Se estaban matando por dinero. Manuel Madera y Hermenegildo Cuevas eran hijos de una sola madre y hombres diferentes, los únicos dos hijos que había dejado Tomasina Arcadio después de una larga historia de soledad. Pertenecía a una de las mejores familias del pueblo, pero a los cuarentidós años se decidió a tener marido aunque fuera por debajo de la puerta, porque si no, el día en se muriera le iban a echar los burros en la puerta de San Pedro.
La familia lo cogió a chiste y en el fondo le dio gracias a Dios, porque ese hombre que un día pasó por el pueblo de Vengan a Ver le hizo el favor a Tomasina de preñarla, de hacerle esa operación, porque no es todo el mundo que se faja con una virgen vieja, no sólo por el trabajo que da, sino también porque Tomasina era hija del difunto General Arcadio, y sus hermanos, que eran siete, todavía guardaban los trabucos y la pólvora mocata de los alzamientos gavilleros en los que el General con apenas treintitrés años, doce hijos de matrimonio y más de cincuenta regados por la calle, había perdido la pierna izquierda y se pasó los ocho años de vida restantes botando dinero y cogiendo mujeres, hasta que un día lo mató en la puerta de su casa una campesina a la que había violado en la toma de Coralillo, y que a los nueve meses parió mellizos idénticos al General, pero que éste nunca reconoció, porque decía que los hijos de guerra no eran hijos, eran aportes a la patria.
Con Petronila Enedí se había casado a la fuerza cuando ella tenía dieciséis y el veintiuno. Se la confiaron para que la cuidara en una gira a la playa y aprovechando que se alejara el grupo, ni corto ni perezoso la había pasado por las armas, mientras ella se resistía y le rompía la camisa y hasta los pantalones. Petronila era nieta de un haitiano rico que había pasado para este lado y se había hecho de tierras y ganado. La muchachita era grifa, de ojos alagarteados y pelo ensortijado, casi rubio, gordita y limpia, asistía a la escuela y ya sabía leer y escribir. Ese día, cuando llegó a su casa con el traje de listas azules manchado de sangre, Rafael Enedí salió con ella de vuelta sin darle oportunidad de enjuagarse la falda acartonada hasta que encontró a Rafael Arcadio borracho en una cantina de cueros, entró con su Manchester y se lo rastrilló en el pecho diciéndole “Arcadio, tú la jodiste, tú la mantienes. Y el día que pase hambre te mato como a un perro”.
Quizás por eso el lindoro del pueblo se tuvo que fajar a trabajar. Trajo goletas de la Capital repletas de arenque y bacalao, aceite verde y mantequilla danesa con una vaquita pintada sobre las latas doradas; trajo máquinas de coser Singer y colchonetas a prueba de sudor, platos y cucharas relucientes, calderos de todos los tamaños, fósforos, zapatos para hombres, mujeres y niños, y unas frazadas azules que apenas llegaban no quedaba ninguna, porque Arcadio decía que era mejor vender barato que tener la mercancía almacenada y así, pronto se convirtió en uno de los hombres más ricos del pueblo.
Por eso, cuando en 1916 llegaron los americanos a cogérselo todo, Arcadio se alzó con los grupos gavilleros, más por defender su negocio que por verdadero amor patrio, pero como era valiente y sanguinario, su fama se extendió por el país, tanto, que cuentan que al igual que El Cid, después que Mariita lo mató, los braceros del incipiente ingenio lo veían pasar las noches de luna llena sobre su caballo Lucero, con todo y pata menos, pero montando como un macho, con la blusa abierta para que el aire le refrescara el pecho que se le quemaba de tanto valor.
