Del Sena al Camú.
Si nos aventuráramos a trazar una línea casi recta desde las noches parisinas, donde Tomás Hernández Franco da forma y cincela los textos de “El hombre que había perdido su eje” (1925), hasta las mil veces borradas riveras del Camú, donde Pastor de Moya urde su insólito “Buffet para caníbales” (2001), veremos que, aunque ha corrido mucha agua bajo los puentes, la joven cuentística dominicana no ha cumplido el siglo todavía. Juan Bosch, considerado por muchos como el gran estilista de la cuentística dominicana, escribiría su primer cuento (“La mujer”) en el año 1932; y se animaría a publicar “Camino real”, su primer libro de cuentos, el 24 de noviembre de 1934.
Mucho antes de Bosch, en los albores del siglo y con mucho tiempo de anticipación a una sistematizada práctica escritural del género en el continente, y contestes con las autorizadas palabras de Américo Lugo, Virginia Elena Ortea con los textos de su libro “Risas y lágrimas” (1901), señalaría un “nuevo rumbo a la corriente literaria nacional.” Después vendría, incluso anticipándose al famoso decálogo de Horacio Quiroga –quien a la sazón tenía apenas 25 años de edad-, José Ramón López con su libro “Cuentos puertoplateños”, en 1904 . Años más tarde, en 1923, en “El Mundo” de México, Pedro Henríquez Ureña publicaba, sin firma, sus “Cuentos de la Nana Lupe”.
En “El hombre que había perdido su eje”, un libro escrito en pleno primer cuarto del siglo XX, vamos a encontrar, sino el primer cuento dominicano escrito con el objetivo de relatarnos una historia maravillosa, jamás contada; valiéndose de reglas y parámetros que hoy, a la vuelta de casi un siglo, mantienen una novedad y una vitalidad que nos envuelve y nos atrapa por el ritmo con que ha sido escrita. “La última aventura de Charlot”, un texto vertiginoso, audaz, donde lo surreal y lo fantástico se tutean con una familiaridad y un desenvolvimiento singularísimo, constituye una aplastante alegoría contra la insensibilidad y la ceguera del mundo.
La comunicación viajaba en barco de vapor entonces y, por cualquier mirar de medio lado, un general se alzaba con un bando; Santo Domingo era una aldea a la que los aires de vanguardia que hervían en Europa no le fueron ajenos. Fabio Fiallo y sus amigos bebieron de las fuentes mismas del modernismo, otros lo harían en el naturalismo, el costumbrismo o el criollismo, que ya tomaba cuerpo en los suelos de América, y en todos los suelos bullían los aires de apertura y de expansión. No debemos dejar pasar por alto que, desde el 29 de agosto de 1916, Santo Domingo había sido ocupada por el ejército de los Estados Unidos, presencia que se mantuvo en nuestra tierra hasta el 12 de julio de 1924, cuando los Marines salen definitivamente del país.
Para esos mismos días, si se recuerda, era dado a conocer en París, inquietante libro de Tomás Hernández Franco (“El hombre que había perdido su eje”, 1925), y en La Habana, Cuba, Ricardo Pérez Alfonseca publicaría “El último evangelio”, (Editorial Hermes 1927). En la mediaisla, en cambio, Juan Bosch comenzaba a publicar sus primeros textos y poemas bajo el seudónimo de Rigoberto Fresni. Luego viajaría por España y Venezuela, sorprendiéndolo fuera del país dos acontecimientos demoledores. El primero, la ascensión a la presidencia de Rafael Leonidas Trujillo, el 16 de agosto de 1930; y el segundo, el 3 de setiembre del mismo año, el paso del ciclón San Zenón devastando la ciudad de Santo Domingo.
