chito
floreo
biografía
 
 
 
Floreo


La casa era cada vez más hostil. Todo cuanto hacía estaba mal y ni siquiera se le criticaba con un lenguaje que pudiera entender. No sabiendo como corregirse tiró a las calles. De noche le cerraban la puerta y tenía que dormir a la intemperie porque si se colaba para descansar en algún rincón se le echaba a puntapiés, y con palabras que debían tener un significado terrible, pero el hambre, siempre el hambre y un no explicado sentimiento le obligaban al regreso. Volvía después de las comidas. Entonces, entre atisbos y sobresaltos, comía, en total, nada: los desperdicios, lo que sobraba, lo que nadie quería de unos pucheros miserables, a base de salazones y de azúcares.

Luego, otra vez a la calle. A huir, sin tiempo para beber en las regolas que cruzan el poblado. Aún el agua tenía que beberla a prisa, como si fuera un robo, lejos de donde las mujeres lavan la mugre del fuerte-azul, los refajos sudados y los pañales de las paridas y los recién nacidos. Lejos de donde llenan las potizas y las alcaparras de uso familiar, lejos de todo y de todos, hasta de los muchachos barrigudos y enclenques que en la sequedad del paisaje jugaban con los caños a los ríos crecidos y a los barcos de vela naufragando.

Suyo, en libertad de posesión a medias, sólo tenía el monte. Muchas veces se internó en los roñosos guazabarales para buscar un poco de sombra o un camino que lo sacara de aquel sitio. Pero ya sabía que tendría que esperar mucho para salir de Pedernales. De un lado estaba el mar sonoramente rugidor, rompiéndose siempre en la pluralidad de las olas bravas, que se amansaba n luego, hechas espumas y piedras de colores. Por otra parte la frontera amalgamada de casuchas pajizas y edificios de presuntuosa jerarquía oficial, voces que hablaban aquel lenguaje odioso con que le echaban de la casa cuando quería dormir o robarse un bocado.

Sólo había un camino y lo había emprendido muchas veces, para volver siempre cansado de no hallar ni casas ni personas ni término posible.

Se iba poniendo flaco. Los ojos antes brillantes, se adormilaban en la opacidad de las pupilas que nunca alumbraron una sola alegría o la humedad del llanto.

La esbeltez de su raza se reabsorbía en la osamenta de su esqueleto casi desnudo, a flor de piel. Su misma agilidad lo abandonó. Lo supo una noche que un grupo de perros sucios y canijos, dejaron de seguir a una perrita renca y preñada para volverse contra él.

Como siempre, le gruñeron con malsana intensión. Luego uno se acercó con el respeto humildoso de los perros realengos ante la gente que se baña y viste ropa limpia. Rasando el suelo, dio una vuelta a su alrededor, lo olió, torció el cuello hacia los otros y todos a una se le abalanzaron. El colmillo de uno de esos canes, con sarna y pelumbrosos lo había herido. Tuvo miedo y huyó. Detrás corría la jauría hambrienta ladrándole. Con furia, tenaces, insistentes.

El edificio de la fortaleza estaba cerca. Ahí podría refugiarse, pero la voz de un centinela voceó amenazante:

—Otra vez esos malditos perros, cualquiera le pega un tiro al primero que se acerque.

Cambió de dirección, y siguió corriendo, corriendo con sus últimas fuerzas hasta dejar atrás el camino en donde nunca había encontrado ni techo, ni personas ni término posible.

Lejos, quizás más allá de la frontera, se oían los tambores de una fiesta de luá, y en el poblado los ladridos que anunciaban las lascivas correrías de los perros bajo la luna sencialla y alta del cielo verdeazul que mira a Pedernales.

Y se hizo un vagabundo del monte y los caminos por culpa de las miradas torvas que le negaban un mendrugo, y los perros ociosos que odiaban su limpieza y su raza.

Después de todo, ¿qué? El no era más que un perro, pero un perro distinto, diferente de los que se resignaban a ser menos que perros y vivir como ciertos hombres, peleándose entre sí, sin caminos, ni sueños, ni horizontes. Él era Floreo.