Hasta el General Arcadio estuvo de acuerdo en que Felipito Madera le hiciera el favor a Tomasina, porque después que el vendedor de productos médicos se fue del pueblo sin dejar promesas de ninguna clase y acongojado, sabiendo que había desvirgado a una vieja que ni siquiera le gustaba, pero que él sabía que era una mujer decente, el retrato del General, al que nunca le faltaba su velón prendido y en el que aparecía con la mano encima del muñón como diciendo que después de haber perdido la pierna era más hombre, comenzó a sonreír de vez en cuando, cosa que no había hecho ni aún en vida. Así, que hasta los siete hermanos y las cuatro hermanas de Petronila, supieron que el General, conocedor de la vida y de las urgencias de hombres y mujeres, que siempre había dicho que las hembras nacen para parir, le estaba agradeciendo el favor a Felipito Madera; y más que éste, cuando supo que Tomasina a los cuarentidos años de edad, había parido un varón sano y fuerte, de doce libras e igualito a él, regresó al pueblo y lo reconoció, pues, aunque no tenía nada que darle ni que dejarle, ésa era la única garantía de que luego no hubiera cruces sanguíneos entre hermanos que no sabían que lo eran. El mundo daba muchas vueltas y probablemente en el futuro se casaría y tendría hijas, así que más por ellas que por él, Felipito bautizó a su primogénito como Manuel Madera, nombre que siempre le había gustado, y que en vista de que él no se podía rebautizar, le adjudicó al muchacho.
Cuando el niño tuvo cinco años y casi a los 47, Tomasina parió otro varón de Hermenegildo Cuevas, un campesino de 40 que se veía más viejo que ella por los estragos de la necesidad, pero con la virilidad intacta. Había ido donde Tomasina a sembrarle unas matas y en el fondo del patio frondoso y estrecho, ella se estremeció ante el brillo de los ojos del hombre, inquieto por el perfume a jazmín de la señora todavía entera. A la semana, el cuarto de costura de Tomasina se cerraba después de comida con orden de no molestar y las paredes se tambaleaban cuando ellos hacían el amor de manera desesperada, él hambriento de esa carne suave y blanca; ella, con goce de mujer caliente, que por primera vez se encontraba satisfecha.
Hermenegildo y Tomasina se casaron; el pueblo rugió, no por la barriga de casi cinco meses, sino porque una rica se casaba con un pobre. Ante los comentarios, Tomasina sonreía como una santa, saboreando de antemano el placer inmancable que su hombre le proporcionaba. Efectivamente, no había noche en que Hermenegildo no se le encaramara o la pusiera de lado para estar más cómodos y cumplir con su deber marital. Así estuvieron veintiún años sin cansarse el uno del otro y el día en que Hermenegildo se quedó muerto en medio de un sueño placentero, Tomasina lloraba en el velorio diciendo que, aunque él no estaba enfermo, ella sabía que esa noche se iba a morir, porque por primera vez no le hizo el amor.
Además de sexo, Hermenegildo había aportado al matrimonio una pericia increíble para los negocios. Organizó y agrandó la finca de café. Catalogó y cruzó debidamente las cabezas de ganado, de las que Tomasina sólo se acordaba cuando quería comer carne, y en veintiún años consiguió convertir las tierras de su mujer en una de las fincas más organizadas y productivas de la zona. Ahora que Tomasina había muerto, sus dos hijos no se ponían de acuerdo sobre la repartición de la herencia, porque aunque Manuel Madera era el primogénito, Hermenegildo Cuevas aducía que la fortuna que hoy existía la había hecho su padre. Los dos querían las 300 cabezas de ganado, los dos querían la crianza de gallinas, los dos querían la tierra cafetalera de las lomas frías de Maguana, los dos querían los terrenos calientes y pantanosos de la playa, los dos querían la casona en el centro del pueblo, los dos querían las cuentas en pesos y en dólares que Tomasina había abierto para controlar los pagos y porque había que tener un dinerito por si había que irse al extranjero por alguna enfermedad. De las discusiones con gran escándalo, de las que no quedó ni un plato, ni un vaso, ni una taza, ni una silla, ni una mesa sin romper, pasaron a las amenazas, cada uno sacó su revólver del armario y se lo pegó al cuerpo esperando una sorpresa de parte del otro.
El pleito entre los hermanos era la comidilla del pueblo, hasta el cura de la parroquia se acercó a ellos por separado, pero los dos no hicieron más que mandarlo a la mierda. Las esposas, que hasta la muerte de Tomasina se habían tratado como hermanas, lloraban desconsoladas, pues los maridos las obligaban a aparentar un odio que ninguna sentía. Sólo la vieja Matildón se atrevió a decirles: –Miren muchachos del carajo, la gente no se enemista por dinero, que a la larga esos cuartos azaran-. Ninguno se atrevió a responderle porque Matildón, además de increíblemente vieja e inmensamente gorda, era respetada por su práctica de la caridad, por lo que muchos decían que su nombre no se debía a su descomunal humanidad, sino al tamaño de su corazón.