Baní no era una fiesta
A mediados de 1931, Bosch regresa a Santo Domingo. El 24 e3 noviembre de 1932 dará a conocer “Camino real”. Libro que inaugura, indiscutiblemente la cuentística formal dominicana. Tanto estilísticamente, como por el ritmo y el enfoque con los que el autor se enfrenta al texto y a la época que vive su país y el mundo que conoce, los textos de Juan Bosch, plantean una distancia abismal con el trabajo que venían realizando los escritores dominicanos de entonces y, muy importante, podían advertirse lazos comunicantes con lo que ya venía aconteciendo en la tierra ancha del continente americano, en el género. En ese interregno habían publicado sus primeros trabajos los uruguayos Horacio Quiroga y Felisberto Hernández; en Venezuela Julio Garmendia Publicaba “Tienda de muñecos” (1927); y en Argentina, Jorge Luis Borges daría a conocer su “Historia universal de la infamia” en 1935. En el 1936 aparecía traducida al francés la colección “Cuentos negros de Cuba” de Lydia Cabrera; y el chileno Juan Emar, ya para el 1937 daba los primeros toques a su colección que habría de titularse “Diez”.
El tiempo de la efervescencia en el continente de las letras le tocó a Ramón Marrero Aristy, Néstor Caro, José Rijo, Sócrates Nolasco, Julio Vega Batlle, Manuel del Cabral, Ramón Lacay Polanco, y Ángel Rafael Lamarche, quien, como un testimonio de su divagar por el mundo daría a la estampa sus “Cuentos que Nueva York no sabe”, en 1949 en México. Todo acontecía a ritmo inusual. Como en el cine, con planos contrapuestos y, aunque eran muy primarios los medios de comunicación, se transmitían los lazos comunicantes. Entre los años en que el colombiano Gabriel García Márquez escribía “Los funerales de La Mama Grande”, el argentino Julio Cortázar publicaba su “Bestiario” (1951); Juan Rulfo en México, “El llano en llamas” (1953); el guatemalteco Augusto Monterroso, “Obras completas y otros cuentos” (1959), y Roa Bastos en Paraguay, “El trueno entre las hojas” (1953); otro tanto hacía Juan Bosch, sus libros “La muchacha de la Guaira” (1948), “Cuento de Navidad” (1955) y “Apuntes sobre el arte de escribir cuentos” (1956), veían la luz en La Habana, Cuba, el primero, y en Santiago de Chile, los dos restantes. En Santo Domingo, en pleno fragor de los aprestos para el montaje de la Feria de la Paz y la Confraternidad del mundo libre que apantallaba los monumentales desafueros y desmanes que ya venía cosechando el “Padre de la Patria Nueva, Primer Maestro, benefactor de la iglesia y mejor amigo de los hombres de trabajo, el generalísimo y doctor Rafael Leonidas Trujillo Molina, harían su aparición “Cibao” (1951) de un Tomás Hernández Franco que, aún guarecido bajo las alas del cuervo, no dejaba de ser torrencial y brillante; Hilma Contreras con “Cuatro cuentos” (1953), abriendo nuevas trochas de expresión y búsquedas; Virgilio Díaz Grullón “Un día cualquiera” (1958); J.M. Sanz Lajara “El candado” (1959), y Juan Bosch, en exilio, más o menos por los mismos días, escribe “La mancha indeleble”. Aquí, por el momento, paro de contar.
El 30 de mayo del 1961, en una emboscada en la carretera de San Cristóbal, amigos y enemigos del tirano ponen fin a su insana vida. El país, adormecido y expoliado por más de 30 años, comienza a desperezarse. Las letras también. René del Risco Bermúdez sale de las ergástulas de la tiranía donde, por más que le pisotearon y ultrajaron, nunca pudieron borrarle su pinta de dandy, buen conversador y meticuloso urdidor de historias que habrían de solidificar y afianzar los avances que en las lides del cuento ya habían sentado sus antecesores. Armado de magníficas lecturas y dueño de una impecable técnica de narrador; bajó una tarde al mar a tutearse con los peces y medusas. En su efímero tránsito por nuestras letras dejó uno de los textos más entrañablemente tiernos y venerados por generaciones de dominicanos: “Ahora que vuelvo Ton”.
