aurora
mambrú no fue a la guerra
biografía
 
 
 
Mambrú no fue a la guerra


EN OFF

“No, no hay ni hubo jamás, una casta más deplorable…”

Estoy entre los rotos. Tú estás roto. El está roto. Nosotros estamos rotos. Todos estamos rotos. Pero tu rotura no es igual a la nuestra. Perdiste el equilibrio antes de llegar a la cima y sin fuerzas para contrarrestar la gravedad rodaste cuesta abajo. Tus caídas se fueron multiplicando vertiginosamente como en el plano inclinado de la teoría física que te ofreció la oportunidad de excelentes notas y pésimos resultados en la vida real. Yo lo hubiera callado todo. Ni con la soga al cuello para quedar entre los colgados hubiese dicho una sola palabra, pero tú crees en la ciencia y sin arrepentirte de tus hechos vomitas tus cosas. Hablas de ti. No te ofendes de ti. Quieres que te escuchen. Te escuchamos por fin.

Cuenta que te cuenta. Contar. Contar. Contar. Seguir contando cosas hasta que su propia infinidad me provoque cansancio y sin terminar dar un grito, un alto, y que los que queden vivos se consuman rectificando sus intimidades por los siglos de los siglos, así sea, y pensar que esto es Boulevard St. Michel, justo de los números 27 al 31. dejo caer la mirada sobre el escaparate portátil con venta de periódicos y lego en la primera plana de un ejemplar de France Soir: Cruzada Negra. Liberación Africana. Pienso que no son noticias para primera plana; desde hace décadas el África negra lucha y quiere ser totalmente libre. Llevo la vista a otro titular: La vida secreta de los gatos. Lo de la vida de los gatos sobre los tejados maullando berrenchinadas eróticas es tema tan explotado que no sacude mi curiosidad. Río conmigo una risa burlona y negativa que enfurece a un tipo desconocido que pasa por la misma acerca, cerca de mí. Esto es Boulevard St. Michel en el Barrio Latino de París, mil novecientos… tanto. Lamento lo del muchacho, desearía explicarme con él, y mientras trato de localizarlo, corriendo la mirada de un lugar a otro lugar, siento sobre mí una banda de teenagers hembras o varones que pasan apretujándose. Hombres o mujeres. Mujeres u hombres. No puedo identificarlos por sexo, es imposible distinguirlos, llevan el mismo atuendo. Caminan y me empujan hasta el cristal de un restaurante. Detrás leo: plato del día 10.50 frs. No es posible tanto dinero, pronto volveré a quedarme sin comer, pasaré hambre, vagaré por los barrios baratos, dormiré sobre los bancos que están en los parques o en las avenidas, o entre los ángulos que forman las paredes y los contrafuertes de St. Severino. Pienso en tantas cosas a la vez, hasta en aquellos ataúdes que me impresionaron a la salida del Metro del Louvre frente a Pont Neuf. Morirse, que perra cosa morir. No hay derecho para que la gente se muera en París. Pienso en mi vida y en la de Lilá. Ella me repitió hace tres días: tienes que buscarte otra habitación antes de que la cosa reviente, no quiero comprometerte. Pero ahora espero los autocares, persigo al número 21, aquel que desde la Ciudad Universitaria subía por las calles Glaciere –Berthóllet- Claude Bernard y al terminar Guy Lussad entraba en St. Michel, seguía y cruzaba el Sena, llegaba a Chatelet, a la Opera y terminaba en St. Lazare. Era mi ruta cuando llegué como estudiante a París. Han pasado varios autocares. Yo a la espera de un número que tardó bastante en aparecer, pero que, por fin, asomó un ojo verde luminoso donde se lee el 21. Es algo indescriptible, como si dos amantes clandestinos se reencontraran de repente en un sitio inexplicable. Sin embargo dejé pasar el autocar.

