la noche de la actriz
la casa del reloj
biografía
La casa del reloj


Son muchas las almas que recorren la tierra y su monotonía atadas por la muñeca a un reloj. Tantas otras, habitan sus variopintas casas resonantes a las cuales sujetan sus viviendas, como tímidos nidos de golondrinas. Una casa llena de tente mirando el reloj, pendiente de él, viviendo por él, existiendo de tiempo en tiempo, acosados por él. Él, el reloj de péndulo y armario de caoba, el enorme reloj de la sala, el mueble aquél con sonrisa de cristal, el reloj que mató a mamá.

¡Eridanio corre!, ven, las voces se pierden, las ahoga esta ausencia, se las lleva el murmullo; ven y ayúdame antes de que sus agujas me laceren los dedos. Abuelo, abuelo, deja, suelta, no busques más sus voces porque ellas se perdieron en sus engranajes, despierta abuelo, las canciones de mamá ya no se oirán más, él las encerró tras sus cristales y las cambió por el aburrido ruido de su marcha.

El abuelo nunca olvida como esta maquinaria maldita lanzó desde su estatura aquellos inmóviles segundos para quitarle la vida a mamá. La una y cuarentaycinco peeme se derritió en nuestras memorias de calor y tragedia. ¡Eridanio ven, libérame! Sácame de sus tristes circunferencias, desátame de estas barrocas agujas que me lían las ganas de seguir viviendo.

Enfrentarnos al cadáver de mamá, con un doce romano impreso en rojo sobre su frente, blanca y sagrada frente, nos valió para más que el odio a los números y al tiempo. Papá lo trajo de Francia, usó la gran cavidad de su mueble para empacar escasas pertenencias de emigrante; fue ese mismo mueble el que marcó por largo tiempo el ritmo de nuestras vidas con sus campanadas adustas, con sus tics tacs recorriendo impetuosos e incontenibles toda la casa hasta rebosarla, dominando con su autoridad la inquebrantable disciplina de nuestros horarios.

Y pensar que su cuerpecito hermoso cortó el cristal y se hundió como ancla hasta el agonizante péndulo. Y pensar que el alargado reloj que la reflejaba vestida de domingo en sus cristales de luna ahora la vestía de dolor, la encerraba como féretro.

Después de todo sé que las flores y las alas se burlan de la prisa, así como los sobrevivientes se burlarán de los caídos, que si el abuelo quiere morir ahorcado en el muelle helicoidal del mecanismo de la cuerda, no es culpa del acero. Son casi la una y cuarentaycinco peeme de nuevo y no sé si recordad otra vez esta historia o descontarla de mi vida escribiéndola para que ya no sea sólo mía y sea culpa y recuerdo de todo el que la lea.

Pero se han escrito en este pequeño país demasiadas historias sobre el horror, escribir otra más sazonando los límites y las presencias de un tirano y su maligna e insignificante tiranía de juguete sería marcar lo marcado. Decir, por ejemplo, que papá fue sentenciado a muerte por negarse a darle sus tierras a un coronel, a una puta palaciega o a un testaferro es una cosa manida. Decir que, el que mamá muriera empujando el gran reloj en sus intentos de bloquear la puerta principal, mientras papá escapaba por la ventanilla del sótano, es un sacrificio y una prueba de amor digna de encomio es, también, una inutilidad.

Me hubiese gustado mucho escribirles sobre papá y mamá, pero a la una y cuarentaycinco peeme la única imagen que tengo es de mi niñez, precisamente en la que lo recuerdo a él, al majestuoso reloj. Yo estoy acostado en una cuna y varias personas me miran asomadas a sus bordes, él y su esfera elevada por encima de las cabezas de todos, él observándome con sus agujas laboriosas, sin insistir, pero con dedicación y hasta con cierta sonrisa.

Más que las fascinantes historias de mis viejos, tengo esta imagen que avanza hacia los límites del recuerdo y los pasa, cruza hacia otros laberintos y se convierte en algún tipo de sentimiento, en una rabia que me agrede desprovista de temporalidad, en una idea de reputación dudosa que acomete llana y real, imaginaria y tenebrosa. La muerte puede ser una idea donde desaparece la luz pero no el miedo.

Quizás el horror es una idea demasiado intensa, inexorablemente entera; quizás el horror puede ser sólo y nada más que una palabra o un cuento, un reloj detenido o una barrera de luz.








(de Serie de senos, 1997)