I
…a pesar de la luna, sabíamos que el tiempo de la noche lo había consumido el insomnio y que aquella casa grande se convertía en diálogos vacíos de historias jamás transcurridas.
II
Las madrugadas del solsticio son más largas cuando es diciembre, quizá el frío prolonga las horas. Había una chimenea pero nada ardía en ella; en los países cálidos como éste, las chimeneas se vuelven de repente artefactos de adorno en salas que pretenden preservar un ridículo aire clásico.
Sin dormir intuía poca diferencia entre el sueño y la vigilia, una gran pesadumbre hacía estragos en la voluntad. Tantos viajes al baño cuando el invierno no cede ni una pulgada; tantos “no coño que nos encuentran” en Vanaídia, el único ser con vida en esa casa atrapada por el desvelo. Caminaba de la cocina a la sala con más té del que éramos capaces de tomar. Tenía unos veinte años y su apellido de Inclán. Vino un día, helada de susto, a nuestra puerta y dijo que no tenía a donde ir; así, simplemente, como si eso tuviera que importarnos. Y nos importó más que su desgracia, sus nalgas redondas, su sexo forcejeando con el vestido ajustado. El deseo siempre puede más que la misericordia, porque en el principio fueron la lujuria y la bondad un dictamen de una conciencia que ya no escuchamos.
Recuerdo cómo fue su llegada: a esta misma hora titubeando en el terraplén que está a unos metros del umbral eternamente semi oscuro. Creo que era el ocaso de octubre, hace más o menos dos años. La vi y me subió la sangre del pecho a la garganta, se me erectó el cuerpo.
Corrí hasta la puerta y le di albergue sin necesitar explicación. Sin saber su origen. Si venía del invierno con ese traje rojo tan ceñido, esa boca quemando el aire. Desde ese día vive aquí, con la somnolencia de mis hermanas que, agazapadas en esta larga madrugada, tejen suéteres que nadie va a usar.
Mis pobres hermanas encarceladas como yo en esta casa que duele. Ellas también codician a Vanaídia y las comprendo: no ven a un hombre desde el cadáver que encontramos congelado en el pantano y están enfermas de la percepción. Cualquier pies es un refugio a esta vacuidad que las hace amanecer húmedas sobre hilos y lana, con esos eternos suéteres que van hasta la puerta y se enroscan como alfombras viejas. La rastreamos, olemos sus huellas, inspeccionamos los rincones; a veces me masturbo en su rastro y entonces ella aparece riendo con más té. Vanaídia se evapora, se pierde en la casa grande y de una sola puerta y un camino de ida y vuelta del terraplén a la entrada. Nada más hay, desde que el parquecito de los Porcarrero, que se divisaba desde la ventana, se convirtió en herrumbre.
Singularmente las sombras arropan el techo, cuando las gotas de rocío que se deslizan forman alucinaciones de hielo en la ventana y el Kerosene parece extinguirse, no durará tanto como la madrugada.
He repasado el calendario buscando un indicio que me ayude a interpretar esta fija madrugada, cómo se recogen las horas y se precipitan luego en el techo como tropel de animales. No sé en qué tiempo verbal debo contarles esto. El pasado no ha transcurrido, el futuro no ha sido pensado. Toda lógica es falsa, frase hueca. Desde que vino Vanaídia, no sé de dónde, el día no llega. No alcanzo a ver qué espera de mí esta mujer y su tiempo estático; me enlaza en su falda roja, me deja tocarla y escapa. Si pienso huir siento que el corazón del mundo está en esta casa y aquí me quedo, libre de no irme, siendo el testigo de una hora que cuenta el chiste más cruel: el escape de todo porvenir.
Ahora que la veo correr y ocultarse como un niño, mientras mis hermanas ríen y apresuran el hilado, la persigo, me acogoto detrás de los muebles, la aprisiono en la columna de alabastro, nos enredamos deformes en su transparencia y rodamos por el piso. Su carne tibia sobre mí me consumía. Fluía el tiempo por su sangre, bajo su piel se oían voces, lamentos, carcajadas; había luces, rostros conocidos y rostros abominables. Todo lo había absorbido su presencia. Yo transcurría por su cuerpo, diluido en un abrazo con la muerte. Miré por la ventana que el sol marcaba el alba y en un recodo de la chimenea mis hermanas reían mientras hilaban.
|