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En alta mar


El helicóptero daba vueltas sin atreverse a descender. Ella recordó, mientras sus pulmones se llenaban de agua, que había resuelto escapar de madrugada –igual que todos-, abandonando aquel pueblo costero donde nadie encontraba qué hacer y los días, calurosos y húmedos, únicamente traían un polvo roñoso de caminos abandonados y malas noticias. Por unos minutos regresó mentalmente a su casa para ver a sus hijos correteando en el patio y la cara de resignación de su hermana al enterarse de aquel viaje clandestino a la isla vecina.

Ella fue de los primeros en sospechar lo que ocurría en la vieja lancha pesquera. Olfateó la desgracia en el nerviosismo de los timoneles, en las miradas evasivas y los torpes movimientos de los que dirigían la operación. Cuando empezó la tragedia ella quiso luchar como los otros, pero los hombres eran fuertes y estaban entrenados. Uno le dio un puñetazo y ella cayó al agua, con un pataleo de gallina asustada. Las otras mujeres y los muchachos más jóvenes gritaban, alzaban los brazos tratando vanamente de flotar.

Mientras los náufragos desaparecían para siempre en las aguas del Mar Caribe, el helicóptero de rescate seguía dando vueltas, observando la escena desde lejos, como una gaviota extraviada y perpleja que no se arriesga a pescar en aguas desconocidas.





(de La carne estremecida, 1989)