el miedo
la tercera cara de la moneda
biografía
La tercera cara de la moneda


La noche llegaba tímidamente mientras hojeabas la revista. Verte allí, sentada en silencio a la izquierda de la cama, me hacía sentir melancólico. Aquel crepúsculo anunciaba, como todos, alguna tragedia antigua y olvidada. En las ventanas de la habitación, entreabiertas, las cortinas se movían como animadas por la brisa fría.

Cuando la enfermera llegó momentos después con la jeringa, supe que iban a dormirme de nuevo con otro de esos sedantes que me sacaban a empujones del horizonte de lo real. Volví a ver esa expresión que tenías en los ojos, como de alguien a quien se lo come una pregunta, al tiempo que aquella mujer vestida de blanco preparaba la inyección en silencio. Parecía como si estuviera sumergida en un mar de bolas de cristal azulado; la brisa que penetraba en el cuarto me hacía sentir mal: me dolía fuertemente la cabeza y apenas podía hablar. Supe cuándo te levantaste a dejar la revista sobre la mesita de noche para acercarte a ayudar a la enfermera, que te miró comprensiva. Luego cerré los ojos largamente, como queriendo hundirme en la oscuridad, pero volví a abrirlos al sentir que unas manos me tocaban la cintura: eran tus dedos que buscaban desatar el cordón de mi pijama para que pudieran inyectarme. Volví a sentir frío y calambres por todo el cuerpo.

Había estado luchando contra el oleaje del dolor que, por momentos, se alejaba y me dejaba en la orilla. Entonces entreabría los ojos y te descubría a mi lado; pero aquella tregua duraba tan sólo unos instantes. Cada vez más profundamente, aquel vértigo me arrastraba hacia dentro de mí, donde me aterraba la nada que me sentía ser cuando cerraba los ojos. Habría preferido estar a solas contigo, aunque no pudiera hablarte, contemplar eso que se agitaba en tus ojos como el que mira el mar desde un acantilado. Me daba miedo no saber qué pensabas; te veía moverte diligentemente en torno a mi lecho, pero no comprendía; oía el murmullo de tu voz preguntando: ––comme ça? –a aquella sádica que parecía haberse bañado con desinfectante y que te respondía como desde otro cuarto. Cuando cerraba los ojos, pensaba que debía ser terrible para ti verme así. Yo mismo dudaba y sentía que algo había cambiado; tenía ganas de verme en un espejo para estar seguro de que mi cara no había cambiado, que era realmente yo el que estaba allí.

Cuando aquella maniática me humedeció el muslo con un algodón empapado de alcohol, sentí como si se me hubiera tirado encima. La aguja de la jeringa atravesó mi piel sin que sintiera dolor alguno, sólo una ligera comezón que fue disminuyendo hasta que no sentí absolutamente nada aparte del dolor en el pecho, el cual era como si un perro me mordiera cada vez que respiraba. Luego comencé a sentir que me hundía en la cama y de nuevo tuve miedo de quedarme solo. Cuando abrí los ojos, la enfermera ya no estaba.

—¿Qué sucede? –te pregunté con un hilo de voz.

Habías vuelto a sentarte a mi lado con la revista sobre las piernas, y por la forma en que me miraste supe que te habías sobresaltado con mi pregunta.

—Rien, mon petit, ne te préoccupe pas, tout est fini, dors-toi.

Tu voz era dulce, como si te saliera por la espalda; me pedías que durmiera y apenas hubiste acabado de hablar, volví a hundirme en una marejada confusa, como si el dolor hubiera cambiado de estrategia y ahora fingiera retirarse para dejarme caer en el vacío de mí mismo. No me extrañó verte perdida en medio de aquella densa niebla que llenaba toda la habitación. Sentí un frío intenso en las piernas y en las manos; me pareció que había un ojo inmenso colgando del techo; creí oír por un momento voces que discutían en el corredor. Me tomaste la mano con fuerza y me susurraste algo extraño al oído. Te vi bajar la cabeza y suspirar profundamente. Me habría gustado entrar en tu suspiro y tratar de calmar en ti eso que daba vueltas sin fin dentro de mí, pero volví a caer agobiado por la oscuridad, mientras te oía repetir una y otra vez: —dors, dors-toi, con una voz que no era la tuya.

