las pesadillas del verano
tercer y último encuentro con el hombre del sombrero gris
biografía
 
 
 
Las pesadillas del verano


A Sagrario Díaz Santiago

Me arden los ojos; las lágrimas chocan violentamente contra los vidrios de los lentes; apenas si puedo respirar, apenas si puedo ver; todos corren en torno mío, todos se lanzan al suelo, todos gritan, algunos pretenden cantar; poco a poco, la conciencia se va perdiendo, ¿qué dirá mamá de todo esto, después, que dirá? La piel me arde, tengo miedo, siento como un calor inmenso que surge con violencia, con impetuosidad de mi pecho, ¿qué me pasa, Dios mío, qué me pasa?... Será la última vez, lo juro, será la última vez... su rostro varonil, hermoso. Su mentón se oscurece con los pelillos negros, muy brillantes, que anuncian el nacimiento de las barbas. Asoman, también, bajo su nariz, cuyas aletas tienen un ritmo suave de respiración. Los labios, un poco abiertos, sensualmente abiertos y los párpados, maltratados por la fatiga, cubriendo sus ojos claros como dos delineadas manchas morado-oscuro. Lo miro recostada en el espaldar caoba de la cama de hotel mientras el frío y el amor hacen temblar mi epidermis. Amanece. Las montañas permiten adivinar sus líneas con un ejército de pinos muy verdes, uno tras otro, en desesperado esfuerzo por alcanzar el cielo. Me levanto. Él sigue durmiendo. No me atrevo a abrir la ventana corrediza de vidrio, el frío es demasiado fuerte. Aparto un poco las cortinas azules, de cera. Debajo, las aguas claras de la piscina comienzan a darle su forma de rectángulo. Una escalera de mosaicos rojos que descienden hasta una enramada de cana con largos bancos de madera. Y después, la tierra, los pinos, el frío cortante, un poco de brisa, quizás. Vuelvo el rostro.

Él, despierto, me sonríe: Contemplo su hilera de blanquísimos dientes y anhelantes labios... La luz de los postes, es demasiado tenue, demasiado débil. Apenas si ilumina limitadas áreas del asfalto y las casas. Yo camino con rapidez. Las reducidas viviendas, en obligadas hileras en torno a la calle estrecha, duermen en las penumbras. Los callejones y las esquinas, concentran cada vez más oscuridad y sospechas e insólitas sorpresas. La vía es un laberinto que no parece detenerse nunca. Sigo caminando, cada vez más rápidamente. Temo algo. Miro hacia atrás. Abro los ojos, asustada, tengo miedo, terror, la angustia es como una soga atada en torno a mi cuello. Él está ahí; es alto, delgado, y tiene los ojos cerrados, ojos orientales de indefinible color; el cuchillo brilla en su mano derecha, en monstruosa complicidad con la débil luz amarilla de los postes. La persecución comienza; corro, con todas mis fuerzas, corro; no miro hacia atrás pero sé que él me sigue, y quiere matarme con su largo cuchillo; las casas, las luces, los callejones, van quedando atrás en mi desesperada marcha; sigo corriendo, escucho sus pasos cuando se acercan; una depresión en la vía, mi pie penetra en ella, ruedo por los suelos; trato de levantarme sin poder, él se acerca; trato de arrastrarme, alejarme del peligro inminente, él se sigue acercando; ya no corre; camina con pasos decididos, camina; no quiero volver el rostro; no puedo verlo, sólo su sombra alta y crucial, sólo el inmenso brazo, y el rápido descenso, el mortal descenso; ahora, sentiré el golpe, el metal abriendo mis carnes, cuando ahogue mi huida desesperada en sangre; tiemblo; quisiera gritar, pero no puedo, quisiera, no puedo, Dios mío, me matará, me matará, me matará... Me acerco. Ligero, me lanza sobre el lecho que se hunde ante mi peso, me acaricia los desordenados cabellos, me besa impetuosamente, me arranca la bata rosada, siento su boca ardiente cuando recorre mi cuello y mis hombros, se detiene con inteligencia en mi pechos, un temblor agradable me asalta, mis manos se desenfrenan con su cabeza hermosa y sus cabellos, entonces, como un niño, él asciende sobre mí, me penetra con suavidad transformando todo mi cuerpo en una convulsión, un caos, un huracán de indefinibles cosas agradables, danza sobre mí, gime sobre mí, hasta la frontera de la lasitud, la satisfacción mutua, el cansancio... Abro los ojos, despierto de mi no sueño: Ante ellos, el libro de Economía abierto sobre la hierba que se extiende como una alfombra trémula por todo el parque; los arbustos, los viejos árboles polvorientos, los caminos zigzagueantes de cemento, las fuentes. El día avanza, y apenas si he leído dos páginas: Un parque no es un buen sitio para estudiar. Los sueños me sacuden, pienso, deseo, los ojos cerrados son una puerta abierta a tantas cosas para una muchacha de veinte y seis años que no tiene novio, pero cuyos anhelos se agitan, en violenta convulsión, dentro del espíritu. ¿Pudo ser Federico? Su imagen llega a mí con lentitud, con sus rasgos un poco oscuros, tan olvidados ya por efecto del tiempo. Lo recuerdo, sentado en el balcón del segundo piso donde vivía, aguardando mi llegada de la Universidad.

