la noche de la actriz
la casa del reloj
biografía
La noche de la actriz


A Sandra, por si acaso

Augusto Alberto recuerda ahora cuando iba al cine a ver las películas de Gabrielle. Una barra de chocolate extranjero, “de las que le mandaba su papá”, era el infalible soborno que le permitía el acceso a la sucia sala custodiada por un gordísimo negro cuya piel brillaba a causa del sudor; recuerda su imagen aterradora gritando y sacando de la fila a los menores de 17 años; recuerda asustado, muy asustado, su enorme barriga apenas contenida por una camiseta manchada de sangre de la carnicería donde trabajaba durante el día. Cada vez que se paraba en la fila sentía un miedo enorme y abrumador que se iba acrecentando a medida que se acercaba a Ramón “El Pachá”, sentía que se iba a desmayar, pero en ese momento sacaba la barra de chocolate y tras un par de fuertes palmadas en la cabeza en señal de saludo, era impelido de un empujón hasta el letrero que anunciaba en el centro del “lobby”, la película de “La Tanda Caliente de los Martes”. Atrás quedaba el bullicio y la protesta de los chicos que no tenían barras de chocolate, su miedo y su mundo; contemplaba el cartel por casi un minuto buscando el nombre de “GABRIELLE”, pero pocas veces lo halló y en realidad no importaba; su devoción era por los cuerpos desnudos que fulguraban como luz de estrellas azules y ella, Gabrielle, vestida de luz, con la luz escarchada del glaciar de sus senos, su mente, sus miradas, sus manos. Todas las luces eran la suya y todas las estrellas no eran más que desdoblados de la estrella perfecta: Gabrielle. Entonces estaba preparado: su corazón para latir más y su cerebro para ejecutar complicadas operaciones; sabía lo que necesitaba para amar, porque amar es creer por fe en lo que se ama, cuando se sentaba en su habitual asiento estaba listo para hacer de un ser de luz un ser vivo.

No es extraño que recuerde todo esto, porque cada vez que su cuerpo sube tiene un brevísimo espacio de razón que es una estrellita lejana y solitaria en la oscura atmósfera de su cerebro, donde, en este momento, hay una única razón que eclipsa todas sus demás estrellas: la excitada mujer que tiene debajo. Siempre prefirió la posición clásica. Durante los 15 que estuve en el “AA” me acosté con todas las chicas del negocio (excepto con Giovanna), las cuales él probaba primero, y todas estuvieron de acuerdo en que era un excelente amante, sólo que nunca permitió adoptar otra posición. El recuerdo de su adolescencia se difumina rápidamente por entre las mohosas butacas quedando suspendido en la penumbra de la sala. Esto ocurre por que baja, y es que cuando baja, el roce de mujer, de mucosas y piel, apaga con un chorrito de agua su diminuta estrella de razón. Él me ha confesado que es ésta la causa por la que no acepta cambiar de posición, porque en ese también brevísimo espacio de la bajada su mente no tiene recuerdos y cuando sube, que vuelven a atacarlo, tiene la certeza de que al bajar desaparecerán. Así, durante el tiempo que pase encima de una mujer no tendrá descanso. Su eficaz modo de olvidar lo descubrió una semana después de llegar aquí. Durante un ensayo de las bailarinas del segundo acto, una de las meseras que conversaba con él (se llamaba Alina, la recuerdo perfectamente: grandes senos y unas nalgas redondas que le vendía whisky al abstemio más tacaño, era la que más había intimado con el recién llegado hijo del dueño, pese a que todos tratábamos de agradarlo) anunció con un ataque de risa: “¡Señores… esto es increíble, oigan que cosa más loca, este chico tiene 23 años y todavía no ha cogido una hembra!”. Las carcajadas fluyeron al instante, un entero sonido de risa salpicaba de vergüenza y cierta angustia la mirada seria del muchacho que se puso de pie para golpear a la “bromista”. ¡NO! Fue la orden ronca y corta, las risas se pararon y se hizo total silencio, todos quedamos inmóviles, mientras sus padre que recién entraba me preguntaba lo sucedido. Ante todos ordenó a su hijo que la desnudara y le hiciera el amor en el suelo, delante de todos; además de silenciosos e inmóviles estábamos desconcertados y es que lo inesperado tiene el misterioso poder de causar miedo.