El tiempo se había convertido en algo incómodo, una máquina de tortura que alguien había colocado en algún momento dentro de la habitación. Si no te hubiera sentido allí, habría terminado por creer que el tiempo era yo. La cama se abría bajo mi peso; los peldaños de la inconsciencia subían y bajaban sin orden y en cualquier momento. Tú me rescatabas de tal error. Eras toda mi vida, mi tiempo. Tu mano era mi mano dentro de la tuya, esa sensación de ser dos cosas en una que nos acercaba desde distancias indecibles. Podía sentir que llorabas por dentro, como si te doliera que no te viera llorar, que me dejara hundir tan fácilmente en un olvido absurdo.

Tan sólo para darme fuerzas, apreté tu mano y te oí sollozar. Luego, lentamente, la habitación se fue oscureciendo como si la niebla que empañaba mis ojos se fuera haciendo cada vez más densa. Sabía que de un momento a otro me quedaría definitivamente dormido, así que me dejé llevar por aquella sensación de abandono que me producía el sedante, la cual demolía los ya débiles muros de mi consciencia.

Te vi levantarte como quien ha llegado al límite de su paciencia, nerviosa, etérea. El sol entraba a chorros por las ventanas abiertas, pero eran otras ventanas. A decir verdad, parecía otra habitación, otro lugar completamente distinto al hospital. Lo primero que pensé fue que estábamos de vuelta en el apartamento, que me habías llevado allí y que había despertado restablecido por tus cuidados y mimos luego de aquella larga convalecencia. Para mi sorpresa, ya ni siquiera me dolía el pecho: me sentía fuerte, igual que antes de todo aquello. Hacía un calor tremendo.

Las ventanas y el empapelado se parecían enormemente a los de la habitación que ocupamos en casa de tu hermana Berthe, en Niza, aquel verano que fuimos de vacaciones a la Côte d'Azur. Me pareció una delicadeza de tu parte haber cambiado la decoración para recibirme y quise levantarme para darte un beso. Dabas vueltas alrededor de la cama como una zombi y cada vez que pasabas frente a mí me mirabas con rabia sin dejarme siquiera comprender por qué lo hacías. Por un momento dudé, mas, al hacerlo, supe que podía levantarme, que tenía fuerzas suficientes como para ponerme en pie. Eso me alegró.

El calor era de pestes. El pijama se me pegaba a la espalda como una segunda piel, el sudor latía sobre mi cuerpo como con vida propia, pero nada de eso me importaba. Estabas radiante con tu túnica de batista; llevabas el pelo anudado en la nuca y te habías colocado una cinta rosada que te hacía lucir aún más bella. Di varios pasos, dudando aún de que pudiera hacerlo, y acabé por convencerme de que estaba completamente restablecido. Se me ocurrió palparme la cicatriz en el pecho, pero no le di mucha importancia. Sólo quería abrazarte y besarte, sentirte crujir entre mis brazos hasta fundirnos en un suspiro. Pero al parecer, tú no tenías los mismos deseos.

Con un brazo firme, me detuviste antes de que pudiera abrazarte y me miraste de una manera extraña, como si prefirieras rechazarme con los ojos antes que decir una sola palabra. No comprendía tu indiferencia. Me resultaba difícil aceptar que no te alegrara verme restablecido después de todo ese tiempo que había pasado enfermo. El calor lo hacía todo más penoso; aquel maldito clima debía ser la causa de tu reacción inesperada; aquella temperatura agobiante interrumpía los pensamientos antes de que llegaran al cerebro. No insistí. No supe qué hacer. Tu reacción me había desarmado.

Di varios pasos y me volví hacia el espejo. Me encontré distinto: mis ojos brillaban, mis hombros lucían fuertes y en mis mejillas crecía la sombra de una barba. Permanecí un largo rato allí. Durante mi larga convalecencia había ansiado vivamente poder mirarme en un espejo. Ahora que me veía finalmente no sabía qué pensar. Estaba contento de no haber salido demacrado ni excesivamente delgado, pero me parecía que algunas líneas de mi rostro se habían suavizado y otras se habían acentuado. Lo creí absurdo entonces, pero me sentía exactamente como si hubiera olvidado mi apariencia en los meses que pasé sin ver mi rostro y necesitara de una especie de ritual de reconocimiento para volver a familiarizarme con mi imagen.

—¿Qué te miras tanto? –dijiste súbitamente, como si estuvieras encolerizada al verme detenido como una estatua frente al espejo.

Casi te había olvidado. Me había quedado tan absorto contemplándome que tu voz me pareció lejana, inaudible, como las voces de los sueños. El calor, el pijama que ya me estorbaba, me desconcertaron por unos instantes. Al fin te respondí, volviéndome hacia ti:

—Nada, es sólo algo en el espejo que me sorprende.

