Mi nombre es Gregor Reich, y soy un hombre atormentado. Un enjambre de navajas invisibles me lacera el alma. Aullidos de lobos perturban mi sueño cada noche. En la cotidiana aridez de mi insomnio oigo pasos y voces que no son tales. Sé perfectamente -tengo tortuosa conciencia- que acabaré en la locura. Y puedo asegurar que ésta es la peor de las certidumbres. Vago en las madrugadas. Es decir, vago siempre, a toda hora. Por las calles, cuando camino hacia ninguna parte en busca de algo que mitigue mi desaliento, siento que al pasar diez mil ojos me miran sospechosamente; que miles de índices se levantan y, alargándose hasta lo indecible, me perforan la espalda. No hay un solo amigo, ni hermano, a quien pueda contar estas cosas. Amigos tuve, pero ya no. ¿Hermanos? Imposible. Mi padre murió cuando yo aún no había cumplido dos años y mi madre rehusó casarse de nuevo. Viví en su casa hasta que cumplí los treinta y ocho. No sin razón mis amigos se burlaban de mí constantemente. Me dediqué por completo a los libros y los viajes, a la escritura y otras tonterías. Después de haber cumplido treinta años empezó mi obsesión por casarme. Sin embargo, aunque me fijé en ciertas jóvenes que me atraían, mi profunda timidez me impedía acercarme para hablarles de amor. Lo intenté unas veces y de aquello no quiero acordarme. Me sudaban las manos. Mi dicción, usualmente cristalina, se volvía un horror. Decía cosas que no quería. Acababa por alejarme en medio de la conversación, con un adiós repentino. Se había corrido la voz entre mis alumnas de la universidad. Todas me miraban exhibiendo cierta sonrisa burlona. Supe que ya todo el mundo sabía lo de mis sudorosas manos y el estado pulsátil de mis nervios cuando llegaba la hora de decir amor. Un día al entrar al salón de clases -quince minutos antes de la sesión, como siempre- hallé una carta en que una alumna me decía, en perceptible tono burlón, palabras de amor y firmaba con la huella de sus labios rojos, sobre la cual trazó la frase: son tuyos cuando quieras. No pude soportarlo. Abandoné la cátedra de la universidad y obtuve un empleo como asesor cultural del cuerpo diplomático de mi país de origen. Pero no pude jamás borrar de mi mente las burlas de que fui objeto. Mi vida transcurría entre la ventana de mi biblioteca y el aburrimiento cotidiano de mi trabajito mediocre. Mientras tanto me dediqué a imaginar aquello de lo que en la realidad no era capaz. Escribí incesantemente ensayos y relatos sobre el matrimonio en los cuales yo era el personaje principal. Así anduve por varios años, viviendo más de la imaginación que de la realidad, elucubrando incesantemente sobre un casamiento que deseaba con todas mis fuerzas, pero al que no me atrevía. Unas veces exploré la posibilidad, absurda por demás, de transmutarme a la imaginación, de dejar que me llevara y se convirtiera en mi única realidad. Ciertos días tuve la sensación de que la imaginación se había convertido en mi realidad tangible y que la otra realidad no era más que un sueño o acaso una pesadilla. Sin embargo, todo aquello terminó el 12 de Octubre de 1984, cuando me casé sorpresivamente con una joven francesa que conocí en una recepción de trabajo. Mi madre murió el año siguiente y no alcanzó a conocer a Paula, mi hija, que hoy debe de cumplir ocho años, si es que aún vive.
