Rene Rodriguez Soriano
Manuel Rueda
 
una artista del pueblo
de hombres y de gallos
biografía
 
 
 
Una artista del pueblo


Se llamaba María. Su trabajo era limpiar el antiguo Conservatorio Nacional de Música, que para aquel entonces se encontraba frente al río, en la segunda planta del actual Museo de las Casa Reales. Debido a que las clases se realizaban en hora de la tarde, cumplía con sus deberes en las mañanas, barriendo los amplios salones ella sola, con una lentitud que más bien guardaba relación con su carácter que con la carga de sus años. Nadie sabía decir con certeza su edad. Alrededor de su rostro negro un velo ceniciento, plegado levemente en las comisuras de los labios, parecía resguardarla en una neutralidad de siglos. Podían serle atribuidos tanto sesenta como cien años, sin que faltaran razones para ello. Era imposible acordarse de cuándo había sido nombrada; los directores, al tomar posesión de sus cargos, la encontraron siempre allí, enarbolando el palo de la escoba y la lanilla, de pie junto a los pianos desportillados y los atriles mohosos, ni sonriente ni adusta, en una serenidad atemporal y asexuada.

Como yo practicaba en el Conservatorio por las mañanas, siempre la veía extasiada en la contemplación de algún instrumento –las complejidades del arpa o del fagot parecían intrigarla- o de un Beethoven de yeso cuya expresión ceñuda ella no lograba desentrañar metiendo las puntas del paño por los relieves del entrecejo.

María se desplazaba con torpeza junto a las vitrinas cargadas de estatuillas y partituras y a veces la veía mirar al trasluz alguna hoja de papel pautado, como si pensara que en alguna dimensión oculta de la trama permanecía el sonido preso, esperando el momento de manifestarse. Miraba con desconfianza los metrónomos; el paño nunca se aventuraba hasta ellos, desde el día en que el mecanismo se disparó casi encima de su nariz y el péndulo empezó a marcar un tiempo que no guardaba relación con el de los relojes. María huyó despavorida y logró arrastrar su humanidad rotunda hasta un aula lejana, donde la encontré más tarde, desconcertada y contrita. Me llevó hasta el sitio de la catástrofe, pero el metrónomo, ya sin cuerda, permanecía callado e inmóvil en su repisa. Le expliqué la función de aquel aparato; pero ella no pareció entenderme y siguió mirándolo con desconfianza.

—Si este tic-tac es toda la música que lleva adentro, bien poco vale. –Y agregó-: Ya por el tamaño se puede dar uno cuenta de lo inútil que es.

Porque es preciso decir que María tenía una admiración sin límite por los pianos, tal vez a causa de sus imponentes proporciones. Ella los rondaba con cautela, dedicándoles un cuidado y una atención especiales. Con el paño mugriento extraía de la laca negra reflejos que la extasiaban, a pesar de que los años ya empezaban a convertirlos en ruinas. María le pasaba las manos, prodigando una especie de caricia en los sitios donde la madera mostraba sus heridas. Solía sentarse en las banquetas con la circunspección de una matrona y caer en largas meditaciones ante los teclados descubiertos. Así pasaba horas, como si tratara de memorizar la posición de cada tecla, negra o blanca, sin atreverse a pulsarlas, apenas acariciando los marfiles y moviendo la cabeza con lástima cuando se tropezaba con teclas que carecían de ellos. Yo me desentendía de sus idas y venidas, de sus inspecciones que la sumían en renovados asombros, y me iba a mi aula a enfrentarme a las dificultades de unas obras en vías de aprendizaje. Yo tocaba, concentrado en mi trabajo, repitiendo fragmentos, atento a la sonoridad, a los enlaces misteriosos que la percepción de la forma dejaban al descubierto, hasta que llegaba el momento en que me sentía observado, con tal intensidad que mis movimientos se paralizaban. Entonces me daba vueltas y me tropezaba con los ojos de María que destellaban a través de la puerta entreabierta. Su mirada revelaba un sentimiento infinito de devoción hacia esos sonidos que brotaban de su instrumento favorito, sonidos que, por alguna magia especial de la que yo era poseedor, el piano accedía a entregarme. Todo esto se desprendía de sus miradas ansiosas y hasta observé que lanzaba un rápido reconocimiento a sus dos manos inútiles, deformadas por el reumatismo y las várices. Por supuesto, aquello duraba lo que un relámpago. Yo le sonreía, para no avergonzarla, pero ella cerraba con brusquedad la puerta y la oía alejarse con una torpeza de animal herido.

Pero un día sucedió lo inesperado. Creyéndose sola –tal vez al no oírme pensaría que yo me había marchado- un impulso irrefrenable la llevó al salón de actos y tras abrir el piano grande de cola quedóse inmóvil frente al espacio poblado de sillas desocupadas. Era yo quien ahora la contemplaba, tratando de no revelar mi presencia, apostado en la semi-penumbra del pasillo. La vi cerrar los ojos y doblarse en una amplia reverencia. En su rostro había majestad y algo más sobrecogedor: inspiración. Como quien actúa desde un trance sinóptico, María giró entonces despacio y fue a sentarse en la banqueta bruñida del piano, se apoyó en sus extremos, respiró profundamente y poco a poco levantó las manos frente a ella, manteniéndolas luego inmóviles, como si las estuviera sometiendo a un lento exorcismo por el que tendrían que adquirir poderes sobrenaturales.

Fue en ese instante cuando empezó la glorificación de la mujer. Sus manos descendieron en una atmósfera plena de recogimiento, y en medio de un silencio que se convirtió por ello en suma de armonías comenzaron a desplazarse sobre el teclado, suspendidas encima de él, tocando en teclas invisibles que eran pulsadas con delectación, lo que daba lugar a que el cuerpo se estremeciera, se contrajera de dolor o de dicha, movido por la plenitud de las máximas tensiones expresivas. Sus brazos bajaban, subían, desplazándose a derecha e izquierda. El torrente de su música era audible sólo para ella; yo la miraba acercar el oído para captar mejor el encadenamiento de ritmos y armonías que la sumían en éxtasis. A trechos, tras un pasaje que parecía más inspirado que los otros, aprobaba el resultado de la ejecución con la cabeza, levantándola después hacia las alturas, de donde parecían provenir todas sus motivaciones. Era emocionante verla erguirse, levantarse, avanzar, en las pausas que se daba, y agradecer a un público que, de acuerdo al número de las reverencias que ella realizaba, parecía aplaudirla delirantemente. Luego volvía radiante a su asiento y se disponía a ejecutar el número siguiente. Se repetía los gestos: pianísimos, fortes que debían estremecer las paredes y llenar el salón de apasionados arrebatos, pasajes gráciles a los que ella respondía con expresiones risueñas, concentrándose en los tonos profundos que la mano iba tanteando con sumo cuidado, para no equivocar el sentido.

En fin, María vivía su momento de gloria. En el salón desierto ella era la artista máxima de un arte que sólo sus oídos percibían, transfigurándola. Supe que ese era un momento sagrado que yo no podía profanar con mi presencia. Opté entonces por retirarme bajando las escaleras en puntillas, mientras que el gran público, allá arriba, aclamaba las magistrales interpretaciones de María, la encargada de limpieza en el Conservatorio, una auténtica e ignorada artista del pueblo.




(Papeles de Sara y otros relatos, 1985)