manos que no ven
kill us softly, please, Ella
biografía
Kill us softly, please, Ella


No quiero soñar mil veces las mismas cosas
ni contemplarlas sabiamente
quiero que me trates, suavemente.
Soda Stereo

El café estaba desierto, esto beneficiaba al encargado, que entrenaba a una muchacha en la máquina para espresso. La luz era asquerosa. Encendí un cigarrillo, me puse a ver la tarde fría y gris caer sin red en la vieja ciudad. De fondo se escuchaba un melancólico latin jazz imposible de descifrar. La nueva empleada al parecer se había quemado con el vapor de la máquina. Nada grave. Sus gritos me lastimaron, me tomaron por sorpresa. De vez en cuando palpaba nerviosamente el paquete que tenía a mis pies. En la mesa, unos libros de Bellatín que no había tocado. A las seis menos veinte Ella entró haciendo ruido, maldiciendo el clima y sacudiéndose las gotas de agua helada de la chaqueta.

El miércoles le hacía fisuras a la semana, era irremediable que se destrozara en partes desiguales al anochecer. Se sentó y luego de arreglarse el pelo con dificultad me pidió que le encendiera el cigarrillo, se moría por un café. Me fijé en que tenía dos dedos entablillados y la mano hinchada, morada. La muchacha vino casi inmediatamente al ver a la clienta que se sentaba en mi mesa, diligente, no esperó que la llamaran. Tapaba su mano con una pequeña gasa. Le pregunté por cortesía qué le pasaba, sabiendo de antemano la respuesta: Es que hoy es mi primer día, y me quemé... estudio aquí en frente, esto es algo de medio tiempo en lo que...

Macchiato, menos leche que café, dijo Ella cortando en el aire la conversación con la niña. Me pareció bastante imprudente y me juré que se lo dejaría saber. Pedí otro café, lo mismo que estaba tomando, aunque un poco más fuerte por favor. Mis ojos le prometieron un billete extra de propina, quizás no le salve la tarde pero le pueda sacar una sonrisa.

Trajiste el paquete, preguntó Ella casi inmediatamente después de que la mesera desapareció con paso de primer día en cualquier trabajo. Sí, concedí discretamente y pregunté: Cuál es la prisa. Me respondió con la mirada... comprendí al instante. La muchacha regresó con las tazas en equilibrio, le preguntó a la joven si quería azúcar de dieta, brown o regular. Desaparezca, dijo Ella tomando un trago hirviente. Atiné a decir: Oye, bájale algo, y me excusé con la muchacha que no pudo resistir las lágrimas... su primer día de trabajo había sido una mierda y nosotros éramos los responsables. Ella por el sucio cristal, entendía que todo era mejor desde el solitario café. Empezó a llorar una pena sin lágrimas, con esos intervalos respiratorios que preceden al ataque de pánico, tomando bocanadas grandes de aire que llenaban sus mejillas quemadas por el frío de principios de diciembre. Otra vez... no había que ser un adivino, conociendo el pasado de esta relación y viendo las heridas en las manos, los dedos lacerados. Es esta mierda que está muy caliente, me quemé la lengua, mintió Ella.

Lo mismo pasó en Rotterdam. Era noviembre y ya la ciudad se estaba poniendo gris aunque todavía era lindo y los paraguas eran vitales cualquier tarde. Quedamos en que ella me recogería en la estación de la universidad. Caminamos hasta llegar mucho más allá de los centros comerciales y nos refugiamos en un bar que imitaba un tren antiguo. El lugar era horrible pero la camarera un encanto, nos recomendó probar una variante nueva de la Heineken: la cerveza salía de un tubo congelado, con deliciosa espuma. Ocho vasos de cerveza después Ella que va para el baño yo intento aprovecharme, abrazarla. Hizo un ademán de dolor y solté inmediatamente sus costillas. Se marchó con paso torpe y apresurado, lloraba. Al regresar me contó que había aceptado esa maestría para estar lejos de él. Extrañaba sus amigos pero no podía estar un día más con Dagoberto. Tenía problema serios y cada vez que se olía algo de celos o cualquier disparate, le entraba a golpes secos, luego venían los ataques de culpa y arrepentimiento: No lo vuelvo hacer mi Puchita, es que tú me obligas mi Puchita, yo te quiero, entiéndeme, te amo más que nadie mi Puchita... y ella llorando por lo bajo, en donde la piel empieza a cambiar de color, a abultarse sin regreso.