II
No me causa vergüenza recurrir a la frívola frase “fui feliz”, porque esa es la verdad. Mis años con Monique (que así se llamaba) y Paula, dejaron una inefable dulzura en mi camaleónica memoria. Sí, he dicho camaleónica, porque si bien es cierto que me funciona con agudísima precisión muchas veces, otras tantas me traiciona de la forma más cobarde que pueda imaginarse. Llegan a tal nivel de absurdo las andanzas de mi memoria que hoy no me es posible recordar el rostro de Paula, ni el de Monique. Trato, siempre en vano, de reconstruir aquellos amados semblantes. Recuerdo, eso sí, aquellos días, jugando a las escondidas con mi pequeña de cuatro años. La veo allí, detrás de mi escritorio, con sólo medio cuerpo oculto, cubriéndose los ojos con su pequeña mano derecha, suponiendo que cerrar los ojos la haría invisible. Así la recuerdo. Pero cuando procuro hallar en alguna esquina de mi universo interior su rostro, la memoria se rebela. No logro entender por qué. Tampoco lo entiende el doctor Márquez, a quien veo desde hace un año. En fin, que tanto Paula como Monique avanzan irremediablemente hacia la irrealidad. Por eso hoy ya no me es lícito pronunciar la palabra familia.
III
Qué sería de mí si mi madre viviese. Pues, nada, andaría tan solo como en estos días. Porque no ha de compararse producir familia a tener como familia sólo a la madre. Y la verdad es que una vez temí que ése fuese mi destino. Pero comprendí que llega el momento en que sólo la ausencia es permisible. Aunque siempre sentí un cariño profundo por mi madre, la prolongada habitación bajo el mismo techo que ella me hizo querer ausentarme definitivamente, y creo que lo conseguí poco antes de su muerte, cuando me sepultaba en mi biblioteca y apenas salía para probar algún bocado o tomar café. Recuerdo haber leído en alguna parte que los solterones que viven en casa de su madre más allá de los treinta enfrentan el riesgo de acabar en el manicomio. Por supuesto, nunca creí que tal cosa fuera cierta, pero siempre utilicé ese razonamiento para convencerme de que debía perseguir otro destino y abandonar el hogar materno. Quise a mi madre, sí, pero bien dijo un poeta poco antes de saltar por una ventana que “todo lo cotidiano resulta aborrecible”. No puedo en este instante más que citar o parafrasear a Nietzsche: “Odio a mi madre, aunque sé que haría cualquier cosa por verme feliz. De mi padre, a quien apenas conocí, sin embargo, guardo una imagen de respeto profundo. Dios hace bien en ocultarse detrás el monte Sinaí”. Yo, por supuesto, no llegué al odio, pero sí a la certeza de que llega la hora, irrevocable, en que sólo el adiós es lícito…y yo esperé 38 años. Faltaba en mí el espíritu vagabundo que había en mis amigos. Cuando ellos decían: “vamos tras ellas”, yo prefería quedarme en la ventana de mi amada biblioteca, perdido en un mar de inconfesables abismos, escribiendo o leyendo por horas, con la interrupción única, siempre agradable, de mi madre, que sin llamar a la puerta entraba sonriente y tierna.
—Hijo, ¿quieres café?
—Claro, al café le debo mis mejores ideas. No hay cosa mejor.
Ella me daba un beso y me dejaba solo porque sabía que me gustaba ese silencio creador, pero ignoraba también que era el germen de mi actual tormento.
IV
Al casarme con Monique comprendí que ya no sería el mismo (¿acaso es posible serlo?) y que mi madre tampoco. Porque, si bien me deseó felicidad y me bendijo hasta lo indecible, desde aquel instante desapareció esa sonrisa eterna que exhibía. Aunque me llamaba todos los días, ya no sonaba con la alegría de antes. Nunca le dije nada ni ella se quejó, pero era claro que allí comenzó a ausentarse de la vida, a viajar irremediablemente hacia las sombras. Y era natural que así fuese. Tanto tiempo vivimos bajo el mismo techo que ella no pudo concebir otra realidad; y yo, aunque más consciente, a veces también dudaba de que fuese real mi vida. Ciertos días, al hallar el apartamento vacío a mi regreso del trabajo me embargaba la duda de si Paula y Monique eran reales. Pero se disipaba la incertidumbre cuando escuchaba abrirse la puerta y aparecían ellas dos. Entonces les daba un beso y las abrazaba desesperadamente. A veces tomaba a Paula y la llevaba a mi café preferido y leía en voz alta de algún buen libro, y ella reía, como si pensara que aquello era un juego, y a lo mejor lo era. La gente me miraba con cierto asombro. La inefable sobriedad de mi carácter (lo confieso por vez primera, pues por primera vez lo comprendo), rara vez me permitía la práctica de juegos convencionales…y todavía dudo: leer en voz alta, ¿no es un juego? Pero, en fin, qué importa ya. Tal vez no me sea lícito seguir pronunciando el nombre de dos extrañas. Sí, he dicho extrañas…y lo digo con cierta dosis de odio, porque de qué otro modo podría nombrar a quienes desaparecieron en forma tan súbita una tarde de ciclópea tormenta invernal.
