos de su madre.
De nuevo las especulaciones sobre el hombre del sombrero gris se apoderaron del barrio. Se llegó a decir que se trataba de un ladrón que, aprovechándose de la ausencia de mayores en la casa, había tratado de robar debido a lo cual golpeó a Omar. Las comadres nuevamente prohibieron a sus hijos salir a la calle, a excepción de la escuela y el colegio. La pandilla se reunió en secreto en uno de sus escondites para decidir qué hacer al respecto. Omar contó con detalle lo que había ocurrido, pero no habló de las motivaciones que, evidentemente tenía aquel individuo, por temor a ser objeto de nuevas burlas. Licinio dijo que esta claro que el hombre tenía un propósito y que su objetivo, sin dudas era Omar. Había que hacer algo para impedirle llevar a cabo cualquier cosa que estuviera pensando.
Cuando esa noche doña Olimpia le relató a don Miguel lo ocurrido en la mañana, se quedó sorprendida por su reacción: Ese tipo es inofensivo, dijo. No hay que hacer caso. Pero me empujó, dijo doña Olimpia. Golpeó a Omar, iba a hacerle algo malo, se estaba desabotonando la bragueta. Don Miguel seguía concentrado en las ruedas de salchichón fritas y el plátano cortado en rueditas salpicado con aceite verde. Sí, he oído algunas historias de él, dijo. Nada peligroso. Dicen que es un policía frustrado que anda por ahí metiéndoles miedo a los muchachitos. Nada más, no te preocupes. Doña Olimpia no salía de su asombro. Sólo, que su esposo, que fue un hombre de coraje en otros tiempos, sabía que del hombre del sombrero gris se decían otras cosas. No te preocupes, le dijo a su mujer, mirándola de frente. Cuando podamos, nos mudaremos de este barrio, y problema resuelto. No has comprendido, Miguel, no has comprendido. Se estaba desabrochando la correa, se estaba desabotonando la bragueta… Sí, contestó, quería aparentar que iba a darle una pela. Pero no iba a pasar de ahí.
Me parece, dijo Licinio, que a ese carajo hay que meterle una trampa. Hay que escarmentarlo. La pandilla lo oía con atención. Los muchachos lo miraban a él, y después a Omar que parecía asustado aún con la experiencia sufrida. Los insectos comenzaron a chirriar en torno al escondite. La noche caía con celeridad sobre su mundo secreto. Por eso, dijo Licinio, lo vamos a hacer así: Hay que volver a jugar en la construcción de la esquina. Y tú, Omar, tú vas a ir a jugar con nosotros. No, dijo Omar: no voy a poder. De todas maneras, dijo don Miguel, a Omar que no salga de la cas, ¿oíste Olimpia? Sí. Que vaya a la escuela, y que cuando vuelva que se quede aquí. Y no me abras la puerta del frente. Es mejor así. Si no hubiera andado con los tigres esos todo el tiempo, con seguridad que no le pasa nada. Sí vas a poder, dijo Licinio. Te escapar un rato, y ya. Tú, Omar, desde mañana, te quedas jugando en el salón grande, donde puedan verte. Andrés y Jacinto van a esperar en una de las habitaciones, la de la derecha, que todavía no tiene techo. Se suben a la pared y aguardan allí. Hay que subir dos bloques, eso lo haremos entre todos. Si viene el loco ese, Omar se manda para la habitación. Cuando entre el loco, ustedes le dejan caer los dos bloques y a correr se ha dicho. A que se le acaba la fiesta. Omar se imaginó por momento perseguido por aquellos ojos negros, aquella boca apretada y esos singulares dientes amarillos. Sintió terror. Pero pensando en la idea de que todo un grupo de muchachos tramaba una decisiva venganza contra aquel sujeto, se sintió reconfortado. Valía la pena, sí. Está bien, dio. Iré.
