Rene Rodriguez Soriano
Manuel Rueda
 
dos muñecas
la mujer de honorio lópez
la fértil agonía del amor
biografía
 
 
La fértil agonía del amor


Emilia me miraba de reojo, y con sus grandes silencios me envolvía como en una atmósfera de polvo y nubes densas. Entonces el sudor me chorreaba por las caderas, y debajo de mi impecable traje de gabardina a rayas percibía el cosquilleo de las gotas, rodando, asustadas, y ahogándome en una humedad casi de río revuelto, de arroyo en penumbras, de sombría catarata cuyo origen no era sino el deseo.

Hube de sentarme muchas veces en mi escritorio de funcionario cabal para admirar su perfil, sus piernas carnosas y rectas a la vez, sus muslos azules, o verdes –no sé-, que imaginaba como cubiertos de un barniz brillante y transparente. Pero lo que más me enervaba era sentir su respiración cargada de jadeos cerca de mis oídos, cuando me traía, con manos temblorosas, los oficios, las cartas, toda aquella montaña de papel que preparaba cotidianamente para que yo firmase con una paciencia de cartógrafo, y con indudable mirada de burócrata que debía olvidarse del amor por la mujer del compañero.

Estaban separados desde hacia largas semanas; no se por que en ese momento pensé en la pobreza de su matrimonio, en su agrio sentido de la realidad. Me vi de pronto atraído por sus grandes ojos color ciruela y por una boca que, sin ser carnosa, tenía justos los límites de almendra madura que tienen las bocas que emergen desde las novelas de las revistas de moda. Desde que miré con interés sus manos largas y coloreadas con uñas perfectamente esculpidas, pensé en caricias, en informales besos, en madrugadas furtivas. Pero todo ese mundo imaginario se reducía a un silencio que se congelaba cuando había la oportunidad de expresarle una frase galante, un piropo; esperaba la "coyuntura", como dicen los políticos de izquierda, pero cuando esta aparecía, mis instintos reculaban, l1enándome de un deseo insatisfecho que me hacía agonizar cada mañana, en los momentos en que sentía el ruido de sus dedos sobre el teclado y el ruido de sus palabras confusas y abigarradas agolpándose en mi oído, en mi imposibilidad de siquiera tocar una de sus manos.

El deseo se fue haciendo obsesivo. No podía concentrar mi actividad. Las llamadas no tenían sentido si junto al teléfono no estaba Emilia. (Me miraba con ojos terriblemente ansiosos. Yo que iba a decirle: era en verdad mi jefe; tan impecable, tan vestido siempre de azul; con esa inteligencia que atrae el amor de las mujeres como si el hombre fuese miel y el amor abejas girando. Yo repetía su nombre por las noches... Gabriel, Gabriel, y sabiendo que traicionaba la memoria de Juan, lo hacía. Cuando me acercaba con las manos llenas de papeles para indicarle donde debía firmar los formularios de capias azules o rasadas, pensaba que su timidez lo llevaría al descalabro. ¿Pero y la mía? Muchas veces, antes de mi separación de Juan, pensé en darle un beso, así de repente.
¿Pero cómo reaccionaría un hambre circunspecto y tan formal? Sabía perfectamente que su mirada no era la de un amigo. Además –y esto es importante- sus mejillas se sonrojaban can frecuencia, y yo, como mujer que he sentido el amor y que he visto tantas mejillas sonrojadas, sabía que él deseo le llenaba los sentidos).