Desconozco el momento en que todo se fue a la mierda. Recuerdo el amor cuando el Caribe era perfecto, todos los veranos en la Playa de Kenepa. Nos importaba un coño el futuro, estábamos seguros de que podíamos lograrlo todo. Ese querer de la post-adolescencia, mucho antes de la Neurosis, el asfalto por pasto, la estrechez a fin de mes. Antes, todo era deseo lleno, furioso pero lento, descubrimiento abrupto de las varillas del brassiere, los encajes, el pezón largo y erecto, el sufrimiento detrás de las puertas y la desconfianza solapada de nuestros padres que nos dejaban solos en los estacionamientos y en el cine. Ahora pienso en Benedetti, y entiendo que nuestro amor radicaba en la falta de prisa con la que nos heríamos, dándonos tiempo para conocer cada parte de nuestros alientos, las bocas atormentadas e inexpertas mordiéndose los caminos nuevos, toqueteo, manoseo sudado, copioso. Porrito a escondidas y mareo compartido, helado de fresa, olor a desembocadura de sus piernas nuevas sin afeitar, la ciudad que se camina en media hora, los primeros cafés, el paquete que llegaba de Colombia o Venezuela lleno de revistas y libros de Onetti y Uslar Pietri y Mutis es mejor que García Márquez te apuesto un beso cada semana en la tienda de El Chico. Las despedidas más descorazonadoras en Domingo Santo, los eneros de cada año o en la muerte de cada verano.

El tiempo se encargó de separarnos. La universidad, la confusión de los amores y la terrible transición entre la muerte epistolar y el nacimiento del Internet acabaron de jodernos, de distanciarnos para siempre. Años después me enteré por mi madre de que ella me había dejado una última carta aquel verano, en donde me hacía prometerle que nos ayudaríamos en cualquier cosa que necesitáramos... que no importara la situación, si uno atravesaba el mundo para pedirle a otro un favor, lo cumpliríamos. Yo asumí ese pacto de sangre, de amantes y hermanos, secretamente en mi habitación y guardé esa carta en un libro que sabía no iba a perder. Mi hermana asistió a mi boda en Santa Cruz con una muchacha californiana. El viaje había sido devastador: Surinam-Puerto Rico-Miami-San Francisco. Nada más hizo bajarse del avión para contarme en español, aprovechando el inglés de mi futura esposa, del destino de Ella: Se casó con Dagoberto, quien se ha convertido en el energúmeno más grande. Ahí me enteré con muchísima pena que el tipo la adobaba a golpes por cualquier cosita, una trompada de orégano, dos cucharadas de abuso sicológico, pizcas de ahorcamiento, tazas de gritos, llantos...

Para este favor yo era el indicado. No vivo en esta ciudad, aunque me encantaría, vine sólo a visitar a mami y a un congreso de escritores: Simposios interminables acerca del Realismo Mágico y su incidencia en la Nueva Literatura Americana. Me quedé una semana de más, ya es hora de partir al calor. Mientras mi madre me daba las instrucciones que Ella le había dictado por teléfono, intenté explicarle el problema. La Doña contestó con la sabiduría de los años: El hombre que te da una vez te vuelve a dar hasta que te mata... es lamentable, pero eso es ley de vida. La primera vez que la vi en este viaje fue al día siguiente de llegar, un ojo morado se escondía detrás de unas inmensas gafas... yo creía que eso sólo pasaba en las películas, pero la vida nos da lecciones terribles. No tengo el privilegio de compartir el dolor ajeno, se me hace difícil asimilarlo. Ese día me dijo: Dagoberto vino con sus grititos de comemierda arrepentido; le dije tragándome las lágrimas y la furia que si me volvía a poner la mano encima procurara matarme, si no lo haces te aseguro, te juro que no lo harás jamás.

Él hizo caso omiso de la amenaza, así que hoy día, Ella está frente a mí, perdiendo muchísimo peso y con dos dedos rotos frente a un café frío. Le tomé la mano y le di un beso, pateando lentamente el paquete que tenía a mis pies. Me excusé para ir al baño y la mesera, bonita con su mano quemada, me paró a medio camino, preguntándome: Usted es escritor, verdad... tengo su libro, lo acaban de asignar en la universidad porque usted era de los que venían al congreso, si me lo firma, si me hiciera usted el favor... Hablaba mucho, es verdad, pensé... Le dije que después que saliera del baño haría lo propio y que me fuera preparando otro café. Cuidadito con esa mano, le dije con una sonrisa. La muchacha preguntó: Y su novia, no querrá algo más. Miré hacia la mesa: Ella sostenía el paquete con ambas manos, como contando la cantidad de municiones dentro de la bolsa, como sosteniendo el mar de lágrimas y armándose de valor. Le dije a la camarera que no, que sólo un café, gracias. Sabiendo de antemano que cuando saliera del baño Ella no estaría ahí, que se habría ido a cumplir una promesa terrible.