En el tejado oscuro el gato se movió con lentitud y miró hacia la ventana donde estaba el hombre fumando el cigarrillo. La ciudad seguía iluminada, llena de ruidos que comenzaban a morirse en la noche calurosa de verano. Un humo pardo y vacío llegaba por el cielo y se desdoblaba sobre los álamos y en los estanques del bosque. El gato se acurrucó en el alero y bostezó. El hombre de la ventana tiró a la calle su cigarrillo y apuró un largo trago de whisky.
Un taxi se detuvo en la esquina y de él descendió una mujer. Era una mujer apresurada y una mujer nerviosa y tenía, además, la ecuación del miedo en los ojos azules. Si aquella mujer no hubiera sido la amiga del hombre de la ventana, su figura se hubiese quedado tranquilamente en la calle o su taconeo, que ya avanzaba hacia el zaguán, hubiera seguido en la sombra, hasta perderse a la vuelta de la esquina.
La mujer apresurada se entró por la puerta y tomó el ascensor. Alguien escuchaba, detrás de una pared, un disco gastado de Bach. Y alguien más, en otro lugar de la casa, se reía con una risa galopante, como el tableteo de una ametralladora.
Al cuarto llegó primero su perfume, que el hombre agarró en la nariz y lo guardó en el pecho. En seguida estuvo su cuerpo, un cuerpo mordido de deseos y tembloroso, con el temblor de una tierra movediza.
—¡Amado mío!
—¡Idolatrada!
Los amantes no eran originales y cambiaron en un abrazo su ausencia de palabras. El gato permanecía en el alero. El gato presentía que su enemigo el perro no estaba muy lejos y todo lo relativo al perro tenía suma gravedad. Los amantes se asomaron a la ventana, tomados de las manos. Era una situación a la que el gato estaba absolutamente acostumbrado.
La música de Bach era ahora música de Beethoven y la risa de ametralladora fue una blasfemia incontenible que trepidó en el alero donde se acurrucaba el gato. La ciudad comenzaba a apagarse, con bastante sueño. El humo pardo y vacío se tornaba negro, pero eso era porque la ciudad perdía sus luces y no porque el humo hubiese dejado de ser pardo.
Los amantes decidieron besarse. Comenzaron con un beso tímido que se desfloró a flor de labios, un beso tranquilo como el agua de los estanques del bosque. La mujer no gustó del beso tranquilo y se sonrió. El hombre comprendió aquella sonrisa y cambió el beso tranquilo por un beso fuerte y húmedo.
Duró mucho aquel beso, tanto que los amantes tuvieron tiempo de pensar y aun de recordar. Los pensamientos fueron bastante comunes, los recuerdos bastante cursis, pero los amantes no conocían nada mejor. El hombre estuvo convencido de que al fin lograría la posesión de aquella mujer hermosísima. La mujer achacó a la curiosidad el encontrarse allí y en aquella situación de desprendimiento. Era suficiente.
Cuando se conocieron, en una fiesta olvidada ya, el hombre tuvo para ella frases galantes que producían cosquillas. Ella había mirado a su esposo y el esposo conversaba con otra mujer, muchísimo menos elegante que ella. Por eso la mujer había decidido escuchar las frases galantes.
Días después se encontraron a la salida de un cinema. Tomaron té en un salón muy chic y allí él repitió las frases galantes, mientras tomaba una y otra vez sus manos, que se resistían. Prefirió no decir nada al esposo, porque no hubiese comprendido que tomar las manos no es cosa importante.
Continuaron los encuentros y el hombre arreciaba las palabras y hasta llegó a pronunciarlas muy quedamente, como gotas de agua en la misma orilla de sus oídos atentos. Eran palabras, indudablemente, que ella no había escuchado en los labios de su marido. A pesar de que ella se sentía gozosa como una gatita cuando, en las noches, su marido la besaba con rabia y la hacía dormir agotada.
Después el hombre de mundo la llevó a su departamento y oyeron ambos música romántica, música apropiada para sorber menta y fumar cigarrillos rubios, llenos de humo que subía voluptuosamente hasta el techo y se quedaba tranquilo, como una nube haciendo la siesta. Era la de ellos una amistad de gente complicada, o de gente aburrida, y la mujer comenzó a gozar con aquellos encuentros inocentes. Además en el matrimonio no había tiempo para pasar las tardes con el marido bebiendo menta y fumando cigarrillos rubios. El marido, al menos el suyo, sólo hablaba de negocios y ella, para desquitarse, sólo hablaba de sus hijitos, que eran hijitos de los dos.
La mujer empezó a temblar. Era un temblor muy raro y las rodillas quedaron flojas y en las mejillas se prendió un color de rosa que casi era el sangrante de una puesta de sol. A ella le pareció que era la puesta de un sol de vera, porque el aliento del hombre salía caliente y pesado, como en una garganta que no ha bebido agua en muchos días.
—¡Déjame! –dijo la mujer, arreglándose el desaliño del vestido y yendo a sentarse al sofá.
—¡No! –contestó él, mientras pensaba que aquello era muy aburrido. La entrega no podía demorarse una noche más. Para el hombre la virtud era una prenda incómoda y aquella mujer la había usado.
Los besos fueron esta vez más largos y húmedos. Y el abrazo se extendió sobre los dos, arropándoles en una mortaja que no dejaba pasar los ruidos de la ciudad, la música de Beethoven, la risa convertida en blasfemia y el maullar de gato en acecho.
La luz de la venta del cuarto donde el hombre había fumado cigarrillos se apagó y una brisa refrescante movió las cortinas. La mujer cerró los ojos, no obstante haberse apagado la luz. Así, nadie la vio desnuda, arqueada e impúdica, sofocada como una bestiezuela. El hombre la cubrió con sus caricias y ambos corrieron por una selva en llamas, en mitad de las explosiones de un volcán.
El hombre volvió primero, porque había perdido el interés unos minutos atrás. La mujer se vio vestida nuevamente, tan cansada que le dolían los párpados, aún estando los párpados humedecidos por una que otra lágrima. Pero como eran lágrimas de la casualidad, el hombre creyó oportuno ofrecerle un coñac, para aquel hombre, era la bebida apropiada en todos los finales.
—¡Déjame! –repitió ella. Y el no la escuchó, porque era una palabra gastada en su departamento de mundano.
Sobre la ciudad la noche envejecía con ruidos muertos sobre los hombres y las mujeres y los niños y unos pocos viejos. Y algunos amantes, como los vecinos del gano, que todavía esperaba la aparición del perro, su enemigo.
—No volveremos a vernos –sentenció la mujer, dibujando el rouge en su carita inocente.
El hombre no esperó respuesta, porque de memoria sabía que todas las mujeres regresaban, que la caída es una sola, y sin embargo, tuvo un escalofrío y remiró a su amante. Ella estaba en la puerta, observándole fría e imperturbablemente.
—¿Qué te sucede? –le preguntó.
Ella siguió en silencio. Del alero del tejado brotó un maullido desconsolador y se pudo ver al gato huyendo por entre las chimeneas, rumbo al abismo.
—¿Qué te sucede? –repitió el hombre.
La mujer se levantó y se dirigió hacia la puerta. Allí se detuvo, se volvió hacia él y dijo, antes de salir:
—No valía la pena. ¡Prefiero a mi marido!
El hombre no contestó. Regresó al balcón y encendió un cigarrillo. Desde allí vio al taxi doblando la esquina. Y vio también el gato, que volvía del abismo y se disponía a dormir, acurrucado en el alero, como una cuchara de sombra en el festín de la noche. El hombre bostezó.
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