Aquella mañana llegué temprano. Emilia llevaba zapatillas doradas, no precisamente las que debieran usarse en las oficinas. Miré su tobillo derecho y descubrí un lunar; una mancha azulada, muy bella, que parecía flotar sobre una piel suave, untuosa, cálida quizás. Me quedé mirando fijamente aquella mancha en la que comenzaba el misterio de un cuerpo que sólo Juan conocía plenamente. Largo tiempo estuve ensimismado en ese lunar que me ayudaba a construir, con imaginación temerosa, los muslos brillantes; los senos que flotaban casi en el aire cuando Emilia llegaba en las mañanas con ese perfume cama de palmeras en flor; el ombligo profundo, que imaginaba como un pozo de mieles y azúcares. Miré esa mancha y la mancha comenzó lentamente a desaparecer. La vi difuminarse como esos cuadros que se deshacen, se disuelven, en las películas de Bertolucci; como esas nubes claras que de tanto estirarse se convierten también en azul del cielo, en recuerdo de manchas casi transparentes. (Me miraba profundamente. Ahora, tal y como lo hacia desde semanas atrás, clavaba sus ojos en mis manos, en mi cuerpo, en mis labios. Era un tipo de fruición que me hacia sentir orgullosa y molesta a la vez. No era la mirada dura y persistente de Juan, aquella mirada que sólo tenia sentido si el futuro inmediato era el lecho, esa cama grande y cuadrada en donde nos desahogábamos con mecánica frecuencia. No. Los ojos de Gabriel caían pesadamente en mis encantos haciendo fuerza sobre ellos, absorbiéndolos, si absorbiéndolos, porque yo sentía sobre la piel ese Cosquilleo que comenzó siendo como una caricia y que posteriormente tomó a transformar el mundo de nuestros alrededores). Vi el lunar desaparecer. Aquella tarde me quedé pensativo. Aunque revisé en casa los papeles que Emilia había ordenado, deseaba seguir viéndola. Quería trasladarla a mi habitación, seguir contemplándola intensamente, hasta colocarla dentro de mí, hasta convertirla en algo así como una parte de mis situaciones. Su foto, conseguida del periódico cuando cumplió los 24 años, no me servía de nada. La había colocado cerca del pequeño florero que adornaba mi habitación, en el mismo marco en que estuvo la foto de Odilia, mi penúltima amante. Comparaba este amor nuevo, este amor lleno de incomunicaciones con el de Odilia, gritón y miserable, y comprendía las dificultades que se me presentarían. Decía Odilia que la mujer era como una gata rabiosa, porque cuando el deseo la atenazaba, preparaba las garras y se daba por entera agrediendo al hombre que amaba; pero con Emilia no sucedía lo mismo. Mi silencio y ese deseo reprimido eran como el reflejo del propio ser de Emilia. Yo esperaba que ella diese el primer traspié, la primera oportunidad. Cuando la llamaba por teléfono ciertas noches con la intención de invitarla a cenar, preparaba de antemano los argumentos que habría de utilizar; le diría que me sentía solo, que sabía que también ella lo estaba, que deseaba discutir con ella, fuera de las horas de oficina, algunos problemas personales, porque le había tomado gran confianza, que luego de la cena daríamos un paseo en el automóvil, y que mas tarde hablaríamos de importantes proyectos. No le haría ver que una vez hecho ese primer contacto la llevaría a bailar y a tomar algunos tragos en La Fuente, en el Maunaloa, o en cualquiera de esos centros festivos en los cuales es posible hablar al ritmo de orquesta. (Me miré el tobillo cuando el agua tibia y dulce rodaba por mis piernas aquella mañana y noté la desaparición de la mancha heredada de mi madre. Era una mancha de familia. Juan me decía que era lo más bello de mí. Pero desapareció como por encanto. Mi abuela también la tuvo). Mis llamadas telefónicas, sin embargo, se convertían en contactos y conversatorios sin objetivo; pronto perdía el sentido de todo cuanto había planeado, y durante largas horas conversaba con Emilia de proyectos futuros, de posibles aumentos de los precios del petróleo, de los nuevos maquillajes Max Factor, marca que ella utilizaba aunque no era la más cara ni la más elegante. Se me iba la vida en ese esfuerzo mental que precedía a mi intención de romper la barrera y lanzarme sobre Emilia para siempre, sin embargo, me detenía el terror de verla decir no. Ese día de abril, si mal no recuerdo, me miré el tobillo derecho y vi en él la mancha azul de Emilia. Un lunar similar al de ella se había apoderado de mi pie derecho. Quedé estupefacto. (No dije nada. Pero comenté con Gabriel, mi jefe, la pérdida del lunar. Los lunares se heredan, son el resultado de viejas leyes de la herencia). Cuando me lo dijo ya lo sabía. No quise señalarle la coincidencia. Hubiese podido informarle que a mí me había salido una mancha similar a la de ella, y precisamente en el mismo sitio. Pero hubiese producido terror en su temperamento frágil; o tal vez ello hubiese permitido una profunda conversación sobre lo penetrante del verdadero amor y abierto las puertas para un entendimiento, para unas relaciones que en su imposibilidad me llenaban de angustia. (Es que a la mañana siguiente me sentí mal y no quise ir a la oficina. Gabriel me llamó. Decía que mi imagen no podía separarse de su cabeza, que era realmente una obsesión de trabajo el pensar en mí y el buscar mi ayuda en cada momento. Yo pude decirle: no Gabriel, lo que sucede es que estás enamorado de mí y no tienes el valor de expresarte, entonces me miras con esos ojos negros y con ese ardor que no te deja concentrar).

