Era mayo. Un intenso olor a jazmines había entrado por el río y el pueblo, podrido de casuchas destartaladas y de mierda, se había estremecido. Las mujeres decían que algo grande había pasado y muchas comenzaron a llorar sin saber por qué, pero con un dolor tan profundo que parecía que alguien muy cercano se les hubiera muerto.
Tullío jugaba dominó tranquilamente y apenas volteó la cara al sentir los sollozos y los gritos. Esas mujeres aspavientosas siempre hacían un molote por nada. había estado trabajando toda la semana recogiendo café en la finca de los Medrano, pero hoy era domingo y estaba descansando. ¡Coño, hasta los perros descansan!, y cogió su viejo juego de dominó para ir a sentarse al patio lleno de moscas y basura a jugar con los tígueres del barrio.
Su mujer se había largado a visitar a la familia desde por la mañana y él había asado unos arenques con plátano que le supieron buenos, más porque los tuvo que hacer él mismo que por otra cosa. Juana había ido a buscar a la niña que tenía cinco días allá arriba con los viejos. A él no le gustaba que Julita se fuera por tanto tiempo donde sus abuelos; era su única hija y cuando ella no estaba, la casa dejaba de ser alegre. Sólo tenía seis años, pero era muy despierta. Ya iba a la escuela y cuando regresaba le cogía con querer ayudar a Juana en el trabajo de la casa. Todo el mundo decía que tuvieron suerte con la muchachita que además, era muy bonita. Después de todo, con algo tenía Dios que premiar a uno, porque después de ella, Juana ya no pudo tener más hijos.
La gritadera en el pueblo seguía creciendo. ¡Qué joder! Vio que Luisito movía la cabeza con curiosidad mirando hacia la puerta de la casa, él también se volteó con esa cachaza que lo caracterizaba y no vio a nadie, así que miró a su sobrino y le dijo –O te concentras en el juego o dejamos esta vaina-. Y siguió jugando, impasible.
Su verdadero nombre era Ifigenio Encarnación de la Cruz Frías, pero todos le decían Tullío, aunque gracias a Dios podía mover todo el cuerpo sin ningún problema. El sobrenombre se lo puso don Eligio, que Dios lo tenga en gloria, cuando lo veía de chiquito obedecer sus órdenes sin apresuramientos, pero con una exactitud que dejaba a todo el mundo asombrado. Era famoso por su calma y por su sangre fría. De jovencito se había enganchado a la Policía y cogió fama de guapo cuando se fue solo una noche sin luna a buscar a la banda Caribitos, cuatro hermanos que azotaban la zona norte de la región. Se sentó junto a una mata de lechosa que tenía un espantapájaros tan feo, que nadie se acercaba por allí después que baja el sol. Tullío lo sabía, así que ahí esperó hasta la medianoche y se dirigió a la cueva donde le habían dicho que los Caribitos dormían. Llegó que ni las hormigas lo sintieron, y sin pensarlo ni un segundo les dio un tiro en la frente a los cuatro bandidos que dormían borrachos sobre unas esterillas negras y malolientes. Después hizo una fogata con algunos palos que había cerca para que los perros no se acercaran a los cadáveres y se fue tranquilamente a la comisaría a decir que los Caribitos ya no iban a joder más, que estaban bien muertos en la cueva de Felipina.
A raíz de eso lo ascendieron a cabo, pero lo mandaron como tráfico a hacer puesto a la entrada de la carretera que viene de la Capital y eso no le gustó nada. Había que aguantar mucho sol y comer mucho polvo; además, los policías de tráfico estaban muy desacreditados como picoteadotes y nadie iba a creer que él no era igual. Tampoco le gustó que el día en que lo ascendieron, un 4 de mayo que nunca olvida, la mamá de los Caribitos lo esperó a la salida del cuartel y le dijo bajito –Asesino, asesino, asesino, asesino. Tú no mueres tranquilo-. Por eso aprovechó cuando su papá se murió y pidió su baja con la excusa de que él tenía que ir a ayudar a su vieja con la siembra.
Total, a los seis meses la vieja siguió al viejo, la siembra se perdió con las lluvias de mayo que pudrió la yuquita que ya estaba creciendo y Tullío se tuvo que alquilar a recoger café por día para poder vivir. Es verdad que su mujer cosía y a las tres de la tarde hacía unas cocadas que los muchachos del pueblo le pagaban a medio peso, pero vivían apretados. Por eso Juana mandó a Julita donde los abuelos desde la semana pasada, porque tenía que entregar una costura y de esa manera le rendía más el tiempo.
El papá y la mamá de Juana vivían en la loma, pero era dueños de su tierra y de su casa, sembraban café y el precio había subido, así que estaban en mejor situación que ellos, aunque al rancho no llegara la luz y tuvieran que cargar el agua de un río que quedaba lejos. El mes pasado habían construido un pozo y allí almacenaban el agua; eso les había alivianado un poco la incomodidad.
El rancho era grande. La cocina en una enramada a la entrada, con su fogón y sus gatos durmiendo en la ceniza. La casa sobre estacas, con tres dormitorios amplios, todos con su ventana: uno para los viejos, otro para las hembras y otro para los varones; un barracón para guardar lo cosechado; una explanada para secar el café y allá al fondo, la letrina. El pozo quedaba entre la casa y el almacén, y cuando llovía lo destapaban para aprovechar el agua lluvia.
Era 4 de mayo. Desde hacía tres días no había parado de llover y las casas y las gentes se llenaban de un calor pegajoso con montones de mosquitos que ponían a todos de mal humor. A las cuatro de la tarde parecía de noche. Un golpe seco abrió la puerta de la casa y Tullío siguió mirando las cuatro fichas de dominó que le quedaban, sin sospechar que su mala suerte acababa de entrar. Oyó que lo llamaban por su nombre. El olor a flores le golpeó la cara y un escalofrío lo recorrió como un fuetazo. Con las cejas fruncidas volteó la silla despaciosamente como era su costumbre y vio a la altura de la puerta del patio a Ramón, su cuñado, con los ojos hinchados y rojos, tambaleándose como un borracho, que le dijo desde lejos. –Está muerta. Julita está muerta. Fue a buscar agua y se cayó en el pozo. Ya la vienen bajando por el río.
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