Los puedo ver claramente, no cabe duda de que es él, ahí está encima de ella, como siempre. Después de todos estos años no ha cambiado mucho, creo que sus movimientos son ahora más lentos. La escena me parece hasta ridícula si la comparo con aquella que él me contó de cuando le hizo el amor por primera vez o con las que a escondidas, hace muchos, muchos años, observaba de ellos. ¡Sí que fue emocionante!, ahora no son más que un par de viejos ridículos. Está subiendo y de seguro que está recordando muchas cosas de su niñez. Quizás del tiempo que yo más cosas recuerde sea de los años que siguieron a la muerte de su padre. Pero él, como de costumbre, debe estar recordando su vida antes de llegar aquí. Él me la contó casi toda, así mismo como la recordaba y la olvidaba en los sube con Brigitte, en los baja con Stacy y Candy, en los sube y baja con Louise, Teresa, Arlette, Marie, con cualquiera de ellas, ninguna le importaba.

Los veo bajar con mucha calma, debe estar tratando de olvidar al Sargento St. Brown. Esta es la parte de su infancia que más me impresionó. De niño no escuchaban sus historias fantásticas y era reprimido con severos castigos por su prematuro interés en el sexo y la pornografía. Su único amigo y confidente fue el Sargento Lucas St. Brown, un soldado de plástico como de medio pie al que ataba a la pata izquierda trasera de su cómoda para que no escapara mientras dormía. Una mañana no lo encontró, la cuerda había sido rota de un tirón, no cortada. Imaginó lo sucedido y corrió hasta la cocina, lo halló maltratado y con manchas de catchup, su hermano lo sostenía pendiendo de la bayoneta, con aires de vencedor dijo: “Estás perdido, El Sargento es una pura mierda, ha confesado todos tus secretos”. Dicho esto, separó los dedos y el sargento cayó libremente al suelo. Augusto Alberto lo recogió con seriedad, lo sujetó con ambas manos frente a sí y marchó con solemnidad tal como lo hacía cuando de monaguillo llevaba el cáliz en la iglesia durante las concurridas misas de domingo. Silbaba la marcha marcial que servia de tema al noticiero de las 11:45 a.m. cuando tomó el cuchillo para carne de la meseta y paró de silbar al detenerse frente a la pared del fondo. Colocó al Sargento en el suelo y, concluida la ceremonia de orden por alta traición, de un solo swing cortó la cabecita que salió volando junto al cuerpecito, ambos chocaron con la pared izquierda antes de caer al suelo. La cabecita no la encontró, lo más probable era que se hubiese ido por el desagüe. De esta forma fue como decapitó la banda sonora de su infancia, hoy lo que recuerda son las imágenes rápidas de una vieja película muda.

Subió asustado, tanto que se detuvo a mirar hacia atrás, al verle el rostro supe que me había equivocado de recuerdo, esa mirada de tristeza la conocía bastante bien y por muchos años que pasaran no la olvidaría, era exactamente la misma mirada que tenía cuando me hablaba de su madre. Este era el recuerdo más poderoso de todos y requería que bajara muchas veces para poder vencerlo. De su madre nunca me contó mucho, sólo sé que su padre emigró siendo él muy pequeño y ella tuvo que trabajar duro para mantener a sus dos hijos. Cada cierto tiempo su padre mandaba dinero, dulces y ropa, pero nunca regresó. Lloró mucho cuando me contó que su madre murió esperándolo: “Mamá aún soñaba con ver a papá en casa, mi hermano lo odiaba, papá no vino al entierro y mi hermano lo odió más. Hacía años que nos había sacado la residencia pero mi hermano jamás quiso nada de él, a mamá, por más que lo intentamos, nunca le salió y por eso yo no me fui. Con su muerte, murió la única cosa que me ataba a la frustración de este país. Tenía 23 años soñando con Gabrielle, un pasado que tirar a la basura y 3 años de carrera en contra de mi voluntad”.