Desde muy lejos había llegado a Pedernales. Lo llevó el amo para su compañía. Por entonces su único pesar era la añoranza infeliz de la casa lejana, y el patio bien guardado. Lo demás no le importaba. El tiempo lo adaptaba a este vivir que miraba pasar desde la puerta de su señor ocupado en números y planos.

Ya casi ni quería el regreso: era holgada la vida sin que guardar ni nadie que robara, sin más verjas que el lindero del campo abierto a cielo, sol y montes.

Y así los días y las noches, menos aquella en que cambió su vida. Si lo hubiera tenido que referir, borrosamente habría recordado como se le acercó aquel hombre. Debía ser un maestro del gateo y el salto. Tanto sigilo hubo en su modo de acercarse, que Floreo no supo ni gruñir ni menear el rabo. Quizás todavía lo estaría pensando si no le hubiera puesto sobre el mismo hocico un envoltorio de inevitable tentación. Era carne y comió.

Ni los perros ni muchos hombres pueden advertir detrás de cual placer está el doblar de su destino. Así, Floreo no pudo reaccionar al efecto del regalo apetitoso. No dependió de él la docilidad que lo embargó. Al reclamo, un tanto cariñoso del hombre que le ofreció la cena inesperada, correspondió obediente, y lo siguió hasta no supo donde. Luego sobrevino el letargo.

Cuando despertó estaba tirado en un cuartucho miserable, quizás en un campamento de cazadores o ladrones en la mitad del monte.

Fue al querer salir cuando comprendió que en su cuello había una soga, la misma que no le quitaban sino en las horas del nuevo entrenamiento. Era sencillo, pero extraño a sus costumbres. Para complacer al nuevo amo le habría bastado imitar a los otros perros; descubrir el pasto de los rebaños y echarlos poco a poco a los lugares de apresamiento fácil. El que había sido educado para guardar, ahora tenía que aprender a robar.

Mucho se prolongaron los días de enseñanza sin que Floreo supiera matar la presa mansa y no aprendió a robar. Por eso lo dejaron libre, por inútil. Y volvió a la casa que se le hizo hostil porque ya el amo de los planos y los números no estaba en Pedernales. Ya era en todas partes el intruso. El dolido, el paciente que va y viene sin destino.

Un día uno le gritó:

—Zombi, Zombi.

Y ese no era su nombre. Cuánto hubiera agradecido que dijeran: ¡Floreo! Pero nada. Nada ni nadie a quien brindarle un poco de gratitud, ni siquiera el derecho de manifestarle a alguien la fidelidad en los seres de su raza. Por eso era ahora un perro cimarrón bajo la ley del monte.

A veces, el deseo de otro perro o de una voz amiga venía a su recuerdo, como a los hombres llega la nostalgia del país natal no visto desde niño, sobre todo cuando el calor arreciaba, era poco el agua o difícil la caza, como en aquella noche en que todavía las piedras quemaban como el sol que ardió sin tregua durante todo el día.

Desde su cuerva oía el rastrear de las iguanas y el seseo de las culebras mudándose a otros sitios en busca de comida o de rocío.

Cayendo la madrugada hubo un momento de humedad. Fue un bostezo de Dios, dando su aliento para que el cacto siguiera verdeando y las bayahondas cuajaran las yemas de sus flores moradas. Después, todo volvió a ser un horno cociendo piedras y tostando espinas, un paisaje sin cambio que se animó de pronto por un rumor extraño. Las orejas y el instinto oyeron. Había presencia de chivos, olor de hombres y de perros. Era un borrego de buena carne perseguido de cerca por una traílla de monteo.

Floreo saltó de su escondrijo y tomó la delantera a la jauría de la persecución.

Esquivando el testuz del animalejo, escurriéndose allá y mordiendo aquí, logró desjarretarlo, luego de una dentellada al cuello. Y ahí estaba el borrego casi motón aún. Los perros y los hombres en la presa miraban la propiedad ajena. Y surgieron comentarios.

