Algunos sábados en la noche son bellos porque a veces la lluvia cae y se ven las gotas chocar contra la ventana y llega Raúl con lo que ha comprado y nos ponemos a fumar o a aspirar, según lo que traiga. Me gusta más aspirar porque así las fosas nasales se van acostumbrando al jaleo. Para empezar el jaleo yo me encuentro a la izquierda del señor Raúl, y el señor Raúl se encuentra a mi derecha cortando la blancura con una navajita de afeitar. El señor Raúl es muy bello y estudia conmigo y las compañeras de ligas menores dicen que somos novios. Que si no novios por lo menos algo. Que si nos ven juntos y no haciendo la tarea. Que si para arriba y para abajo los sábados a las diez. Que si la lluvia sigue cayendo y nos escondemos debajo de la cama. Nos besamos. Luego salimos y aspiramos más. Él se me tira encima sobrexcitado y sin embargo incapaz de hacerme el amor, desprovisto de toda fuerza mientras vomita sobre la alfombra todo el Amaretto con jugo de naranja. Raúl se echa hacia atrás y me ve con la cara seria. Supuestamente avergonzado por el desastre pide perdón y luego de cinco minutos me dice que me quite toda la ropa y me río con él de sus cosas y oigo la lluvia caer y no pienso mucho. Suena el teléfono. Llama Margarita para decir que posiblemente no se nos va a unir y como estoy en la luna no me importa. Se descuelga el teléfono. Llama Raúl para invitar a Alberto y Alberto dice que no puede venir porque está haciendo lo mismo con una alumna en la casa de su ex-exposa. Nos reímos de esto Ja, Ja, Ja, Ja. Alberto no sabe que estoy en la cima de la locura porque canto una canción de Julio Iglesias y oprimo el play y bailo un mambo. Raúl se quita la camisa y hace de toreo. Lanza la camisa sobre el VHS y la lámpara rococó. Su pecho es blanco y peludo. Me lleva a las fiestas y me enseña a los amigos. Fumamos entre todos y nos prestamos dinero. Nos disfrazamos en Halloween y nos acostamos cuando hay ganas. La primera vez eructé y Raúl me regaló otro pitillo. Yo no quería pero la segunda vez empezó a gustarme. Cómo me gusta Raúl con los pelos en el pecho. El toro tiene cuernos y se agita por la sala. Como tengo las pupilas dilatadas mamá empieza a sospechar. Pero ella también vive en la luna. Como mi índice es muy malo papá no me ha mandado el regalo de cumpleaños. Raúl se pone a besarme como si tal cosa y yo, que no siento nada ya, me pongo a bailar de nuevo y recuerdo a mamá que llegará mañana de viaje, mamá quiere que esté preparada para la vida y me deja sola con el componente. Por el trabajo y la abulia, y el hastío que provoca cuidarme. No sabe que el estéreo y Raúl son la misma cosa. Si lo supiera le daría un ataque y Raúl se echaría a reír porque mamá me prohíbe que lo vea. Que si las malas compañías y dime con quién andas. Que si a mí me importa y tengo deseos de que me toquen. Me siento sola. Vamos a acostarnos, le digo. Raúl me sigue y me quito la blusa estampada y veo a papá que se me acerca y se me aleja y no debería estar aquí aunque mañana es domingo porque ya pasó el día de mi cumpleaños. Oprimo el rew y Raúl me sigue besando y bailamos pegados More Than Words del radio en lo que la cinta va para atrás y yo repito: Raúl, Raulito, Raulín, y él me sigue besando con su aliento sucio. Man, man, stop. Estoy en la luna. Wait, wait. Raúl es incapaz de hacerme el amor porque su miembro esta fláccido y no puede acompañar con el placer mi soledad. Raúl es tan inútil ahora como una alucinación. La alucinación es el infinito. El infinito es cotidiano porque yo siento el infinito. Infinitas son las estrellas y la arena del mar y los números son infinitos. Infinito es el universo. Infinitos son los besos de Raúl que son incontables. Las erecciones de Alberto que me enamora sin que se entere Raúl. El camino hasta el balcón empapado cuando Raúl vuelve a vomitar sobre la alfombra una baba blanca y se contrae por el dolor de estómago. El camino hacia mi madre, la sonrisa, el hecho de danzar con el balcón llamando a Raúl que marca el teléfono de Alfonso. Aló, Alfonso (…) Jódete si no quieres… venir. Fuck. Mamá con esa cara de actriz de cine, la muy putísima haciéndome estudiar arquitectura. La arquitectura es para los hijos de papi y mami, los vagos y los travestis. Pero yo no puedo con la carera. Demasiado complicada. Con el diseño y los libros caros. Y las maquetas y el leroy. Y los amigos que no son amigos porque el balcón es el que baila y Raúl no viene a bailar con el balcón. Y mamá que nunca se ríe conmigo o con el balcón. Y papá que es un ladrillo y se niega a mezclarme con su nueva familia. Y cuando la ventana se acerca a mis zapatos se rompe la foto familiar y no sé lo que voy a hacer con el título. Ajá. Raúl no sabe ya a quién llamar. Me ve. Me mira. Me reconoce. Se asusta sin camisa. Trata de acercarse como un salvador. Qué pasa, qué haces, no tomaste tanta. La cornisa. El mundo desde aquí es infinito con sus luces y la gente que deviene y el viento que vuela. El espacio desde el balcón hasta el suelo es infinito porque son seis pisos y un viaje luego de viajar las escaleras sin tocarlas y las gotas de lluvia y el auto que se detiene abajo y mira el cuerpo que trata de lanzarse y es mamá mojándose con papá y su regalo. Mira mi amor me voy a tirar. El grito desesperado del arrepentido Raúl. Mamá cubriéndose los ojos por el terror. Papá soltando nervioso la caja con el listón. La caída infinita hasta el pozo sin fondo.
Pero para entonces el efecto ha pasado y hay que aspirar de nuevo. Tal vez el próximo sábado también sea bello y vuelva Raúl y haya más ganas infinitas. Porque la paciencia también es infinita.
|