Cuando Alberto, su marido, regresó de un largo viaje de negocios, Mónica observó con asombro que en la espalda llevaba una enorme cicatriz. Lo vio despojarse de la camisa mientras se sentaba sobre la cama, y allí estaba. Abrió los ojos hasta lo indecible y luego abrió la boca, dejando escapar un leve sonido de sorpresa.
—¡Dios mío! ¿Qué es eso?
—¿De qué hablas?
—Esa cicatriz en la espalda.
—¿Cuál cicatriz?
—¡Cómo! Pero ¿es que no te has dado cuenta? No, imposible. Dime qué te ocurrió.
—Me asustas. No sé de qué hablas. Déjate de bromas.
—No es posible. Te vas por casi un mes, regresas con una cicatriz en la espalda, y quieres hacerme creer que no te has dado cuenta. No puede ser.
Él, que hasta ese momento había pensado que su mujer le jugaba una broma, ahora empezaba a preocuparse. Que él supiera, su mujer nunca había sido buena actriz y esta escena, aunque pareciera teatral, no podía ser fingida. Era claro que Mónica hablaba en serio. Él se sobresaltó. Se puso de pie y mientras su mujer lo miraba con rostro inquisidor, pensó caminar hasta el espejo. Pero la duda le impidió caminar. Por un instante temió que Mónica estuviese en lo cierto, que ahora llevara una inexplicable cicatriz. Pero, ¿cómo era aquello posible? No había sufrido accidente alguno. Nada le había picado. Nadie le hirió la espalda. Entonces, ¿qué había sucedido? No podía explicárselo. Pensó que a lo mejor su mujer había inventado aquello para cuando se acercase al espejo decir: “tonto, inocente, qué fácilmente te asustas”.
Él no sabía qué creer. Ella ahora lo miraba sin decir palabra, con cierta expresión que oscilaba entre la incertidumbre y el enojo profundo. Él permanecía de pie al lado de la cama, aún sin decidirse a caminar hasta el espejo. Aún sin entender. Sólo por si las dudas, optó por tocarse con la mano izquierda. Empezó desde la baja espalda y sus dedos iniciaron un tímido recorrido ascendente. Tuvo la sensación de que todo aquello era absurdo, de que había empezado a rastrear algo de cuya inexistencia estaba seguro. En ese momento le llegó a la memoria un brevísimo cuento de un escritor egipcio en el que una madre busca desesperada e inútilmente a su hijo. Se lo sabía de memoria y para que se profundizase el nivel de absurdo de aquella escena, mientras su mano se detenía casi en el punto inicial de su ya descrito recorrido, y miraba fijamente a Mónica, empezó a murmurarlo:
“El llanto del niño la despierta a las dos de la madrugada. Se levanta. Mira a la cuna. Está vacía. Viene de la sala el llanto. Pero ¡un momento! No es sólo un niño el que llora, sino dos ¿O tres? ¿O cuatro? En fin, un coro de llantos. Al llegar a la sala, la halla llena de niños, todos con idéntico rostro, idénticos rasgos. Un mismo niño repetido hasta el centenar. Reconoce el rostro y el niño múltiple, pero sabe que no es su hijo. Sale a la calle en busca del suyo, pensando que algo terrible puede haberle ocurrido; porque ignora que eso es imposible”.
Mónica empezó a sospechar de la locura de su marido. Pero no dijo palabra alguna. Lo cierto es que ella también estaba un poco rara. Ese mirar silencioso que ahora exhibía no era usual. Hablar demasiado había sido siempre su vocación. Pero ahora…era distinto. Porque tenía que serlo. Después de unos minutos de silencio y quietud ella volvió a la normalidad.
—Tienes que contarme lo que ha pasado. Tienes que ser honesto conmigo. Cuéntame, por favor, dime de una buena vez qué te pasa.
Él, es decir, su mano en la espalda, continuó su ascenso. Y ahí estaba. Sintió un desnivel hasta entonces desconocido para él. Continuó y se enteró con gran asombro de que efectivamente llevaba una enorme cicatriz. Se llenó de un valor inusitado y caminó hasta el espejo. Se colocó de espalda y volteó el rostro para que su imagen reflejada confirmara lo que el tacto le había revelado. Y en efecto, allí estaba esa cicatriz que le dividía la espalda en dos. No en el centro, donde un marcado surco nos recuerda que debajo de la piel está la columna vertebral, sino más bien se hallaba echada un poco hacia la izquierda. Era una especie de serpiente delgadísima. Unos puntitos sucesivos flanqueaban la cicatriz en cada lado, como si alguien hubiese abierto la carne y luego hubiera tenido el meticuloso cuidado de coser la herida, de manera que todo volviese poco a poco a la normalidad y nadie se enterara de lo ocurrido, ni siquiera el mismo que llevase la cicatriz o, mejor dicho, particularmente él. La mujer no creyó ni por un segundo que su marido ignorase el origen de la cicatriz, por lo que decidió no acompañarlo en su asombro y, mirando a la mesita de noche, se puso a arreglar el florero, como a quien le gusta que todo esté pulcro y en su lugar, o al menos que así parezca. Él no podía creer que eso le estuviera pasando. Por un momento pensó que todo aquello era solo un sueño. Supuso que bastaría mirarse al espejo y decirse: “estoy soñando. No debo preocuparme”. Pero no. Tras unos segundos de ver su espalda reflejada en el espejo, comprendió que todo aquello era real. Desde el cuarto se escuchaba perfectamente la voz de una actriz de telenovela, voz usual desde que a Mónica le había dado por permanecer extasiada frente al televisor. Él dejó que su oído navegase por el plano laberinto de la de esas voces cursis, como si aquel elemento accesorio diese mayor certidumbre a la realidad real.
—Te amo, Alfonso José.
—Yo también te amo, María Fernanda.
—Lástima que nuestro amor no pueda ser a plenitud.
—Pero no importa. Seguiremos así, viéndonos a sus espaldas.
—Tengo cuidado, pero me horroriza pensar que Ángel Luís pueda sospechar algo.
Alberto sintió un poco de desprecio por su mujer al pensar que se deleitaba en semejantes cursilerías. Pero, bien, no era eso lo que le preocupaba. No. Lo que debía quedar aclarado era lo de la cicatriz. Mónica volvió a reclamar una explicación.
—Es mejor que me digas qué ocurre.
—Te he dicho que yo mismo no sé. Estoy tan sorprendido como tú. Temo por mi vida. Pienso en aquella leyenda urbana en que a un hombre le extraen los riñones mientras duerme y al despertar se halla en la bañera llena de hielo, con una herida semiabierta en la espalda. De sólo pensarlo me da cierto escalofrío.
—Esas son tonterías. Yo pienso que tú ocultas algo.
Él la miró en forma severa e, invadido por una ira repentina, alzó la mano como si, cansado por la incomprensión de su mujer, estuviese por vez primera dispuesto a la violencia. Ella volteó el rostro hacia la izquierda, esperando lo peor, pero nada ocurrió, pues un asombro profundo se apoderó de ambos al contemplar ese calzoncillo que colgaba de una esquina de la cama.
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