El 29 de mayo de 1952 llegó al pueblo el Dr. Silvestre Joaquín González Recio, jugador empedernido y abogado de profesión. Venía estrenando título y bigote desde la Capital donde no podía ejercer porque tenía varias querellas en su contra. Al segundo día de estar en el pueblo, los dos hermanos lo habían contratado sin que el otro lo supiera, y aunque el Dr. Silvestre Joaquín González Recio sabía que eran partes en conflicto, a cada uno le dijo que sí por separado, exigiendo la firma de un documento mediante el cual ninguno podía divulgar la identidad de su representante legal, hasta que el mismo Dr. González Recio lo autorizara.
Al otro día de firmar los papeles se formó un gran alboroto en el pueblo. Unas viejas que se levantaban antes del amanecer para coger los puestos del primer banco en la misa de las cinco, dijeron que habían visto a Macho Blusa atravesar el parque montado en su caballo y que iba machete al aire con la cara encojonada. El griterío fue tal, que el cura tuvo que echarles un boche y decirles que se callaran, viejas locas, que si no, se iban a quemar en el infierno. ¿Quién había visto que un hombre muerto desde hacía tantos años iba a aparecer en medio del pueblo y menos montando caballo? Con todo, a las dos de la tarde no había quien no supiera la noticia y casi todo el mundo coincidía en que Macho Blusa había regresado de la tumba para darles un escarmiento a sus nietos.
Cuando los comentarios llegaron a Manuel Madera y a Hermenegildo Cuevas, los dos respondieron con las mismas indecencias; los coños volaban por el aire y el abuelo fue mandado a la mierda como setecientas veces. Las gentes los miraban asustadas y sorprendidas pues no era bueno hablar mal de un antepasado y menos si éste estaba muerto, al fin y al cabo los primeros cheles los había ganado él a base de mucho esfuerzo y por lo menos sus nietos debían respetarlo. Lo que no sabían los vecinos era que cada uno de ellos se sentía muy seguro de haber contratado al papaúpa de los abogados de la Capital, y como los dos creían que el otro no sabía, ambos esperaban asestar un golpe sorpresivo al otro, para quedarse con la mayor parte del dinero que su madre había dejado.
Lo primero que hizo el Dr. Silvestre Joaquín González Recio al llegar a Vengan a Ver fue buscarse una mujer, y como no bobo se la buscó joven, sana, limpia y buena cocinera. La vio en el parque vendiendo unas empanadas de catibía por las que la gente se peleaba y observó lo limpio de la canasta, con el cuidado que cogía cada una, cómo se abría el bolsillo del mandil para que le echaran el dinero y ella no tener que ponerle la mano a las monedas. Era de las pocas mujeres blancas que había visto en ese pueblo, un poco gorda, pero apretada; dicen que la habían traído muy pequeña desde Paya, un pueblo formado por inmigrantes canarios y famoso por su dulce de leche, pero sus padres habían muerto durante el ciclón San Zenón y la habían criado unos campesinos del lugar que tenían un puesto de carne en el mercado. Se llamaba Luz Divina y tenía veinticuatro años. Cuando el Dr. González Recio supo que no había tenido marido, la contrató para que le atendiera la casa y después de una semana de trato fino, la esperó cuando llegaba de la misa del domingo con un perfumito de pachulí que había traído de la Capital para espantar el grajo de los haitianos y después de decirle que lo había comprado especialmente para ella, le pidió permiso para untarle una gota detrás de la oreja.
Desde entonces, el Dr. González Recio no tuvo que pagar para que le atendieran la casa, ni la cocina, ni la ropa, ni el gusto, y pudo dedicar toda su inteligencia a planear de qué manera se iba a quedar con el dinero de Manuel Madera y Hermenegildo Cuevas, sin que ellos lo mataran.
