diogenes valdez
 
Biografía
La paloma desnuda
Biografía de un hombre desde un sexto piso
 
Biografía de un hombre desde un sexto piso


Desde el principio todo estuvo previsto, menos el final. Desde hacía algunas noches el tema le estaba robando el sueño. Tenía que escribir la historia de un hombre que está escribiendo un relato y que pierde la vida sin encontrar el final. Sin embargo, tampoco él encontraba el desenlace. Era una historia rebelde, casi intuida en todos los detalles, menos en la forma en que debía terminar.

Camina un par de pasos sin darse cuenta que se encuentra en el balconcito que tanto le fascina, porque desde este sexto piso puede mirarlo todo sin llamar la atención. Mira los autos allá abajo, las gentes que caminan por las calles y las hojas que en este ventoso otoño se caen de los árboles. Mira también la Smith-Corona y se repite lo mismo; le dice a su conciencia que no va a comenzar a escribir el relato hasta que no tenga todo en la cabeza. Ahora la luz y el aire se confunden. Sigue pensando recostado a la pequeña verja del balcón, dejando que sus ojos contemplen todo el barrio sin mirarlo y allá detrás, a su espalda, la máquina espera las caricias de sus dedos. Se sienta. Toma una hoja de papel, inmaculado. Sus dedos comienzan a traducir sobre la máquina todas las ideas que tiene en el cerebro. Frunce el ceño mientras escribe y la cara se le transfigura toda. Ya sabe que no es el mismo. Sus manos se aceleran al ritmo de la fiebre que se ha encerrado en su cabeza. Ahora es otro hombre y escribe, escribe, escribe sin que nada lo detenga. Ya no importa el reloj, ni la brisa que entra por la puerta abierta que mira hacia el balcón. No importan los débiles sonidos que suben desde la calle, sigue escribiendo sin importarle los minutos y las ideas que llegan se escapan por sus dedos y se quedan allí, en el papel, en forma de rayitas paralelas y negras, como la sangre coagulada. Nada lo detendrá ya hasta que encuentre el final que aún no se vislumbra en la cabeza. Está como un poseso. Sigue escribiendo y pensando; como si todo el fuera un único pensamiento. No siente hambre ni nada. No sabría decir las horas que han pasado. Ni siquiera ha levantado la cabeza pan darse cuenta que ni una sola vez ha cambiado el papel que alimenta la máquina y que recibe sus ideas. No se ha dado cuenta tampoco, que la pequeña habitación en donde afuera escribe, se encuentra abarrotada con aquella interminable cinta de papel que brota de su máquina, como un manantial blanco y negro, sucio con sus palabras. Y el papel sigue allí, apretándose contra las paredes, subiéndose a los muebles, derribando el florero, obstaculizando el aire que ya no corre libremente. Ni siquiera siento el dolor en las falanges, una extraña fiebre lo domina. Le brillan intensamente los ojos, se muerde los labios y las ideas se suceden como las aguas de un río. Solo una cosa le tortura; no encontrarle el final a esta historia de un hombre que está escribiendo otra historia y que se muere sin encontrar final. Todos sus pensamientos y todas sus palabras surgen opacadas por el delirio de esta preocupación. Es como si le estuviera haciendo trampas el cerebro, y, el papel se sigue amontonando, empujando ahora la mesa en donde escribe, pero todavía el no se ha dado cuenta.

Ya debe estar en el balcón. porque la brisa le pega con mas fuerza encima de la nuca, pero no se detiene, escribe, escribe, escribe sin levantar los ojos de la máquina, sin darse cuenta que no ha cambiado el papel, porque quizás ahora esto resulta innecesario. Sigue escribiendo y el papel saliendo de la máquina, interminable y eterno: ¡ahora o nunca!, intercala precariamente este pensamiento. No siente la molestia que le causa la presión del borde de la mesa encima de su pecho, ni la de la pequeña baranda que se encuentra a su espalda, no se da cuenta que el torso se le ha arqueado, porque el montón de papel casi le cubre los ojos y apenas si puede respirar, pero sigue escribiendo, únicamente sus dedos tienen ojos y encuentran sin dificultad la esfericidad deforme de las teclas, entonces, pierde el equilibrio y su cuerpo cae al vacío desde este sexto piso, encontrando el tiempo preciso para hacer un último pensamiento y encontrar el final, porque el final está ahí, en la caída, en ese cuerpo que dentro de un momento tocara el pavimento en donde se le habrán de romper todos los huesos, en la sangre que manchará el cemento y en ese desvanecimiento que se presentó de improviso, mientras pensaba escribir una historia y, desde este sexto piso miraba los autos allá abajo, las gentes que caminaban por las calles y las hojas que en este ventoso otoño se caen de los árboles.