No puedo dormir, me decía, hasta no verte volver de la capital. San Cristóbal, a unos tantos kilómetros de aquí... Su amor abnegado de visitas diarias, esperas y anillos de compromiso, su amor purísimo de hombre impotente e ilusionado, su amor que me obligó a abandonarlo –no era un hombre-. Ahora, las manos vacías, conformarse con desear y soñar en cualquier lugar en aquel que nos hará sentirnos efectivamente una mujer... El animal apareció de repente; el grupo conversaba en la parte de atrás de la casa, en medio de paredes un poco derruidas, de un almendro, sobre una pequeña acera y tierra roja, algo mojada; velábamos a mi abuela, muerta de un ataque al corazón, muerta de una manera fulminante; era tarde ya, quizás las tres de la mañana; hacíamos cuentos para no dormirnos; fui yo la primera en verlo; tenía aspecto de murciélago pero era demasiado grande para serlo; la boca, repugnante, llena de dientes inmensos y amarillos; alas inmensas como de músculo negro-brillantes; una cola de pelos encrespados, en erección, larguísima; brillaba con fuerza en la oscuridad; el grito de las gentes fue colectivo, conjuntamente con la huida desenfrenada; todos corrieron, yo traté de hacer lo mismo, pero estaba clavada sobre la tierra; el animal se estuvo quieto sobre la tierra roja y húmeda, pero entonces, comenzó a sufrir una insólita metamorfosis.

Crecía, adquiría forma humana ante mi asombro desigual; se convertía en un demonio que estaba frente a mí, con sus pezuñas de buey, su rostro negro-brillante, sus bufidos de bestia colérica; se acercaba con pasos lentos, cansados, pero agresivos; me habían dejado sola, yo estaba aterrorizada; trataba de recuperarme, de huir; seguía marchando, marchando, y yo ahí sin poder hacer nada, mientras su cercanía, su olor poco a poco me iban diciendo que ya pronto no tendría vida, que dentro de algunos segundos todo se detendría, que el demonio acabaría con mi existencia... Había llovido, a eso de las cuatro. Las hierbas del campus estaban mojadas, y los árboles, que nosotros llamábamos árboles universitarios, estaban muy quietos. Miriam y yo subimos hasta la Biblioteca Central a solicitar algunos libros. El salón estaba casi vacío.