Entre finales del año 1950 y principios de los sesentas, cobró cuerpo y comenzó a gestarse una estirpe de narradores que habrían de abordar la escritura del cuento con un rigor y una entrega espartanos. Discípulos directos de Bosch, lectores avezados y tenaces que, además de desentrañar claves y técnicas que sacaban a flote los escritores del Boom latinoamericano, abrevaban en las fuentes de los maestros indiscutibles del género, ya en sus propias lenguas o en muy bien cuidadas traducciones, que para la época coparon las librerías y bibliotecas abiertas del país.
En el 1972, Roberto Marcallé Abreu, un escritor que había presentado credenciales desde mediados de los sesenta, radiografiando y proyectando la violencia y desolación que campeaba en los barrios de la parte alta de la ciudad de Santo Domingo, en un relato descarnado hasta el vómito, tuvo el pulso y el valor de congelar este momento espeluznante de la historia civil de la República Dominicana. “Las pesadillas del verano”, navegando en los litorales de la crónica periodística y la ficción, plasma en blanco y negro una imagen perdurable del despotismo y la ignominia:
Batiendo un bien templado tambor pluralista, y haciendo galas de un excelente dominio no sólo en los linderos del poema o de la música, entra en el ruedo Manuel Rueda con “La Bella nerudiana” y “De hombres y de gallos”; textos en los que la voz femenina asume un papel protagónico, contestatario, que se antepone abiertamente al discurso representado por “Anselma y Malena” en los textos de Hernández Franco del 1951. Hábilmente, el narrador nos introduce en un mundo tan parecido al nuestro, tan maravilloso y tan tortuoso, que no queremos soltar la historia hasta un final abierto, golpeante y absurdo. La mayoría de edad del cuento dominicano ha llegado, no caben dudas. Léanse también Una artista del pueblo, hermosa metáfora que nos lleva de lo más elemental a lo sublime de los sentimientos y las sensaciones.
Balaguer, el PRD, los huracanes caribeños y el precio del petróleo cada día encareciendo más la vida y las relaciones de los individuos, no impiden que en el 1980 Marcio Veloz Maggiolo logre configurar en uno solo al ser que ama y al amado, de ida y vuelta. Gabriel y Emilia, en un relato envolvente, sobrecogedor, llegan a compenetrarse tanto que terminan encarnándose el uno en el otro, intercambiándose los roles y las actitudes: “La fértil agonía del amor”.
De pérdidas y hallazgos
Lo fantástico, el fluir de conciencia y todas las técnicas del cine, de la música, de la fotografía, y hasta de la simple artesanía, pasan a ser herramientas utilizables por los narradores dominicanos. José Alcántara Almánzar, se encarna en la psiquis de un fisgón que, para hacerle frente a la espantosa sinfonía de Ruidos que invaden el apartamento donde se ha mudado. Desde la otra acera, Pedro Péix le ajusta cuentas a la burocracia trujillista. Como un hurón, hurga en los sentimientos más ocultos del licenciado Lotario Montaño y Carvajal. Contraponiendo planos, valiéndose del humor y la ironía [“Pormenores de una servidumbre”], nos lleva a conocer los más bajos fondos de la degradación humana. Con un excelente manejo del nivel de lengua, un equilibrado y dinámico ritmo, Pedro Péix hace un corrosivo y mordaz ajuste de cuentas con la tiranía, sus acólitos y demás hierbas aromáticas.
Y hablando de aromas y fragancias, en el 1988, Ángela Hernández nos desvela ciertos derroteros de “Cómo recoger la sombra de las flores”. Interpolando planos, puntos de vista, y con un vertiginoso ritmo, nos inserta en el centro mismo del conflicto de una familia tradicional que lucha por encontrarle respuesta al repentino desquiciamiento de la hija, que comienza a desvariar ante la partida del esposo para Nueva York.