Aprovecharé que está bajando para cometer una indiscreción que creo necesaria. Sé que se están preguntando acerca de quién soy yo. Mi nombre no es importante, nunca lo fue. Hace unos momentos el abandonó el bar, habló claro y decidido, me contó lo que hasta ese momento sería el último pasaje de su historia. Mañana tendré que buscar otro trabajo. Vendió el club y el negocio de las películas y cuando haya recibido todo el dinero y pagado todas las deudas, regresará a nuestro país. Yo también llegué aquí con grandes sueños, recién graduado de sicología, pero el único trabajo que encontré fue de barman en el club de su padre. no era del todo mal: habían muchas chicas hermosas y dispuestas, ganaba bastante bien y podía beber todo lo que quisiera siempre que no me impidiera cumplir con mis deberes. Una noche mantuve una animada conversación con un terco siquiatra totalmente borracho, y fue cuando él se enteró de que yo sabía acerca de lo que él llamaba “pequeños trastornos mentales”. Para ese tiempo ya era su hombre de confianza: no hacía preguntas, cumplía con escrupulosa dedicación sus órdenes, lo mantenía informado y administraba con éxito los negocios de las películas y las chicas. A la mañana siguiente salió de su oficina y ordenó que se fueran todos los que ensayaban o limpiaban, desde ese martes en adelante, todos los martes durante casi 15 años, salía puntual de su oficina y de 11 a.m. a 12 m. me contaba, como si leyera páginas al azar de un mismo libro, desordenados episodios de su vida mientras bebía dos y medio “Alcarcs” (ginebra, limón, tres cubitos de hielo y una cucharadita de azúcar). Yo dejaba de ser el barman para convertirme en su obligado terapista y él dejaba de ser mi jefe para convertirse en un niño asusta, en un actor de películas pornográfica, en un sin sentido alternando llantos y carcajadas, en un señor bondadoso con la beneficencia, en un dedo que vibra, en una danza de miedos, en una memoria que grita, que asusta viejas al salir de misa alzándoles la falda, que ríe largamente cuando recuerda haber intentado violar a su maestra de Geometría, en un traje blanco con corbata rosada que desconozco, que baja la cabeza y se va vencido. Hasta hoy en que lo veo todavía vencido y haciéndole ridículamente el amor a mi mujer. Reconozco que nunca hubiera sido capaz de matarme si revelaba su historia. Ho necesito contar lo que sucedió en estas misteriosas y oprimentes horas durante las cuales me vomitó su vida desgraciada sobre la Formica de la barra. Hoy puedo hacerlo, pues ya me contó, sin palabras, el verdadero final de su historia.

Subió calmado y con cierta sonrisa. No es que se alegre de la muerte de su padre, pero ese hecho le permitió heredar el club tal como lo decía el testamento, además de una pequeña fortuna que su padre había acumulado con la esperanza de retirarse, el regreso jamás le interesó. Fue asesinado, jamás se hizo justicia y no se preocupó por venganza. Todos sabíamos que los negocios sucios mediante los cuales obtuvo y mantuvo el club le interesarían más a la policía que atrapar a los asesinos de otra lacra. Al enterarse “los competidores” de que el muchacho había heredado el “Doble A”, vieron la oportunidad de un negocio perfecto. Augusto Alberto tenía 3 años buscando a Gabrielle secretamente, este fue el talón de Aquiles que sus hermanos del negocio creyeron encontrar para joderlo. Las cosas no podían ser mejores, la farsa para lograr que el “AA” quebrara marchó de maravillas. Buscaron una firma quebrada de películas pornográficas y le propusieron que la comprara, que era y sería un estupendo negocio. Entre las cosas que le llevaron estaban cuatro películas de Gabrielle y varios carteles con ella anunciándolas, casi se desmayó. Al fin su sueño dorado se realizaría. No sólo la conocería, también sería su dueño.