El sol caía, ya, yo podía ver sus efectos a través de las ventanas. Una neblina suave dominaba todo el recinto y los rayos de oro se colaban en ella. Me distraje tanto que Miriam tuvo que llamarme la atención. Bajamos nuevamente. Nos sentamos en los bancos que quedan a la derecha del edificio de Farmacia. La neblina continuaba a través del campo de deportes, del campo del centro y un montecillo que delimita a la José Contreras. Miriam me advirtió: Sueñas mucho, hoy. Sonreí. Recordaba mis primeros días universitarios. La Facultad de Ciencias Económicas, las amplias aulas, las multitudes de muchachos con libros en las manos, charlando, discutiendo de política, enamorándose. Yo, muchacha de pueblo, contemplaba con miedo todo aquello, me horrorizaban esa cantidad de personas, los edificios y aulas de colores feos y desdibujados con consignas y afiches. Pensé hasta en no volver. Después, las sugerencias de las nuevas amigas, de los nuevos compañeros que, poco a poco, terminaron transformándome en una enamorada de las cafeterías repletas, de las discusiones en grupo y en las cátedras, del estudio bajo los árboles sentados en pupitres que llamábamos secuestrados.

Recuerdo aquellas noches en que nos quedábamos hasta las cuatro de la mañana estudiando Macroeconomía o Geometría Analítica en mi casa. Miriam y yo hacíamos de todo: Jugábamos, criticábamos a todo el mundo, nos reíamos del compañero buen mozo que llevaba los pantalones demasiado ajustados dejando vislumbrar peligrosamente sus masculinas formas. Le enseñaba mis nuevos libros, los nuevos trajes, tocábamos las fiestas a que estábamos invitadas para el próximo fin de semana, y lo mejor de todo: cómo se iban acercando los días en que tendríamos que decir adiós a la Universidad –nos faltaba un año- con un título, imaginábamos la ceremonia de entrega de nuestros diplomas, todos vestidos de negro con nuestros padrinos, muy solemnemente, y el Rector leyendo un discurso en que evaluaba la situación universitaria y nacional... Y después, el prestigio, la lucha por ascender, las apariciones ante la opinión pública... A veces, nos íbamos Miriam, Dolores y yo a un pequeño restaurante que queda junto al mar, frente al Banco Agrícola. Bebíamos cervezas, comíamos “hamberguers”, escuchábamos a Raphael cantando “Acuarela del Río”, y nos poníamos a soñar con los cruceros que cortaban la oscuridad cerrada del mar, cuyas olas lamían con estremecimientos los bordes de piedra, tierra y algas... De repente, algo mueve nuestra mesa; los paraguas que protegen a los clientes de la lluvia y el sol, se salen de su centro, dan vueltas peligrosas sobre nosotras; también las sillas; caemos a la tierra; gritamos, alarmadas; las palmeras se rompen en varios pedazos y amenazan con matarnos bajo su peso; seguimos rodando, caemos al mar caribe que golpea la playa, enfurecido; lloramos, gritamos, nos ahogaremos, nos moriremos; todo da vueltas, algo está pasando, ¿se acaba el mundo, un huracán, un terremoto?... La Universidad, la Universidad, la estatua de la mujer también da vueltas en torno a mí; mis lentes se desprenden, caen, se rompen, veo los vidrios transformados en mil pedazos; ya no veo; trato de alcanzar a Fidias; el gas lacrimógeno me llena los ojos; me arden; tengo mareos, náuseas, trato de correr; me arde la pierna izquierda, he caído, todos se arrastran por el suelo, lloran, ¿de dónde ha surgido esta multitud? Se escucha una monstruosa explosión; quiero gritar, no puedo, tengo miedo, un miedo atroz, no puede pasar, no, no puede ser, yo no quiero ser esta vez, yo no quiero, quiero gritar, algo rompe mi frente, mi frente me arde, me quema, ¿por qué me quema la frente, qué pasa conmigo, por qué se me van todas las fuerzas de mis brazos, de mis piernas, de mi vientre, dónde está Fidias, no abandones a tu hermanita, qué, qué pasa, Dios mío, me estoy quemando por dentro, me estoy quedando vacía, sin sangre, mi sangre, dónde va mi sangre, Dios mío, todo da vueltas, yo...





(de Las dos muertes de José Inirio, 1972)