V
Bajé las escaleras entre conciencia y sueño. Ellas dormían plácidamente, como debe ser. Crucé la calle. Una señora gruesa y bajita, de ojos grandes, barría las aceras del edificio de enfrente. Era la primera vez que la veía. Pero, en fin, ¿qué importancia podría tener que una señora barriera frente a un edificio a las seis de la mañana? Poca, o ninguna, de no ser porque al pasarle cerca, pronunció, con voz ronca y pausada, una frase que me produjo un profundo escalofrío: “que Dios bendiga a su niña”. Dicho por otros labios, o por los mismos en otro contexto, la frase me habría producido cierta alegría. Pero, en ese momento me llené de desconcierto. Por unos instantes dudé. ¿Qué decir? ¿Agradecerle? ¿Correr? Se apoderó de mí cierta clase de cobardía que jamás había sentido. Me detuve. Le contemplé el rostro por unos segundos y le di las gracias. Miré hacia atrás y ya no estaba la señora. Por no sé qué razón me quedé contemplando el rastro de mis huellas en la nieve. Caminé hacia el automóvil y me dirigí al trabajo. No me dejó por un solo instante la voz grave y tortuosa de aquella mujer. Todo el día anduve como un sonámbulo. En ese momento no entendí por qué un hecho tan trivial había causado tal impacto en mí, hasta que regresé a mi apartamento y supe entonces que aquel “que Dios bendiga a su niña” era acaso presagio de algo terrible.
VI
Abrí la puerta del apartamento. Me extrañó que Paula no corriese a recibirme como acostumbraba. Me di cuenta de que no estaban. Me senté en el sillón reclinable y encendí el televisor. Presentaban una vieja película de Hollywood, en blanco y negro, en que el personaje principal era un solterón que vivía con su madre y se pasaba los días acostado en el sofá comiendo hamburguesas y esperando plácidamente que su progenitora recibiera el cheque del Seguro Social. Aquella imagen me pareció repugnante. Apagué el televisor. Cerré los ojos mientras esperaba que llegaran Paula y Monique. Pero no regresaron. Sospeché que algo les había pasado cundo dieron las nueve de la noche. Tomé el teléfono y llamé a todas partes. Nadie sabía nada. Llamé a la policía. Me extrañó que me solicitaran que fuese yo a la estación policial. Lo hice, y allí se inició mi tormento. Los inspectores me trataban con absoluta sospecha. Toda respuesta mía era seguida de alguna mueca o gesto de duda. Mientras, yo pensaba, desconcertado, que a lo mejor Monique me había abandonado. Siempre sospeché que, aunque éramos felices, mi incapacidad para recurrir a ciertos gestos cursis que sirven de continuo aliciente al amor terminaría por arruinarlo todo. Pensé en muchas otras cosas. ¿Un secuestro? ¿Un accidente? ¿Un asesinato? Un inspector interrumpió mis divagaciones y continuó interrogándome. A la pregunta de si había visto u oído algo sospechoso, recordé el incidente de la señora que barría frente al edificio. De inmediato les interesó. Volví al apartamento. Lloré y miré desconsolado por varias horas la camita de mi desaparecida niña. Buscaron a la mujer, de cuya existencia, lo confieso, ni yo mismo estaba seguro. La estupefacción que me produjo aquella voz me hizo pensar por momentos que a lo mejor la imaginó mi estado de somnolencia, pero no fue así. Los inspectores la buscaron…y dieron con ella.