Y es lógico que suceda, la presión psicológica ha sido fuerte. Yo creo, doctor, que estoy cambiando profundamente. Me parece que no bastan esas explicaciones, porque no sólo es cuestión de haberme enamorado, sino que quiero a esa mujer, y no tengo modo de expresarle cómo la quiero. (Por la tarde del miércoles 15 de abril Gabriel me ha llamado. Mi certificado médico ha estado unos cuantos días en el gran escritorio, porque tampoco él ha asistido al trabajo. Carola, mi sustituta, me ha dicho que aún no envía un certificado, como lo he hecho yo. Sin embargo, en sus llamadas intensas y agobiantes, Gabriel no me dice ni me pregunta sobre nuestra mutua distancia, y sobre el coincidente alejamiento de la oficina. Debería decirle claramente que mis manos se han hecho gruesas de improviso, que mi pie, casi infantil, se ha hecho casi pie de hombre, con vellos y sudores fríos; que mis cejas han crecido de pronto, teniendo que afeitármelas para volver a dibujar sobre el arco finas cejas de mujer. Juan me ha llamado esta tarde para el intento de un arreglo.
No me he atrevido a decidir nada; mi mundo comienza a dar vueltas y estoy perdida como en un marasmo, y Juan ni siquiera lo comprendería; estoy segura de que sería feliz junto a Gabriel, pero lo mismo que a él, una timidez terrible, devastadora, me acosa, y sólo puedo tenerlo en sueños, cuando reacciona mi espíritu y 10 veo posarse sobre mi como una mariposa, y acariciarme y hacerme el amor con la mayor de las suavidades del mundo). He notado en Emilia como un dejo de tristeza, y no dudo que su ausencia de la oficina se deba a mi retiro por unos días hasta poder dar con los motivos y resultados de este cambio. Hoy he observado mis manos y casi son las mismas de Emilia. Si me dejase crecer las uñas y usase uno de esos pigmentos para decorarlas no habría diferencia. Las paso sobre mi cuerpo, sobre ciertas partes de mi cuerpo, imaginándome qué sentiría si estas manos fuesen las de Emilia realmente. Ello me produce una extraña sensación, porque cuando cierro los ojos, son esas manos algo diferente, y siento, al posarlas sobre mis sentidos, como si estuviesen fuera de mí, con la terrible certeza de que lo que siento es, precisamente lo mismo que sentiría Emilia al hacerlo.

(Entonces reconstruyo aquellos momentos, y creo que sería imposible acariciar a Gabriel con estas manos rústicas, con estos dedos que no son los míos, con estos labios que se han ido poniendo duros, masculinamente duros, y con los que besaría a Gabriel a pesar de todo. Ayer ha sido un día insólito; Juan ha venido, ha tocado esa puerta, y entrado. Me ha mirado con asombro: ––¡Has cambiado mucho en poco tiempo, Emilia!, me ha dicho. Le he contestado que mi corazón se entrega lentamente a otro hombre, que ya no me interesan sus propuestas, y que el cariño que sentía por él ha terminado definitivamente. Entonces ha tomado mis manos con un gesto de amor, con ademán de reconciliación, y estas manos ahora rudas se han zafado violentamente de las de Juan, acobardadas, porque son como manos de hombre, que no quieren sentir tacto de hombre. Las he pasado por mis cabellos y he tenido la sensación de que Gabriel ha puesto sus dedos sobre mi frente, y he llorado, llorado mucho, pero mis propias manos me consuelan, porque las hago recorrer mis mejillas pensando que Gabriel está aquí, junto a mí, diciéndome por fin que el amor nos hará felices) .