Baja, sube y baja más rápido. Como de costumbre, necesita bajar más veces de lo normal para poder olvidar las tres muertes que le significa el recuerdo de su padre traicionado y sin venganza. Es evidente que compró “SWEET GABY FILMS”, a pesar de que Gabrielle había muerto (tenía casi 50 años, no se suicidó, la dejaron suicidarse) de una sobredosis de barbitúricos. “No puedo soportar verme vieja y desfigurada, ya nadie me desea para nada, te envidio Giovanna. Mi sexo se cansó, se agotó, y quizás también yo”. Le escribió, o le escribieron, a su hija. Giovanna era una exquisita copia de Gabrielle, frustración y pornografía desde niña, la hacían a los 18 años más suicida que su dudosa madre. Confinada a revistas y videos de tercera, era la piedra angular del plan maestro. Pero Las cosa no resultaron como ellos esperaban. No contaron con que Augusto Alberto iba a ver en Giovanna más que la nostalgia por Gabrielle, todavía quedaba en él demasiado de estrellas azules, aún necesitaba senos que amar como nieve que su aliento descongela porque para llegar al verdadero sexo de una actrizestrella se necesitan dar muchos pasos bebiendo su luz, dejando sentimientos profundos como oscuras huellas para que dos en una cama no sean una rutina de cuerpos, sino una traición a la realidad y obtener por la sola influencia del amor una erección, un orgasmo, una copulación entre el deseo y los sentimientos, una confusión tal que no permita dudar de la mentira. Nadie sabía mejor que él como hacer del amor una mentira y de la mentira una forma de vivir. Ni remotamente se les ocurrió a sus enemigos que el joven Augusto Alberto tenía harto entrenamiento en manejar fantasías, que se llevaría a Giovanna a vivir con él siendo capaz de vestirla con la luz azul. Que podían importar las promesas de ellos para tomarla en cuenta si actuaba la farsa, si él la iba a convertir en la nueva Gabrielle, en la reina absoluta del cine de las estrellas azules y de las estrellas rosadas (sexo, dinero y fama). Pero como nadie cuenta con que somos seres dominados por el ridículo, cuando mutó a Gabrielle olvidó que su joven vagina triste por el uso algún día iba a sentir amor. Sí, AMOR. Ella lo obedeció a él y no a ellos porque ambos se dejaron engañar por la lógica de las actricesestrellasazules; sorpresa para ella, desconcierto, rabia para todos: una mujer asquerosamente enamorada es capaz de cualquier cosa.

No puede perder la concentración, está tratando de que este orgasmo sea tan inolvidable para ella como el de aquella primera vez en que le prometió hacerla una gran estrella y ella se le entregó completa, llena de felicidad; sonríe, fue un orgasmo estética, química y físicamente perfecto. Sin embargo, tiene ahora frente a sí una imagen plana en technicolor de 18 metros cuadrados de Gabrielle recostada del lado izquierdo sobre una enorme sábana roja, lo recuerda muy bien, sube y se ha detenido, es la primera vez que ve desnuda una mujer tan hermosa. Sus pupilas alcanzan el justo grado de dilatación que tuvieron aquella vez tratando de imaginársela real, de robársela a las luces difusas que la confinaban a la estrechez de una pantalla de hojalata; sus ojos fijos y abiertos se afanan buscando algún espacio posible entre el finísimo metal y la berrenda pintura blanca por donde entrar en su mundo de amor sin fin, de felicidad sin detalles, de vida sin problemas y decirle que la ama como jamás ha amado a nadie en sus 15 años de existencia, y después… sus pupilas se achican pues no sabe exactamente qué hará en ese momento, cuando ella, mirándolo con ternura y pasión, se acercará y sonriendo lo llevará a la cama que tiene la enorme sábana roja y lo recibirá con los brazos abiertos, con las piernas abiertas y tendrá, sólo para él, TODA su actriz. Esto sucedió mientras estuvo arriba, detenido, pero ahora que empieza a bajar, la inmensa imagen se desvanece y lo que ve son medianas imágenes en tonalidades grises de una vieja película muda. Su deducción es correcta, en efecto, se trata de su infancia.