Un año más tarde, en 1989, le toca el turno al matatán. El fondo se va totalmente a negro, sin mediotonos. Hace su aparición en escena el más corrosivo carajo de este barrio, de todos los barrios. Todo gira en torno a New York: ropa, música, el amor, el sexo, todo lo mejor viene desde allá, en un fluir de conciencia que nos deja mal parados a todos. Un texto altamente sicológico, maltratado y maldito que, utilizando “El recurso de la cámara lenta”, nos proyecta la película que nos retrata de cuerpo entero.
¿Qué queda de aquellos días de cazar mariposas y enarbolar banderas libertarias en los patios de la tarde? El narco, el político o militar empresario corrupto controla. Compra. Suelta y ovilla los hilos del poder. La Victoria es la mayor derrota del decoro y la dignidad de los dominicanos, la real mentira de nuestra verdad. Afuera hay más que adentro, y Pastor de Moya pasa un ajustado balance de la vida que se fuman allí dentro los que pagan los platos rotos. Nacido en pleno carnaval vegano en el 1965, parece haber absorbido todo el desparpajo y colorido de comparsas y diablos cojuelos. Sus textos, a más de corrosivos, incisivos, blasfemos y cortantes, representan a la fecha el tempo más descocadamente cuerdo de la narrativa breve dominicana. Pastor, por lo atrevido y hermoso de su manejo del lenguaje, y la economía con la que utiliza los elementos narrativos, deviene en algo así como el eslabón que entronca con las visionarias transgresiones con las que Tomás Hernández Franco, alborotó las noches parisinas en el primer cuarto del siglo XX. “Más allá de la línea”, además de un texto irreverentemente bien escrito; desde la perspectiva más degradada de un ser humano atrapado por el vicio y la demencia, nos presenta la más lúcida fotografía a toda color de ese vergonzante antro que la sociedad dominicana mantiene como espacio para la rehabilitación de los pocos seres que esa misma sociedad empuja o deja escapar de las alfombradas sendas de la moral y las buenas costumbres (entre comillas).
A vuela pluma, tras esa imaginaria y casi línea recta que se perfila en los textos del Tomás Hernández de principios de siglo, y se redefinen y solidifican en el Pastor de Moya finisecular, podemos encontrar esas historias [“jamás contadas”] que nos cuentan, nos cuestionan y dimensionan más allá de lo que, desde antes de ser, hemos sido y seremos. Leerlas será leernos nosotros mismos de cuerpo entero.
Y ese, precisamente, es el caso de los ignorados, váyase a saber por qué, Tomás Hernández Franco [Anselma y Malena], J. M. Sanz Lajara [Hormiguitas] y Manuel Rueda [De hombres y de gallos]; ya que pocos se atreverían a impugnar los méritos acumulados de un Juan Bosch [La mancha indeleble], un Virgilio Díaz Grullón [La enemiga], un Marcio Veloz Maggiolo [La fértil agonía del amor], o un René del Risco Bermúdez [Ahora que vuelvo, Ton]; ni mucho menos la pericia y el dominio con que han dejado su impronta en la cuentística dominicana José Alcántara Almánzar [Ruidos], Roberto Marcallé Abreu [Las pesadillas del verano] y Pedro Péix [Pormenores de una servidumbre]. Méritos que, salvando las distancias y, a fuerza de tesón y de trabajo con el más adecuado instrumental del oficio, se labran en la actualidad Ramón Tejada Holguín [El recurso de la cámara lenta], Ángela Hernández Núñez [Cómo recoger la sombra de las flores] y Pastor de Moya [Más allá de la línea]. Todos ellos, dentro de sus ambientes y sus temas, de una manera maravillosa, puntual, punzante y vertiginosa han logrado contarnos esa historia “jamás contada” que espera todavía aquel Califa que le cuente Mohamed, dentro o fuera de las páginas de “Las mil y una noches”. |