—Un perro cimarrón nos roba la comida.

—Quitémosle el chivo.

—Sí, pero hay que matar el perro.

—Esto es lo que hay que hacer –dijo uno que tenía una escopeta.

Y no hubo necesidad de dispararle. Floreo conocía esta voz y este hombre. Meneó el rabo, le brilló la alegría, era el hombre de la cena.

Al verlo manso la gente reanudó el comentario.

—Mira, ese perro es de alguno que anda monteando por aquí.

—Bueno, ¿y qué? Espanta el perro y llevémonos el chivo. Lo demás ¿qué importa?

Lo echaron hasta los matorrales. Desde ahí miró desollar el animal y tirarle las vísceras a la jauría hambrienta. Cuando quiso acercarse para comer también lo espantaron de nuevo amenazándolo con piedras y con palos. Pronto estuvo el animal descuartizado y metido en un saco, lo mismo que la piel. Al marcharse sólo dejaron la cabeza mondada por los perros hasta dejar la osamenta inútil aún para otro perro. Sólo eso quedó, y el estiércol que regaron al pelearse por las tripas y la panza repleta. Eso y un rastro de sangre sobre la grama seca.

Floreo lamió la yerba y la tierra hasta la última gota de coágulo. Mordisqueó la cabeza y la dejó desesperado. Tenía hambre y sed. De haber sido un hombre habría llorado como lloran los hombres, pero él era un perro…

Quizás lloró mientras, gacha la cabeza, husmeó de nuevo tras el rastro de los hombres que se fueron.

El calor seguía subiendo. Negras nubes se arremolinaban y un viento de polvo y hojas secas volaba por el inhóspito paisaje. Floreo caminaba arrastrando la lengua. De pronto comenzó a lloviznar, una harina de agua se tornó aguacero. Un chubasco de prisa, como algo que se da a disgusto, parte de alguna nube rompiendo el cielo antes azul y limpio. Y siguió el chaparrón tirado de limosna a la sequedad del bucaral y los cambrones. No pudo más. El agua limpiaba todo rastro y la sed lo mareaba. Quería hartarse con los ojos cerrados en algún hoyo hasta oír su propio estómago desplazando gases. Luego vendría el sol. La vida del bucaral y la bayahonda.

De las cuevas salían las iguanas con sierras dorsales listas a trozar una presa para el día, y las culebras tentaban el ambiente con sus bífidas lenguas azuladas.

Pronto el sol evaporaría el agua. Se detuvo, y al inclinarse a un pozo, retrocedió espantado. En el fondo del agua estaba la imagen de otro perro, su propia imagen, el mismo Floreo transformado, astroso, sin lana, vuelto un perro cualquiera. Ya no era Floreo, el perro de salón que comía helados, dormía en una perrera con abrigo y jugaba en las alfombras con los niños, era un perro cualquiera, desgarbado como los perros que corren tras las perritas rencas y pulgosas en las noches que platea la luna sencilla, y alta, que mira a Pedernales. Ya. Eso era él… Un perro como todos, un perro cualquiera sin más destino que las rondas nocturnas, un mendrugo tirado o el robo de las turbas furtivas. Se lo decía el agua reflejante, lo gritaba su sed, su soledad, su hambre. Y se convenció de que debía seguir las huellas de aquellos hombres y esos perros.

Iba a beber para seguir el rastro cuando desde una cueva la sierra de una iguana le asaltó amenazante.

También el bicho le negaba la comida y el agua y hubo de defenderse. De entre saltos y embestidas, rumores y gruñidos de fiera salió la iguana muerta. La azulada barriga vuelta al cielo tiñó de sangre el marfil de Floreo. Harto como las bestias buscó otra vez el agua, y se miró de nuevo temblando ante aquel perro que retrataba el pozo. Él no quería ser eso, siempre sería Floreo. Y apretando los músculos de su flácida carne, levantó el hocico, dio un aullido distinto a todos sus aullidos y emprendió una carrera sin dirección entre los matorrales, husmeando en el viento un nuevo Pedernales.



(Floreo, 1978)