Los he estado observando por casi 20 minutos desde que tuve que regresar por lo menos una hora antes que de costumbre, pronto serán las 12 y tendré que ir por los chicos a la escuela y ellos se quedarán solos. No podrán verme, nunca sabrán que estuve aquí, ¿acaso no es esta mi casa?, para sobrevivir en este enorme Club hay que saber esconderse. Aquel último martes llegó por primera vez tarde a al abarra, su primer Alcarcs empezaba a aguarse, lo removió con el dedo índice y luego se lo chupó, sin hacer mueca alguna tomó el vaso y lo lanzó a rodar por la barra, ambos observamos con de ritual como desaparecía en la curva y se hacía pedazos en el piso recién encerado. Está subiendo y de nuevo se ha detenido, la besa bruscamente, mete la cara entre sus senos y sacude la cabeza como si quisiera librarse de alguna molestia, ella le pide cambiar de posición, él no la escucha, vuelve a bajar y al subir se encuentra ensimismado en el cinecito de su pueblo escuchando la sensual voz de Gabrielle que se impone al crujiente fluir del desgastado sonido. Otra mujer entra, lleva únicamente zapatos y medias azul oscuro y unas ligas negras muy elaboradas sujetadas desde la cintura. Se arrodilla sobre la enorme sábana roja, abraza a Gabrielle y mientras la besa empieza a hacerse borrosa, hasta desaparecer, la imagen de las dos mujeres que jadean, la imagen que sobrevive a las rayas multicolores para entregar a Gabrielle al sueño que la vivificará hasta el próximo martes. Las notas sensuales del piano son abatidas por el fuerte sonido de las respiraciones y esto ocurre porque baja y cuando baja, todo el placer que siente empieza entrando por su erecta masculinidad y termina desolador en su cerebro. Esta vez los gritos de Giovanna no lo dejarán concentrarse mientras sube; los gritos, que son más fuertes y cortos para cuando baja, hacen que, por primera vez, pueda mirarla fijamente a los ojos. Unos ojos que no lo miran, que no miran nada, que están suspendidos en un raro pero conocido color, conocido porque se da cuenta que es el mismo que causó su partida, que delimitó su vida durante casi 15 años, con una mujer que creía Gabrielle, a SUBIR y BAJAR, a subir y bajar, a su-bir y ba-jar, a s-u-b-i-r y b-a-j-a-r…

Mientras regreso de la escuela con los niños medito dentro del auto sobre las cosas que han sucedido desde que lo conocí y en las que han transcurrido en estos años, casi 12, desde que se fue; lo admito, me preocupa por qué ha vuelto. Quizás estén pensando que soy un cobarde, que no tengo valor para defender mi honor, pero qué otra cosa podía hacer. Ella siempre ha sido de él. Son mis amigos y juntos hicimos de una trampa un espectacular estudio de películas, enfrentando con éxito a sus enemigos, ella y yo por amor, él por Gabrielle. Le pertenece desde que empezó a transformarla en su mentira y ella se dejó soñar, se dejó hacer por sus manos precisas que tocaban y dejaban en el sitio exacto la intensidad de luz requerida porque cada caricia era un espectro excitante que se derretía sobre su divina piel, se dejó amar porque cuando la miraba sus sentidos recibían el toque de siete lenguajes que la traducían.

Se dejó dejar porque cuando quiso reclamar, protestar, ser, ya se había enamorado completa y ridículamente de él. Uno se enamora por los gestos ridículos y una vez que ocurren viven para siempre. Si tenemos suerte, morirán cuando hagamos ridículamente el amor, pero, el muerto queda pegado a la conciencia y florecerá cada primavera. Qué cara de jodidos pondrían sus admiradores, ellos masturbándose en la oscuridad de los cines o detrás de la última revista donde apareció mostrando los significados de la palabra profundidad y Giovanna que de pronto se detiene, salta y les dice: “Gaby no existe, yo soy Giovanna y todos ustedes me dan asco, yo soy Giovanna, y estoy enamorada de un hombre que tiene que hacerme el amor para no volverse loco, yo soy Giovanna y no quiero que me llamen ni Gaby ni Gabrielle, yo soy Giovanna y lo tengo más grande y más hermoso que Gabrielle, yo soy Giovanna y no me voy a matar como mi mamá, maldita sea, yo soy Giovanna y quiero tener un hijo… (No lágrimas) Ven Gaby. Anda Gaby, tú eres la mejor. Tómalo Gaby. Cómetela Gaby, tú eres lo máximo Gaby. Me matas Gaby, nadie como tú Gaby. Qué rica eres Gaby, me tienes, oh GabyGabyGabyGaby… ¡C O Ñ O!”