El sábado siguiente, el local vacío de lo que después sería la farmacia de Felicia, se vio más concurrido que nunca. Los muchachos paseaban camiones entre las carreteras artificiales, se lanzaban arena y caliche, hacían relatos. Lo mismo ocurrió el domingo y los días venideros. Pero el hombre del sombrero gris no volvió a dar ninguna señal de vida. A la ciudad llegó un circo norteamericano en el que cantaba Celia Cruz que se transformó entonces, en la atracción principal de los chicos. Era el comentario principal de la barriada. El que no hubiera visto al hombre meter la cabeza en la boca del león, o a los motoristas en aquella rueda metálica, o a la muchacha debajo del pie del elefante, no tenía derecho a la vida. Celia Cruz, con la Sonora Matancera cubana sustituyó en popularidad a José Luis Martínez, uno de cuyos últimos éxitos, La del reboso blanco, había permanecido por más de un mes en el primer lugar de audiencia. Pasaron tantos días que el hombre del sombrero gris había sido olvidado por completo. A Omar le latía en su corazón una mezcla de sentimientos. El alivio, por la ausencia –definitiva al parecer- de aquel sujeto. Y el desasosiego de haber sido él la persona escogida por aquel enfermo sin que hubiera podido realizar alguna venganza personal –lo había golpeado en el rostro; y un hombre no puede permitir que nadie le dé en la cara.
Después del circo, se dejaron sentir los aires de Navidad. La bella pascua infantil, con sus cohetes, sus velas romanas, los dulces, la carne de cerdo horneada, los juguetes del día de Reyes… Esa noche, iba al colmado de la calle 10 a comprar frutas para doña Olimpia –la pulpería de Luis estaba fallando en eso. Las calles estaban vacías, hora de cena. Escasos carros públicos deambulaban por la Peña Batlle. Una brisa ligeramente fría circulaba por los callejones y se metía, sin respeto, por entre las rendijas de las casas de madera. Al cruzar por la construcción donde por primera vez había visto al hombre del sombrero gris, sintió un estremecimiento. Sonrió. Apenas si había algún cambio allí: habían hecho los pisos, y colocado algunas de las puertas y persianas interiores. Se dispuso a cruzar la Peña Batlle. Lo vio, entonces, cuando saltó desde la acera de la compraventa del papá de Fofito. Miró su figura, iluminada a medias por el bombillo de 100 bujías del poste callejero. Y tenía en el rostro una expresión de verdadero odio, de verdadera rabia.
Esta vez, gritó acelerando el paso, no te vas a escapar. De la cintura extrajo un largo cuchillo. Omar, aterrorizado y casi por instinto, corrió hacia la casa en construcción. Algo le dijo en su conciencia que allí podrían estar Licinio, Jacinto o Andrés, con los que había estado conversando media hora atrás. Penetró a aquel lugar en tinieblas. Tras de dí, escuchó los pasos agresivos del hombre del sombrero gris cuando cruzó el umbral y penetró a la nocturnidad del sitio. Corrió hacia el lugar convencido, sin pensar que no tenía salida. Ellos estarán ahí, estarán ahí, se consoló. La ropa tiesa y almidonada del extraño rozaba las paredes desnudas del lugar. Omar escuchaba el roce en medio de su desesperación. Llegó a la habitación y, espantado, se dio cuenta de que estaba solo y acorralado: no había nadie. No atinó a hacer nada. se quedó recostado en un rincón, temblando. Por algunos minutos, que le parecieron horas, no oyó más que los pasos del hombre. Sus ojos, entonces, fueron heridos por la luz de un foco que se proyectó demoledoramente sobre su cara.
Esta vez, lo oyó aterrorizado, esta vez no te vas a salvar. Hablaba lentamente, como si disfrutara de cada una de las palabras que pronunciaba. Se puso de espaldas como tratando de huir de aquel odioso destino que presentía. La conciencia se le nubló, sintió que perdía fuerzas, que ya no podía sostenerse en pie. No se dio cuenta de nada. Alcanzó a escuchar los últimos pasos suaves y firmes, la ropa almidonada rozando las paredes, y palabras misteriosas dichas entre dientes por el hombre.
Dos horas después, encontraron a Omar. Aturdido, ausente, desnudo, con el rostro lleno de lágrimas y moretones, fue vestido a duras penas y sacado de aquel lugar. Todos los que lo vieron aquella noche se dieron cuenta de que nunca más sería el mismo, de que el derrotero de su vida había sido violentamente interrumpido. El tiempo así lo confirmó.
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