la tumba de los crisantemos amarillos
La visita del tercer ángel
biografía
La tumba de los crisantemos amarillos


Pequeña y con su vestido negro de tafeta a mitad de muslos, se arrodilló frente a la tumba de su marido, quien años atrás se le muriera encima mientras hacían el amor una tarde de agosto –calurosa sin duda- después de haber remontado en alta mar la tormenta de un amor apasionado; y tan grande fue la angustia al sabérselo náufrago entre sus brazos que juró y perjuró que no, que no podía ser cierto, hasta que ya cansada, hubo de apeárselo, blancuzco y pesado, y limpiarse ese sabor a muerte que los besos habían dejado en su boca.

Demacrada y llorosa, estuvo repitiendo como autómata “Fue un golpe terrible” a los que se acercaron durante meses para darle el pésame.

Pero el golpe más duro lo recibiría al año siguiente para el aniversario de la muerte de su marido cuando fue al cementerio y encontró aquel solitario ramo de flores sobre la tumba. Al principio se sintió confundida y no supo qué pensar. Pero después, y como consuelo, se lo atribuyó al hecho de que tal vez alguien se hubiese equivocado de muerto. Y no fue así, para su dolor y extravío, porque al año siguiente encontró los mismos crisantemos amarillos atados muy meticulosamente con un cintita del mismo color. Y a partir de aquel instante supo que llevaría una carga de incertidumbre más pesada que la del propio marido muerto. Y por más que pensó y repasó cada año, cada mes, semana, día, minuto, segundo de aquel matrimonio sin hijos pero con profundo respeto y consideración, no encontró ningún rostro, ninguna voz, nombre, nada, nada que le señalara alguna distracción, algún desliz en la vida de su marido.

Visitó a sus amigas de infancia, a sus vecinas, a las vendedoras callejeras, a otras que ocasionalmente hubieran podido pisar su casa y a todas interrogó, tratando de encontrar en la memoria una mirada demasiado atrevida o alguna sospechosa atención hacia su marido. Visitó a los compañeros de trabajo de su difunto esposo y les inquirió por salidas, cabarés, los insultó, los maldijo, los escupió, y así poco a poco, en esa agonía de su incierto destino, en esos celos que le corroían el alma, fue como adquirió esa fama de loca errante que la acompañaría durante toda la vida.

Se sentó en el cuadrilongo de cemento rústico y quiso llorar pero las lágrimas de afuera, las de agua salada, se le habían acabado, así tuvo que conformarse con llorar por dentro y mascullar unas cuantas frases incoherentemente amorosas, con ademanes y todo, como si le hablara al tiempo que es lo mismo que hablarle a la muerte. Vio las cruces monótonas, las coronas de flores marchitas de óxido y tuvo la sensación de que los muertos del cementerio la espiaban con sus ojillos fríos. Aspiró una fragancia de albahaca y tuvo el presentimiento de que algo terrible iba a sucederle. Pero no fue nada: sólo un perro marrón que la miró con sus ojos de cristal empañado, gruñó y luego desapareció. Entonces ella suspiró muerta de miedo ante lo desconocido. Y aún así resolvió esperar. Sabía que a la cita no faltarían los crisantemos amarillos. Pero la memoria le arrebató el brillo de la mirada y se sintió más sola que toda la soledad junta de los muertos todos. Recordó escenas intrascendentes de su adolescencia: se vio hermosa y desnuda frente al espejo, examinándose los senos con un dulce regocijo que le recorría el cuerpo todo. Después vio un asombro de cosas bellas en la mirada de su marido la noche de bodas. Se llevó la mano al sexo con ostensible incomodidad bajándose los pantifajas y mientras se recostaba contra la cruz murmuró un “¿Verdá que es a mí a quien quieres?” que la llenó de rumores y extrañas sensaciones de gozo y dolor. Tan y tan ensimismada se encontraba que no advirtió los pasos que se acercaron por detrás y apenas si sus labios esbozaron una mueca seguida de un grito cuando el puñal certero se hundió en su pecho, una y otra vez hasta dejarla sin vida con aquellos ojos demasiado abiertos empecinados en ver los crisantemos que ingrávidos y amarillos caían sobre la tumba ensangrentada.





(de Viajantes insomnes, 1983)