Si me casé con Giovanna fue porque él se fue. Porque se hartó de todo y de todos, de hacerle el amor, de ver unos ojos que lo miraban con amor pero que él no veía, sólo le era posible ver en ellos el mismo color confuso de la mentira de siempre, porque nos abandonó a todos, porque no resistió más tiempo ser un niño traicionado, un joven vencido, un hombre que devora barras de chocolate y es dueño de una mentira y una mirada hermosamente confusa, porque… porque Giovanna se atrevió un día a gritarle que no era Gabrielle, que Gabrielle no lo amaba, que no la llamara Gabrielle, que lo amaba Giovanna, lo amaba Giovanna, amaba Giovanna, Giovanna Giovanna, amaba amaba… Él dejó de hacerle el amor, salió desnudo al bar y se emborrachó. Durante todos esos años soporté esas horribles sesiones en la barra porque la amaba, porque era la única forma de vivir mi vida cerca de ella; yo no lo odiaba, por él y su historia ella se mantenía viva en mí, sin poder tocarla, a fuerza de verla, a fuerza de palabras. Giovanna lloró el tiempo necesario para comprenderlo (“—Qué ridiculeces son ésas, las putas no lloran, siempre están felices; qué sería del mundo si no existieran seres felices a los cuales acudir en todo momento”). Uno se enamora por los gestos ridículos y una vez que ocurren viven para sierre. Giovanna lloró el tiempo necesario para justificarlo, para seguirlo amando, para pretender esperarlo… Y yo, tanto más ridículo, me cansaba de conjugar el verbo amar en todas sus posibles formas de espera (“—Los hombres, Gaby, somos seres condenados a esperar, a esperar que se nos crezca el orgullo, que lo imposible ocurra, que lo posible no ocurra, que el amor perfecto aparezca que un amante vuelva. El triunfo no es de los que saben esperar, sino, de quienes mandan a la mierda las esperas y viven, además, ¿quién dijo que el que triunfa es siempre feliz?”). Qué tontos somos, existimos como personajes capaces de actuar en una sola obra. Reímos mucho, hasta la histeria, sin parar: “el amor justifica lo injustificable, el amor justifica lo injustificable…” repetía ella, yo conjugaba en voz alta al verbo amar en presente con su nombre, una y otra vez, en tono de letanía. Por primera vez podía tener su cuerpo, no me es posible en estos momentos describir la sensación de poseer a la mujer que exactamente uno sabe que tiene que poseer; lo obviaré diciendo que fue un hecho que llegó a ser sublime sin ser ridículo.

Al principio fue cruel, sabía que ella me había aceptado porque estaba totalmente sola, obsesionada con tener un hijo, abandonada en una ciudad que le era hostil, en un mundo despiadado que adoraba a Gaby pero no a Giovanna. Yo fui su refugio y en mi casa se sentía a salvo, ambos sabíamos que ella me aceptaba porque no tenía otra opción, lo más doloroso era aceptar que yo también representaba el recuerdo más importante y vivo de él. En todo caso, no inventamos mentiras, esto permitió que surgiera entre nosotros un “amor” de acuerdos y conveniencias que hasta hoy nos permite vivir satisfactoriamente bien. Cuando llegamos, ambos estaban apoyados en el pequeño portal que da a la calle. Él estaba de lado afuera, de frente a ella, se miraban apaciblemente, sin hablar, ya no tenían máscaras, ya no había, ni tenían, nada que exigirse. Ahora es cuando de verdad podían sentir amor. Continuaron mirándose hasta que el auto se detuvo y bajaron corriendo los chicos, Giovanna le presentó a los dos niños y él les sonrió invitándolos a que metieran la mano en un bolsillo del abrigo que tenía colgado del brazo, sacaron tres barras de chocolate iniciándose un bullicio entre los niños al discutir quién sería el dueño del tercer chocolate. Me saludó por mi nombre con el mismo toco con que lo hacía todas las mañanas cuando llegaba al club, besó rápidamente la mejilla grasosa y un poco arrugada de Giovanna, se dirigió hacia mí, me estrechó la mano a la vez que metía su mano izquierda en otro bolsillo del abrigo, me puso entre las manos el cuerpo decapitado de un soldadito de plástico y se marchó frotándose las manos y mirando el sol del mediodía que apenas brillaba.







(de Serie de senos, 1997)