diogenes valdez
 
Biografía
La paloma desnuda
Biografía de un hombre desde un sexto piso
 
La paloma desnuda


No comprendió nada hasta que el murmullo que subía desde el centro de la plaza se hubo desvanecido por completo. En su habitación situada en el quinto piso, la mujer no vela bien lo que pasaba; apenas la multitud alrededor de la fuente y uno que otro curioso que atravesaba la calle e iba a engrosar el tumulto. En un momento llegó a pensar que no le importaba nada de lo que sucediera fuera del círculo de su vida. Le dolía el pecho. El médico le había dicho a su esposo algo acerca de las anginas; además estaba el asma que ahora la asediaba con más frecuencia. Se acercó a la puerta vidriera y la corrió por completo. Salió al balcón, una ráfaga calurosa le golpeó el rostro. Sus ojos se concentraron en el lado norte de la fuente. La multitud se dispersaba. Un silbato penetrante anunciaba la llegada de una ambulancia que se detuvo junto a su edificio. Los transeúntes volvieron a arremolinarse, los hombres vestidos de blanco se abrieron paso a empujones; entonces pudo ver con claridad el cuerpo de la mujer, completamente desnudo y destrozado, con todas las vértebras rotas, sangrando. Había un charco de sangre al borde de la fuente. Se sobrecogió de terror. Desde esa altura le parecía que la mujer tenía un rostro conocido, pero se negó a identificarlo. El calor se hizo más intenso; el asma comenzó a presentar sus síntomas, quiso alejarse de la baranda, pero una fuerza oculta y poderosa se lo impedía. Allá adentro era distinto, estaban el aire acondicionado, las pastillas para el asma, y el jarabe para el dolor. Vio cuando se llevaban el cuerpo de la mujer y cosa extraña, una paloma roja y cuatro mariposas desnudas levantaron el vuelo desde la camilla y se desvanecieron en la atmósfera de esta calurosa tarde de verano. Se refugió en el fresco artificial de su apartamento. Cerró la puerta de cristal. Estaba sofocada. Se recostó a la pared y la calle, la plaza, la fuente y el murmullo de algunos curiosos quedaron a su espalda. Un ruido proveniente del balcón la hizo volverse asustada. La paloma roja golpeaba con el pico y con sus alas el cristal, como si quisiera entrar. La mujer lo entendió así y fue a abrir, pero la paloma se alejó volando. Ella la siguió con la mirada. La vio detenerse junto a la fuente. Desde aquí le parecía que más bien había caído fulminada por un rayo invisible. Pensó que todo esto era absurdo: otra vez la fuente, la misma multitud, los mismos rostros difusos, hasta presentía el ulular de la sirena de la ambulancia que se acercaba cada vez más. Otra vez los hombres con la camilla, otra vez el rostro conocido. Esta vez no pudo ver la paloma, ni las mariposas desnudas porque su ojos se cerraron un instante. Regresó a su habitación. Se sentía peor. El pecho le dolía a causa de la angina y el asma no le dejaba respirar. Allí estaban el jarabe que no iba a tomar y las pastillas.

Se abandona en un sillón y se pone a pensar en los que no tuvo, en lo sola que está, en el marido infiel ahora debe encontrarse en brazos de su amante. El en el pecho se le hace insoportable y le es difícil respirar. Ve llegar el vuelo rojo de la paloma que se posa otra vez en la baranda. Por un momento olvida la muerta allá abajo y concentra su atención en la paloma que va soltando todas sus plumas hasta quedar completamente desnuda, como una criatura que acaba de nacer.

La mujer no comprende. No quiere comprender. Camina con paso muy cansado hasta la puerta de cristal y en el momento de abrir, la paloma emprende un vuelo de difícil trayectoria hasta el centro de la plaza, cayendo verticalmente junto a la fuente. Llega arrastrándose hasta el borde la baranda y observa con tristeza a la multitud allá abajo. Ya no puede adivinar el sonido de la sirena: lo escucha. Lo ve todo igual que antes: el rostro de la mujer que le parece conocido, la sangre, el cuerpo quebrado en cada vértebra. La mujer comienza a quitarse sus plumas. Se despoja de su bata vaporosa y con ella se desprende el dolor que tenía en el pecho, el aire se torna más fino y llega con facilidad a sus pulmones. Dentro de su piel rosada existe ahora una mujer diferente, una mujer a la que ya no le importa los hijos que no tuvo, ni la infidelidad del marido. Ya no está sola; se arranca la memoria. Inexplicablemente sonríe, ahora sabe a quien pertenecía aquel rostro. Está feliz. Se siente saludable. De súbito el aire del balcón se hace más fresco y aparece una mariposa de oro y después una de nácar, ahora una de cristal con incrustaciones de plata, ópalo y lapizlázuli; hay muchas mariposas de todos los colores y metales preciosos, que nacen de su balcón y que se alejan volando hacia el centro de la plaza. Quisiera marcharse con ellas. Entonces, abre sus brazos y comienza a elevarse lentamente. No hay en su cara ningún gesto de sorpresa, es como si siempre hubiese sido así. Su cuerpo ya se ha elevado varios metros. Sigue batiendo sus brazos suavemente y comienza a alejarse del balcón. Abajo la multitud espera. Se escucha una sirena...