[Óleo y cannabis 8½ x 11]
Ahora sólo nos queda jugar a los naipes. Contemplando al Gordo ahí sentado en esa silla, con su ojo izquierdo hundido y seco. Ya este compañero de mis noches no es el Gordo; aquel nombre de bola que evocábamos en la adolescencia convertido en una O infinita y grande que llenaba toda mi boca. Ahora el Gordo es el tuerto, el tuerto de la esquina, siempre mirando hacia ninguna parte, quizás buscando una cuarta pared, con esa mirada que a veces poseen los sordos nos es más que otra suerte que acompaña mi destino y mi urdimbre.
La fascinación por los huecos y troneras nos viene desde el mismo momento de nacer {¡oh inmenso hoyo, el más oscuro y líquido de todos los hoyos!}. El mero hecho de pensar estar traspasando un orificio, acaso de mirar cualquier ventana, de acariciar fijamente las delicias de un cuerpo me hace la boca agua, y es entonces cuando, en seguida, comienzan a chorrear babitas los labios hasta empaparme la camisa.
El Gordo y yo éramos dos traviesos inseparables. Dos puros truculentos escolares. Acaso dos fetiches mariposas del azar. Todo comenzó cuando les robamos las muñecas a nuestras hermanas. Jugábamos a masturbarnos untándole leche condensada que luego lamíamos como si fuéramos dos becerros gemelos y hambrientos. Después nos dedicábamos a manosear y oler los pantys que las mujeres colgaban en los cuartos de baño. Así nos pasábamos los días. Entrábamos a las casas vecinas con el pretexto algún amigo, a sabiendas de que no estaba. Luego pedíamos permiso diciendo que nos estábamos orinando. Cada uno por su lado. A veces lo hacíamos hasta en nuestras propias casas. El Gordo iba a la mía y yo a la de él, preguntando cada un por el oto y husmeábamos todas las prendas íntimas como si oliéramos alguna droga inhalante o cualquier sustancia volátil.
Desde que cerrábamos la puerta del baño, como si fuera un láser comenzaba a producirse la erección. Teníamos la capacidad de distinguir cada una de las bragas. Unas tenían un color amarillento, más abajo, con manchas imborrables de secreciones derramadas. Sobre todo, podíamos apreciarlas mejor si estas alguna vez fueron blancas {sí, las de color rojo o negro son más eróticas y bonitas}. Otras tenían rotitos hechos como adrede. Todo era un espectáculo y un tormento a la vez. Las colgaban en el palo de la cortina que protegía la bañera, el cual daba la sensación de ser una instalación dadaísta. De la pared pendía un clavo de acero oxidado lleno de sostenes, algunos diluidos y destemplados por la levedad y el paso del tiempo y de los senos.
Ya he dicho que podías distinguirlas e incluso hasta determinar a quienes pertenecían. El Gordo me contó una vez que estando en el baño de mi casa cerró los ojos tratando de demostrarse a sí mismo la destreza y madurez de su ejercicio. Éste llegó sin equivocarse a donde estaba el panty de la sirvienta, una muchachita rosada, tostada por el sol y el frío, medio ingenua y algo pícara que mami había traído de Constanza. El Gordo me contaba, además, que agarró los pantys con los dientes, que asumió la postura de un perro y se puso en cuatro patas y que luego los seleccionó entre todos por el olor a sazón y a jabón “azulito” que exhalaba la piel de la mecánica, como solíamos llamarla. Olor que nos era familiar, pues disfrutábamos de ella en esas tardes calientes en que mis padres se iban para la oficina a evacuar sentencias. {Yo no llegué a comprender nunca porqué mis padres tenían la obligación de cagar tantos papeles}. Entonces nos sentíamos a nuestras anchas; encendíamos un cigarro de mariguana y escuchábamos canciones del grupo The Police. A esa hora nuestra mecánica se dedicaba a lavar los platos y, ahí mismo, encima de la meseta, hacíamos el amor, ella todavía con las manos enjabonadas y la llave del fregadero abierta. Al terminar, el agua y la espuma se esparcían por el piso, que dentro de nuestro arrebato nos parecía un chorro de babas que brotaba de las fauces de un toro sagrado y epiléptico.
Lo que en principio era un simple juego iba tomando colores y matices más lúgubres, maníacos y oscuros como un cuadro de Goya. El día {y la luz del día} nos resultaba insoportable; dormíamos hasta muy entrada la tarde, por lo que mis padres comenzaban a preocuparse. La noche y su complicidad nos producían una especie de alucinación lúdica. Ya este juego no era un juego, era una pasión o una enfermedad progresiva y mortal como sucede con el amor o con el alcoholismo.
Una de esas noches {parecidas a tantas otras} el Gordo y yo caminábamos sin rumbo fijo; no había energía eléctrica, sólo un cielo arenado de estrellas. La noche estaba azul. Pensábamos que nos iríamos en blanco, que esa noche era fatal y que no íbamos a poder apaciguar nuestra agonía. Mientras recorríamos las calles del barrio, totalmente desiertas y a oscuras, revisábamos los zafacones y fundas plásticas llenas de basura, en busca de algún objeto de mujer. Juro que en ese momento nos hubiéramos conformado con cualquier cosa: un zapato, una toalla sanitaria ensangrentada, un lápiz labial, unos senos postizos, un arete o un pedazo de luna. Nuestra búsqueda fue inútil {¡Ay1, a veces la noche es tan inútil}.
Cuando nos disponíamos a marcharnos del último zafacón, ya cansados, derrotados, vencidos… escuchamos unos gemidos acompañados de monosílabos y respiraciones entrecortadas como las que producen los comedores de caña; ambos nos miramos tratando de descifrar aquel sonido al que ya estábamos acostumbrados. Entre nosotros había una especie de anti-lenguaje en la reciprocidad.
Nos apresuramos como quien busca la muerte, doblamos la esquina y escalamos sigilosamente por la pared; nuestras pisadas se escuchaban al unísono; caminábamos de tal manera que si alguien se percataba cuando uno de los dos se detuviera en alguna brecha, el otro seguía el mismo ritmo. Parecíamos dos reptiles de pasos breves. Penetramos al caserío por uno de los callejones laberínticos hechos con piedras filosas; no pudimos quitarnos los zapatos como solíamos hacer; casi estábamos llegando a la habitación de donde provenían los gemidos. Una especie de placer y acíbar estremecía nuestros pechos, nuestros corazones; de seguro los amantes estaban arribando a lo comatoso del amor, a juzgar por el ascenso y repetición de los chillidos y las frases cada vez más parcas.
El Gordo se desesperó, no quería perderse de ver aquellas sábanas mojadas o quizás algunas prendas tiradas por el suelo. Quería palparlas {no le importaban los cuerpos y el jadeo de los cuerpos} solamente soñaba con tener esos objetos entre las manos. Se avasalló a mirar por una de las rendijas que las carcomas habían producido, pero la premura de su deseo bestial no dejó que notara la presencia de un puntiagudo clavo que atravesaba la madera. Un fino hilillo de sangre como recién salido de una jeringa, salpicó fatalmente la madrugada; luego estalló un enorme grito que sonó ancho en las redondas vetas del alba, cual quejido de un animal mortalmente herido; esto paralizó a los amantes, ya satisfechos y derrotados, uno encima del otro.
A veces es así, la desgracia es dual, la miseria humana destruye y crea. Múltiple y verdadera es esta historia. Todo lo demás es deleznable y falso: el Gordo, Yo, el Sueño y las Barajas.
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