Confieso que tardé un poco en darme cuenta de lo que sucedía. Nada me extrañó demasiado al principio. Estaba aturdido por todo el tiempo que había pasado acostado en el hospital. Además, el calor se había apoderado de mí y no me dejaba espacio para extrañarme de nada. Sentía que no estaba de buen humor. No quería contrariarte. Sabía que, a veces, cuando te ponías nostálgica de tu vida en Montmartre, te irritabas hasta el punto de que no me hablabas ni permitías que te hablara. Tu silencio era hermoso y terrible, lo aceptaba y lo sufría al mismo tiempo y con la misma fuerza.

Habías dejado de dar vueltas por la habitación y habías encendido un cigarrillo. Luego comenzaste a arreglarte el pelo de espaldas a mí; te quitaste la cinta y tu cabellera cayó desplegándose sobre tus hombros. Te veía moverte y trataba de imaginar lo que pensabas. Toda tu vida, desde que te conocí en aquel bar de Montmartre, habías sido un enigma para mí. Siempre trataba de adivinar qué significado tenía yo en tu vida; siempre me perdía en tus laberintos sin poder hallar la respuesta.

Comenzaba a sentirme molesto. Abandoné el espejo y, dirigiendo la vista a las paredes, vi que todo era nuevo, hasta las flores en los jarrones de cerámica parecían acabadas de cortar. Pero el calor me hacía perder todo el interés; en cierta forma, extrañaba la brisa fría de las noches en el hospital. El sol entraba a chorros por las ventanas abiertas, tenía que hacer algo o terminaría convertido en un bistec.

Fue entonces cuando me di cuenta de que algo no estaba en su sitio. Me había engañado suponiendo que habíamos regresado al apartamento. En realidad estábamos en Niza, en casa de tu hermana. Me encontraba parado ante la misma ventana donde Berthe murió fulminada por un ataque al corazón. Estaba, sin saber por qué ni cómo, varado en otra historia; podía ver en el horizonte el mar que se extendía como una promesa falsa, y los tejados que se alzaban como manos rojas entre los árboles. Aquella visión me llenó de espanto y no pude contener una pregunta angustiada:

—¿Qué pasó?

—Comment? –preguntaste mirándome directamente a los ojos, como si no hubieras comprendido.

—El hospital..., es decir... ¿qué pasó?

—Je ne comprends rien –me dijiste impacientada-. ¿De qué hospital me hablas? Es-tu fou, alors?

—¡Pero sí, el hospital, quiero decir... la operación...! Yo... pero, ¿cómo me preguntas qué hospital, si estuviste a mi lado todo el tiempo?

—Te digo que no comprendo nada; quieres burlarte de mí.

—Pero si es cierto, te digo que estabas allí, a mi lado, me operaban del corazón...

—¿Del corazón? Ah, mais, tiens, ya veo que estás realmente loco. Hace tres semanas que llegamos aquí y no nos hemos movido ni siquiera para ir a la esquina. ¿Qué es lo que me cuentas de tu hospital, pues?

—¿Tres semanas, dices?

—Oui. Llegamos el sábado 6 y hoy es el jueves 25. Tu me crois stupide, toi? Además, en todo el tiempo que llevamos aquí no has hecho otra cosa que leer tus libros idiotas y mirarte al espejo. Comme tu es bête!

No quise oír más. Me quedé observándote por unos momentos, tratando de descifrar tu mirada y tus palabras que caían sobre mí empapándome de preguntas como si llovieras por los ojos. Luego, por hacer algo, volví a asomarme a la ventana.

Definitivamente no podía entenderlo.

Por momentos trataba de convencerme de que era la cosa más natural del mundo que estuviéramos en Niza, como si tuviera que ser así. Pero sabía que algo no marchaba como era lo debido; un silencio fuera de lugar, un detalle olvidado: alguien se había equivocado de historia. ¿Por qué el sol y tu cara al aire, tus pezones rebosando la transparencia del vestido, por qué tú y yo allí y nada más? El calor me hacía dar vueltas sobre mí. La ventana había quedado abierta de par en par y la brisa cálida movía las cortinas arrítmicamente. —¿Qué falta?, me pregunté. ¿Qué pasó al salir o al entrar aquí; antes de salir, qué sucedió? ¿Por qué esto ahora y no aquello? Te miré. Hacías la cama lentamente. Era todo un rito hacer la cama y verte allí, desnuda bajo tu largo vestido de batista. Las curvas de tu cuerpo se redondeaban aún más bajo tu ropa. Cada paso que dabas te ponía a ondear como un trapo al viento. Te movías por el cuarto como si flotaras en él; temía que volaras si hacías un gesto demasiado brusco. Me parecía que latías como un reloj, vibrando ya cerca, ya lejos.