VII
La señora no era otra que la mujer del nuevo conserje del edificio de enfrente. Volví a la estación policial. La identifiqué. Se puso muy nerviosa y lloró profusamente. Nos dijo que desde la ventana de su apartamento del primer piso me había visto salir en las tardes llevando a mi niña de la mano y que sentía profunda tristeza porque no tuvo un padre que hiciera lo mismo con ella. Yo le creí. Aunque no puedo decir lo mismo de los inspectores, que son gentes suspicaces hasta el delirio. Pero, en fin, dejaron en paz a la pobre mujer. Esa noche no pude dormir, ni la noche siguiente, ni la tercera, ni la que vino después. Vagué por las calles. Dormí en parques y en asientos del tren por muchos días, hasta que un día sentí un fuerte golpe en la cabeza. Desperté en el hospital. Creo que fue a partir de ese momento que me fue imposible reconstruir en mi memoria el rostro de Paula y Monique. Permanecí unos días en el hospital. Recibí las visitas de una señora alta y delgada y de surcos faciales bastante pronunciados que desde hace poco habita el apartamento en que residí con mi madre. Ella me sonríe y me pasa su mano huesuda por la cabeza.
—Te pondrás mejor, ya lo verás, hijo.
—Eso espero.
—La herida no es tan grave.
—De eso no estoy seguro.
—Pues, debes estarlo. Los médicos aseguran que saldrás en un par de días.
—Gracias por intentar consolarme. Me agrada su compañía. La veo y en cierto modo me recuerda a mi madre.
En este punto, contemplo que su semblante se entristece sobremanera y que unas lágrimas le brotan. No me explico por qué, si apenas me conoce. A lo mejor le recuerdo a alguien, un hijo suyo quizá. No lo sé. Ella no me ha dicho a quién le recuerdo, ni yo tengo ánimo para preguntárselo.
VIII
Salí del hospital. Volví a mi apartamento. Extraje las llaves del bolsillo y quise abrir la puerta. En ese instante, una joven delgada y hermosa subía las escaleras y, con marcado acento francés, empezó a interrogarme.
—¿Qué hace usted?
—Trato de entrar a mi apartamento.
—¿Qué cosa dice? Ahí vivo yo. Ha de haberse confundido.
—Imposible. No estoy loco. Aquí vivo.
—Yo tampoco estoy loca. Le pido que se marche o llamaré a la policía.
La verdad es que no tenía ánimo para discusión; así es que metí las llaves en el bolsillo nuevamente y bajé las escaleras, medio enfadado, pero pensando que pronto se arreglaría todo. Fui a la policía. Les conté lo ocurrido. Me trataron como si fuese un insensato. Ante mi enojo e insistencia me echaron a patadas. Un vecino de la joven que ahora vive en mi apartamento, que debía ser nuevo allí, pues yo jamás lo había visto, trató, inútilmente por supuesto, de convencerme de que esa muchacha había vivido allí por casi seis años. Me dijo el muy hablador que durante los primeros cuatro vivió con su esposo y una niña, pero que la niña había desaparecido misteriosamente y que el esposo había enloquecido y estaba recluido en un manicomio. La verdad es que no entendí nada. Me aterró por un instante la marcada coincidencia entre la familia de esa muchacha y lo que una vez fue mi familia. Todo conspiraba para llevarme irremediablemente a la locura. Solo y desamparado, busqué refugio en el antiguo apartamento en que residí con mi madre, donde aún permanecía en pie mi biblioteca. La señora que ahora lo habita se alegró de que me fuese a vivir allí.
—Nos haremos compañía. Has regresado a tu casa, hijo.
—Sí, gracias. Así lo siento yo. He regresado a mi casa.
IX
Han pasado dos años, durante los cuales he pensado en exceso en todo lo perdido. No hay aún rastros de Paula y Monique. He vuelto a mi ventana de siempre. A mirar desde lo alto el incesante correr, el desasosiego eterno de este Nueva York al que a pesar de todo amo más cada día. Cicatrices más, cicatrices menos, es como si todo hubiese vuelto a ser como antes. Yo en la ventana, y la anciana que entra sin tocar y me pregunta: “Hijo, ¿quieres café?”.
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