Salir o no salir. Esta mañana me miré al espejo y supe de improviso que había tenido a Emilia para siempre. Ya no sólo eran sus manos, sino sus senos, sus dientes; yo mismo era ella, y ella era quien desde el espejo me miraba coquetamente. Sólo dos semanas habían sido suficientes para que mi pensamiento la interiorizara de tal manera que sus atributos pasaran a ser parte de mí. (Quise salir y no pude, Gabriel estaba en mí, vivo, atento, como un viento de la noche que acecha tras el ventanal. Mis labios sintieron el nacimiento del bigote azulado; soñé que me enamoraba de mí misma, porque Gabriel era yo, y yo era Gabriel, sudaba, temblorosa o tembloroso, por así decirlo, porque mi sexo comenzaba a cambiar. No le había dicho nada, pero la última vez que conversamos nuestras voces se transmutaron al punto de que cuando le hablé emití el sonido de su propia expresión sonora, dulce, la expresión del jefe administrativo que me miraba con fruición las manos y que soñaba con mi garganta, y que pensaba en mí –ahora lo comprendo- con deseos profundos de tenerme). Esa tarde me decidí. Sabía, casi intuía a ciencia cierta lo que había pasado con Emilia. Aquellas conversaciones, aquel cambio de carácter, aquel hablarme del amor del hombre por la mujer, cuando yo debía haberle dicho a ella lo del amor de la mujer que el hombre debe sentir siempre; aquella confusa sensación de ardor en los labios cuando la brisa fresca de la noche me reemitía al recuerdo, y aquel desear que el recuerdo se invirtiera, y que ella fuese, realmente tan asustadiza como yo, y yo tan tímido como ella. Todas estas sensaciones me decían que cada uno había pasado a formar parte del otro. Ella era él, es decir, yo; y en cambio el era
ella, es decir ella, porque comenzaba a desear el nuevo encuentro, el encuentro de seres cambiados, trocados por el amor.

Hasta qué punto ella me reconocería en él, y hasta qué punto yo me reconocería en ella. Debíamos resolver cuanto antes el enigma, vernos desde el otro sexo, desde nuestra nueva realidad vital, desde nuestra nueva manera de afrontar la vida. El encuentro inicial –después de las forzadas vacaciones- nos haría trazar la estrategia, la estrategia final, porque al fin y al cabo tendríamos que seguir viviendo. Vi esa nube, y pensé en mi manera de ver la vida; pensé en mis ropas de hombre ahora inservibles, yen sus ropas de mujer; en sus viejas modas –porque se hicieron viejas en solo horas-, y pensé en el encuentro, en esa necesidad. Entonces –ambos a dos-, y dentro del más gris de los silencios, hicimos la cita. Emilia me enviaría al apartamento uno de sus mejores vestidos, aquel del escote, le mostraría el comienzo de mis senos, y llevaría un tinte de labios encantador. Yo le devolvería con el mensajero mi traje azul a rayas, ese que huele a lavanda y que le hará quedar convertido en un caballero con suficiente garbo como para atraer la mirada de quien es ahora mi propia encarnación. Entraremos a la oficina uno después del otro. Nadie notará que hemos cambiado; yo llevo su lunar en mi tobillo, y ella lleva mi bigote y mi tibio pene que ahora comienza a conocer, lo mismo que yo poseo su sexo azulado, de lacias trencillas y carnosas empellas. Se sentará en mi escritorio. Me sentaré en su escritorio. Me aposentaré como una mariposa en su silla giratoria de secretaria eficiente. Se sentará en mi antes sillón de ejecutivo. Nos miraremos. Simplemente miraremos desde el forro de las cosas. Ella mirara en mí su viejo retrato, y levantaré lentamente la falda para mostrar su tobillo, aquel que dio origen a mi inquietud, y será entonces cuando ella, tan tímida como yo, verá difuminarse de mi pie el lunar azul, y sentirá en sus carnes de hombre emerger esa mancha... y poco a poco hablaremos de amor, y todo habrá de ser como antes. Y pasará el amor, porque todo tiene que pasar. Y nuevamente estaremos de vacaciones, cambiando constantemente, buscando ser el uno para el otro de manera terrible, de manera infructuosa, pero siempre en la agonía de hacer realidad el amor.





(La fértil agonía del amor, 1982)