Finalmente, abandoné la ventana. Si aquello era una pregunta sin respuesta, no veía razón para que me rompiera la cabeza tratando de responderla. Tenía ganas de darme un baño. Por no perder más tiempo, me dirigí hacia la cómoda, sobre la cual, en la pared, estaba el espejo espiando todos mis movimientos mientras buscaba una toalla en los cajones. Busqué primero en los de arriba y luego en los de abajo. No estaban allí. Te miré por el espejo. Habías corrido las cortinas de la ventana y comenzabas a desvestirte. Vi cómo arrojabas sobre la cama tu vestido y cómo saltaban al aire tus senos como dos gruesas gotas colgantes. Pero aún me aguardaba otra sorpresa mayor.

Al verme reflejado en el espejo, desnudo y sudoroso, descubrí que mi pecho no tenía la más mínima señal de haber sido intervenido quirúrgicamente. Se suponía que debía tener una cicatriz de un palmo de largo en mitad del pecho, pero no tenía ni siquiera un rasguño. Entonces me di cuenta de que no había comprendido nada del significado de tus palabras y de tu sorpresa al hablarte de la operación. Todo parecía indicar que nada había ocurrido en realidad, el hospital, la operación, la enfermera; todo había ocurrido en otro tiempo, en otra vida. No había ninguna relación entre aquello y lo que la realidad del espejo me mostraba. Parado allí, me contemplé largamente, hasta que tu voz me volvió a sacar del marasmo de mis pensamientos:

—Et alors, ¿es que piensas pasarte todo el día frente al espejo?

No te respondí. A decir verdad, no esperabas que te respondiera. Era tu forma de mantenerte a la vanguardia en esa lucha secreta que continuamente estabas librando contra mí. Tuve que mentirte con los ojos, esbozar una sonrisa que pareciera convincente, pues sabía que no sería capaz de explicar mi descubrimiento, y mucho menos de lograr hacer que me entendieras. Miré hacia la izquierda, sobre la mesita de noche, y encontré las toallas, junto a los jabones y las lociones para el baño. Todo en orden. —Caramba, pensé, ¿qué es esto? ¿Qué me está pasando?. Me alejé de la cómoda con pasos enredados y fui a sentarme al borde de la cama con la toalla en las manos.

Pero habías notado que algo me sucedía.

—Et alors, qu'est-ce qu'il y a? –me preguntaste mirándome detenidamente.

Tus ojos brillaban en la semiluz de la habitación como los ojos de una gata. Hasta parecía que crecían cuando te miraba. Con las cortinas cerradas, todo cobraba un aspecto de irrealidad fantasmal, como si los objetos se hincharan a medida que ganaban independencia en la penumbra. Nos miramos en silencio, como interrogándonos mutuamente. Parecíamos hablar en ese lenguaje en el que no hay idiomas, donde un comprender absoluto lo determina todo sin ser más que un intuir y menos que un deseo de intuir. Hay momentos en que las palabras son un estorbo y quisiéramos arrancarnos la lengua para sobrevivir a ese silencio que se impone como una campana de cristal que nos envuelve y nos aísla.

—Me duele la cabeza –te dije después de unos momentos, como excusándome. Temía comentar contigo aquello, como si una duda mayor que mi desconcierto me impulsara a desconfiar de las palabras. Estaba convencido de que toda confesión sería como un boomerang: sabía que todo lo que te contara regresaría a mí como si hubiera rebotado en el aire antes de llegar a tus oídos.