Comenzó a poner papeles a su nombre dizque para protegerlos, simuló ventas a terceros, notarizó deudas inexistentes y antes de dos meses, apenas quedaban los papeles de la finca que había iniciado Macho Blusa con dos becerros y tres vacas y que en la época de Hermenegildo Cuevas se había convertido en una estancia, modelo agropecuario de toda la región.
Eran las diez de la mañana del domingo 10 de octubre de 1952, cuando los dos hermanos se enteraron de todo. Había ido cada uno por su lado a la misa de nueve. Para no encontrarse, Manuel Madera entraba por la puerta frontal y Hermenegildo Cuevas por un callejón que había en el patio de la iglesia por donde el cura llegaba apresurado a las nueve y cinco para dar la misa ante las caras impacientes de los fieles que siempre tenían que esperarlo.
Los dos hermanos salían por el frente, pero con el cuidado de esperar a que el otro lo hiciera primero, y así no tener que someterse a los comentarios de entrometidos del pueblo que disimulaban delante de cada uno, dándoles la razón por separado, pero que por detrás los despedazaban llenos de felicidad, porque al fin esos bastardos ricos iban joderse. Aquel domingo la vieja Matildón los esperó apoyada en el bastón que utilizaba para agilizar el movimiento de su humanidad. La noche anterior, Macho Blusa se le había aparecido en sueños y le había encomendado que advirtiera a ese par de imbéciles que el hijo de la gran puta del abogado de la ciudad, los estaba dejando sin nada. Todo el pueblo lo sabía menos ellos, enceguecidos y ensordecidos por la ambición, y ya era hora de que alguien se lo dijera. Así que Matildón se levantó temprano, se puso su traje blanco de promesa y después de averiguar con Luz Divina dónde estaban los títulos de los hijos de Tomasina Arcadio, enfiló para la iglesia sabiendo que allí los encontraría como cada domingo, llenando su cuota de hipocresía ante los demás.
Hermenegildo Cuevas salió primero y no le fue difícil a Matildón retenerlo hasta que vio la cara sorprendida de su hermano, cuando lo encontró esperándolo en la puerta de la iglesia. Con la autoridad que le aportaban sus ochenticuatro años de ejercicio de la caridad y de solucionadora de problemas humanos, Matildón lo paró y Manuel Madera no tuvo más remedio que detenerse. Entonces les dijo mirándolos alternativamente: –Ya lograron lo que querían. Un pendejo de la ciudad les ha quitado todo. Si no, vayan a ver en la primera gaveta del escritorio del licenciado, a nombre de quién están sus títulos-. Los dos hermanos se miraron con estupor, era como si los hubieran abofeteado. En ningún momento dudaron lo que Matildón decía y se fueron juntos y apresurados a la casa del doctor González Recio, pero él ya no estaba allí. Inmediatamente Luz Divina le había dicho de las preguntas de Matildón, el doctor había salido huyendo con los títulos a cobrar el dinero de la venta que había hecho la semana pasada a un español de la Capital.
Los dos hermanos comenzaron a dar gritos desesperados como si fueran becerros destetados. Luego, las imprecaciones y las maldiciones que duraron horas… la noche los encontró sollozando pobres y abrazados, y antes de que amaneciera, por primera vez se habían puesto de acuerdo para algo.
Aquel día se recordará siempre en la historia que pasa de boca en boca y permanece más allá de las generaciones. Cuentan que el cielo se llenó de cenizas y una nube de humo espeso cubrió el pueblo de Vengan a Ver. Nadie podía abrir los ojos y hubo que humedecer trapos con vinagre para poder llegar hasta el mar donde todos amanecieron huyendo del calor y de la asfixia. Todas las tierras fueron quemadas por los hermanos, y el ganado y las gallinas repartidos entre los miserables. De la casona del pueblo apenas quedaron cuatro tocones humeantes y dicen que Matildón llegó a ver justo a la media noche, al mismo Macho Blusa pegarle fuego al lugar donde viviera, pues a los dos nietos no les alcanzó el tiempo. Llevaba un jacho en la mano derecha, mientras agarraba las bridas de su caballo Lucero con la izquierda, y nadie dudó que fuera él, pues el General siempre dijo que antes de entregar lo propio a los foráneos, se le daba candela.
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