El problema no era realmente caminar, ganar la acera ente tantos jóvenes y niñitas bien que llenaban la salida del cine. La causa de su inquietud estaba en otra parte, quizás por no haber prestado suficiente atención a la película y haber salido sin entender un pito de lo que se trataba, o quizás porque sentía que todo había sido una aburrida pérdida de tiempo, noventa minutos echados al basurero. De todas maneras tenía que caminar, escurrirse entre tanto pelo rizado o desrizado y tanto Chanel y Jean Patou, sin comprender claramente por qué ni de qué manera, alejarse simplemente hasta llegar a la otra acera y entonces respirar aliviado.
Había estado casi dos horas ante aquel filme inexplicablemente lento y engorroso hasta el sueño; ahora todo parecía nuevamente ajustado al ritmo normal de la realidad, pero empañado por esa sensación de vacuidad que le llegaba a las piernas mientras avanzaba, aquella ligera noción de ausencia que lo desconcertaba. Se mesaba la barba y trataba de relajarse ajustándose el suéter. Ahora caminaba solo, el resto del grupo se había dispersado apenas llegó a la calle. Algo exterior a él lo llevaba de manos por aquella larga y opaca ruta sin que se decidiera a tomar el taxi de inmediato, pensando cualquier cosa, a lo mejor diciéndose que caminar le haría despejar sus confusiones, lo calmaría…
Pero estaba nervioso sin saber por qué motivo, quizás pensando en las pocas escenas cuyo sentido había podido captar, en medio de las risitas y la necia tos de los vecinos de butaca. Por el momento, sin embargo, el nerviosismo le impedía darse cuenta de que, poco a poco, iba creciendo en él la sensación de que estaba siendo seguido. Sin saber por qué, apresuraba los pasos y miraba con disimulo, silbando cualquier cosa, hacia atrás, en donde sólo había un perro que se esforzaba inútilmente por volcar un enorme contenedor de basura.
Quizás creyó más conveniente cortar el paso por la calle Danae y subir hasta la avenida Bolívar, aunque tuviera que caminar más, únicamente porque aquella calle tenía postes de luz a cada lado y ya la noche le había ganado el terreno. Sin embargo, no pudo evitar volver a mirar de reojo hacia atrás antes de doblar la esquina, a lo que quizás contribuyó su nerviosismo. Tuvo que ser entonces cuando descubrió aquel tipo alto y deformado por sus propios músculos que acababa de cruzar la acera opuesta y caminaba ya por la calle en dirección perpendicular a la de él, mirándolo al tiempo que caminaba.
Seguramente trató de tranquilizarse, pues era completamente cobarde. Sólo pocas veces en su vida había sentido realmente miedo, o terror, como le llaman. De manera que es probable que haya tratado de calmarse sosegando la respiración, y tronando las articulaciones de sus dedos, pues lo hacía muy fuerte y eso le hacía sentir una cierta seguridad, una especie de fortaleza imaginaria, recuerdo de sus días de entrenamiento como boxeador juvenil. Pero los pasos a su espalda sonaban más fuertes que sus dedos, como si el que venía detrás de él pateara el suelo en lugar de caminar simplemente.
No pudo ocultarse por más tiempo que estaba intranquilo; pensó nuevamente en aquella película idiota que había arruinado su tarde, aquellos tipos grandotes y con metralletas que más bien parecían autómatas por lo feos y por lo rudos. Sabía, o quería obligarse a saber, que todo aquello carecía de sentido, que no había razón para temer nada, que estaba seguro, pues no solían ocurrir asaltos en aquella zona de la ciudad, y que, después de todo, aun en el caso de una hipotética agresión, nada malo podría pasarle. Todo eso debió pensarlo, atropellando una idea contra otra en su mente, antes de que pudiera encontrarle una explicación lógica al hecho de que doblara por aquella estrecha y oscura callecita en lugar de continuar caminando por la calle Danae, como había previsto. Al parecer, le daba más importancia a aquellos pasos que tronaban detrás de él que a la llegada a su casa, en donde lo esperaba, probablemente, el diario de aquella tarde sobre la mesa, otra idiota película de cowboys en la televisión, o quizás algún gato llamado Sebastián o William Shakespeare…
Aquellos pasos lo estaban alejando de la tranquilidad que había programado para después del cine. Aquellas pisadas lo acorralaban, casi sin saberlo, en una calleja oscura y sucia, con improvisados recipientes de basura desbordados en ambas aceras. No sabía a qué atenerse, la noche había cerrado su puño negro sobre la ciudad y ni siquiera había podido ganar la avenida Bolívar, donde con un simple silbido habría puesto un taxi entre él y la figura que lo seguía.
Volvió a pensar en aquella estupidez del cine, y, casi a pesar suyo, se sintió arrepentido de haber gastado aquellos cincuenta pesos en una porquería como aquélla a la que había asistido tan ingenuamente. Ni siquiera la escena en la que el tipo gordo molía a trompadas al flacucho que le debía los diez mil dólares al boss había sido, cuando menos, emocionante. Sólo alguien como él podía tragarse la píldora que la promoción del filme había dorado tan eficazmente.
Pero ahora tenía otro cargo clavándosele en la conciencia con cada una de las pisadas que lo seguían. Uno nunca sabe hasta qué punto se puede confiar en los puños, sobre todo cuando hay navajas o revólveres en el asunto… Sin detener su marcha sudorosa, se volvió nuevamente en dirección del caminante que seguía mirándolo fijamente a su vez, haciéndolo apresurar como por instinto el ya de suyo rápido ritmo de sus pasos.
La calleja era cada vez más angosta. Había caminado imbécilmente casi tres cuadras, cuando tan sólo le faltaban dos para llegar a la avenida Bolívar. Decidió que ya era hora de retomar su rumbo y, dudando, abandonó la acera y se dispuso a cruzar. Caminó ágilmente los cuatro pasos de la calle y subió al otro lado, casi satisfecho de sentir las pisadas del otro caminando aún al mismo compás de antes. Sin embargo, un hidrante inservible que alimentaba a borbotones un enorme charco de agua vino a cambiar su suerte. El otro tipo cambió su rumbo y se le acercó cuando ya casi estaba rayando el umbral del pánico. Ambos caminaban ahora a paso de lobo hambriento. Sentía que sus pasos se derretían sobre la acera llena de baches e imperfecciones. La esquina se les adelantó a recibirlos cuando caminaban prácticamente el uno al lado del otro. Trató de pensar que no había motivos para alarmarse, que sólo se trataba de una coincidencia más, pero ni siquiera como último recurso lo sirvió este esfuerzo. Como un felino, el de atrás dio un salto y lo empujó a la oscuridad de los deteriorados muros de un viejo edificio, donde, casi por instinto, vio venir la mano, el garrote, el puñal que se estrellaría contra él y lo devolvería al cine, a su butaca, a los ruidos que hacía la parejita de al lado cuando, casados de besarse, se disputaban las últimas rositas de maíz o el último sorbo de refresco, mientras algo incomprensible como el miedo llenaba de golpes y gritos la pantalla.
|