En el baño aumentó la confusión. El jabón te dibujaba signos irreales en la espalda, y yo trataba de interpretarlos esponja en mano. Reías y balbuceabas como una niña, mientras yo me entregaba a tus uñas que me restregaban todo el cuerpo bajo la ducha. Ninguno de los dos quiso comentar nada; dialogábamos con jabón y el agua borraba nuestras palabras. Sentía que tenía tu corazón en las manos cuando pasaba la esponja por tus senos. Habría preferido detenerte y convertirte en una estatua para poder andar en mis manos por tu cuerpo sin que te movieras y sin que gimieras a cada caricia que el roce de mis manos producía sobre tu piel mojada, pero eras como el pez que se resiste a quedar atrapado en la red y no me dabas ocasión de sostenerte en el tiempo. Cuando iba en pos de tus caderas te alejabas jugueteando y dejabas que el agua de la ducha hiciera un nudo con mis ojos. Sin embargo, aquel perseguirnos y obligarnos, aquellas risas, aquellos gemidos en mitad de la bañera te atrapaban en mí como en una fotografía: me apropiaba de tu cuerpo que ya era mío desde mucho tiempo atrás, tan sólo para buscar una respuesta en tu interior, en tu silueta de virgen arrepentida, pero aún frágil. No lo sabías, pero yo trataba desesperadamente de reconocerte, de aprenderte de nuevo, porque sentía muy dentro de mí que te había olvidado como si te hubiera arrancado de un sueño en contra de tu voluntad. Sí, era eso: aún tenía la duda sentada en medio de la frente.

¿Qué diablos podía hacer?

La mañana se había vuelto de cristal, el aire parecía ser el reflejo de otra cosa también falsa visto a través de la ducha.

Tú saliste primero de la bañera. Yo continué por un rato escuchando la canción del agua.

Tenía miedo de preguntarte si eras realmente tú, si de veras eras mi mujer. No me atrevía a hacerlo porque temía tu respuesta, cualquiera que ésta fuese. Me quedé largo rato observándome bajo el agua, sentado en el fondo de la bañera, dudando del agua que me empapaba los huesos. ¿Qué es esto?, pensaba dejando que la ducha me inundara la cabeza. Carajo, no es un sueño, estoy aquí, me decía mientras el agua seguía cayendo sobre mí. Sentía los golpecitos de las gotas sobre mis párpados, sobre mi frente. De repente, como si se tratara de asegurarme de alguna cosa, comencé a gritar: Estoy aquí, me estoy mojando, me estoy mojando.

—¡Me estoy mojando, coño! –grité con todas mis fuerzas, y mi voz retumbó en todo el apartamento.

Asomaste la cabeza por la puerta, perpleja, pero sin decir nada. Te quedaste mirándome en silencio y te vi de espaldas como si tus ojos fueran los míos. El agua continuaba insistiendo sobre mi frente. Me sentía vencido, perdido en medio de un torrente; los párpados me pesaban.

—Me estoy mojando, ¿no entiendes? –te dije bajando la voz.

—Pues sal del agua y deja de gritar como si estuvieras loco –dijiste pausadamente, como midiendo cada palabra.

Me di cuenta de que no entendías nada de lo que estaba tratando de decirte; hubiera podido decírtelo en cualquier idioma y el resultado habría sido el mismo. Estábamos viviendo historias diferentes, girábamos en la misma dirección, pero en sentidos distintos. Cualquier cosa que dijera pertenecía a otra vida, a otro presente que había abandonado sin darme cuenta, pero que aún, estaba seguro, no había pasado, sino que estaba ahí, aguardándome detenido en algún recodo del tiempo para que la historia se completara.

Lo difícil era lograr que tú lo captaras.

Era como tratar de explicar un perfume. De pronto tenía ganas de saltar de la bañera y llevarte a rastras bajo la ducha para que comprendieras, pero sabía que tampoco eso lograría explicar lo otro, lo que no había llegado a suceder, lo que se había quedado detenido en otra parte.

—Blanche –te dije temiendo lo peor-, ven, Blanche, viens ici.

Sólo cuando te vi a mi lado me sentí aliviado. Tu nombre seguía siendo el mismo que siempre había amado. Estaba claro que tú eras tú, pero yo, ¿quién era?

Aún estabas desnuda. Sólo habías tenido tiempo de ponerte el slip, pero eras tan hermosa que aun desnuda parecías vestida.

—Dis-moi, Blanche –te dije-, qui suis-je? ¿quién soy? Dime la verdad, esto se me hace cada vez más insoportable... no comprendo nada de nada...

—Pero cómo? –dijiste sorprendida-. ¿Todavía no sabes quién eres? Es casi ridículo que lo ignores... es.... tan evidente...

—Mais non, Blanche, no lo es... es decir... necesito que me digas quién soy para ti, cómo y por qué estamos aquí, à Nice.

Te quedaste callada observándome desde la distancia azul de tus ojos. Luego, sonriendo cruelmente como un pez maligno, me dijiste:

—Ah bon, c'est ça. Quieres perderme contigo en otra de tus locuras. Quieres que me convierta en uno de tus personajes absurdos, comme les autres. Okey, voy a decirte quién eres, voy a decírtelo porque ya estoy cansada de ti, ya me tienes harta con tus espejismos, porque eso es lo que eres para mí, un espectro que trata de convencer a otros de que es real tan sólo porque un día descubrió que puede entrar y salir de los espejos sin que su imagen muera. Pero voy a hacerte el favor de decirte la verdad, pues nadie mejor que yo podría hacerlo. No eres nadie, tu m'as compris?, no eres el que piensas que eres, porque no puedes pensar, porque has perdido toda tu vida llenándote la cabeza de papeles falsos al contemplarte en los espejos que, lentamente, se han ido apoderando de tu tiempo. No piensas, luego no existes, ¿ves? Por eso me preguntas quién eres, a mí que me inventaste en un café de Montmartre que nunca ha existido y en el que nunca has estado, a mí que ahora me has atrapado en este lugar de Nice que ni siquiera existe en los mapas. Eres un fantasma. Todo lo tuyo es fantasmagórico, aunque lo consideres a prueba de toda duda. Olvidaste que se debe asegurar bien la vida cuando se vive pendiendo de los sueños. Si aceptas un consejo, regresa al sitio de donde has venido. Tu famoso hospital, tu operación, tu cariñosa mujer te esperan allí de seguro. Regresa, si es que todavía puedes hacerlo. Mírame bien: no soy la que crees que soy, soy la que siempre has ignorado que era, la que te has inventado como una enfermedad imaginaria en tus noches de evasiones. Me das lástima, me apenas porque sé cómo debes sentirte, porque tienes que saber que todo esto que ahora nos rodea también es falso, las paredes, el suelo, todo. Peor sería si fuésemos reales, ¿no crees?, si estuviésemos realmente aquí. Sería ignorar toda la vida que lo ignoramos todo. No sé por qué te preocupa tanto saber quién eres, después de todo. A mí eso no me importa, nunca me he preguntado si soy o si seré, porque sé que ninguna respuesta a eso sería cierta. Estamos girando, ¿no oyes el ruido? Es mejor así, ¿no crees?

Tus palabras me parecían tan inevitables como el agua que seguía cayendo sobre mi frente. Si hubiera seguido hablando, te habría escuchado hasta la eternidad, sin interrumpirte. Todo lo que dijiste sólo había logrado hacerse más líquido que el agua que ya se hacía insoportable. No tenía ánimo de responderte. Me levanté como pude de la bañera y me quedé mirando las gotas que se escurrían sobre mi piel al detener el chorro de la ducha en lo que se me ocurría algo, sabiendo que no despegabas tus ojos de mi figura.

—¿No crees que es mejor no preocuparse de esas cosas? –volviste a preguntarme con una voz distante, a la vez que me alcanzabas la toalla que colgaba de un clavo en la pared.

—Bon, écoute, Blanche –te dije tomando la toalla. Je suis d'accord. Nada importa si todo es falso...

Mi silencio no era sino la prolongación de tu mirada, ambos estábamos atados al vacío. Finalmente, mientras me secaba el cuerpo con la toalla, te dije con una sonrisa:

—Es fácil ponerse de acuerdo cuando se habla de fantasma a fantasma.

Después de eso volvimos a hundirnos en el silencio largo rato, tratando de descifrarnos mutuamente, como queriendo recomenzarlo todo después de haber olvidado que todo era inútil. Cuando salía de la bañera, me tendiste tu mano izquierda, la cual me pareció más desnuda que el resto de tu cuerpo, como si te hubieras desprendido de tu piel para darme la mano y hacerme pensar que tenías razón, que todo había sido una farsa, una broma pesada de la que nadie se había escapado. Sin embargo, aunque nunca te lo dije, tu mano me pareció aquella vez la mano de una muerta, como si toda la calma se te hubiera ido a los dedos. No estaba en condiciones de decirte nada. La duda permanecía sentada en mi frente haciéndome señales de humo. ¿A quién culpar por lo del hospital y la operación? ¿A quién mentir nuevamente diciendo que todo había sido pura imaginación, invención mía y nada más? Prefería dejar que todo se sucediera, que fueras tú quien me secara la espalda y me llevaras de vuelta a la habitación, en donde, de seguro, la cama nos esperaba para arrojarnos hacia otra mentira.





(de Historias que no cuentan, 2003)