Yo soy Claudio, tratando de buscar y clavar en una pared acanelada el tiempo perdido. Se me ocurre que hoy mi cerebro no funciona bien, que algo me falla, que caigo de no sé donde frente a esta esquina. Claudio, Claudio, me digo, me llamo una y otra y varias veces más. Avanza, debes ir más lejos. A las ocho de la mañana París es todo bruma. Es junio. Todo es bruma y así está mi cerebro, y guiado por ese mismo cerebro continúo la marcha hasta que cansado de subir y de bajar me decido a tomar asiento en una de las sillas vacías de la terraza que improvisa en la acera el Select Latin, con precios escandalosos. En la acera del frente bajo Marcuset está instalada la brasserie Glaciére que excita aún más mi hambre. Llevo conmigo diez francos en el portamonedas. Otro poco de dinero está en la habitación que ocupo en el hotel. Necesito juntarlo, y pienso varias veces que debo buscarlo. También pienso en el muchacho recepcionista que está detrás del mostrador. Tendré que saludarlo y observar su melena tan cuidadosamente peinada en un salón de damas. Es exageradamente antipático pero debo volver y el hecho de hacerlo equivale para mí a humillarme, a rogarle: la clé, s´il vous plait, monsieur. Debo ir. Iré. Estoy frente a él. Le hablo como un autómata, sin mirarlo. Me pasa la llave, llego al ascensor, aprieto el botón y subo. Se abre la puerta y llego al piso tres. La escalera está al fondo del pasillo, aún debo ascender diez y ocho escalones justo al descanso de la habitación número 46 que está en el cuarto piso. Entro, tomo el dinero y regreso. De nuevo en la calle me detengo y releo: Universidad de París-Facultad de Ciencias. Esta es la Plaza de la Sorbona con una estatua de Augusto Comte al centro. El mundo avanza, se abarrota de gente, de ideas y de vehículos, de choques y de muertos. Augusto Comte no es ahora un positivista que provoque incendios mentales. Lo hizo. Ha sido asimilado. El monumento sirve para dividir el estacionamiento de coches, los que entran los que salen, los que se quedan. También sirve de muletilla a los perros que orinan. Recuerdo: olvidé devolverle la llave al muchacho recepcionista pero no volveré para dejársela. Dirigido por mi dedo índice derecho el disco 46 gira con la llave. Seis meses con todos sus detalles atenazan mi memoria, se han tragado casi todo mi tiempo esta mañana húmeda y brumosa.

Anoche cuando pasábamos frente a Notre Dame, Lilá se asió fuertemente apretándome el brazo. Creí que nos derrumbaríamos, contribuimos con un esfuerzo mutuo tratando de evitar una tragedia. Unos pasos después, a la entrada de la rue de l´Arcade, delante del Bar Quasimodo, le salió un chorro de sangre. Me dijo angustiada: avancemos, avancemos, esto aprieta. Comenzó a perder las fuerzas, no sé como ganamos unos pocos metros más que parecían distancias infinitas. No sé cómo avanzamos, no lo sé. Justo al portal del Hotel Dieu se dejó caer. Me gritaba: corre, corre, debes evitar la policía. La dejé. No, no la dejé. La abandoné junto al portal del Hotel Dieu la Maternidad Pública de París. Había abortado allí mismo. Fui el único testigo de ese percance. Yo no estaba de acuerdo con ella, no deseaba que se deshiciera de la criatura. En varias ocasiones me había dicho: esto tiene que perderse, sería una vergüenza para mi familia, no vale la pena que nos veamos obligados a casarnos, tú no tienes peso de hombre que asume responsabilidades, además, me quitarían los dólares con que nos sostenemos los dos.

Lilá abortó anoche. Ahora es por la mañana, llego a la esquina, camino, me siento y echo una mirada por todo el boulevard. Me asusta el gran río humano que circula hacia arriba, hacia abajo, que corre a los coches, a los autocares, que baja o sube del Metro. Me levanto y retrocedo a la estrecha rue Champollion, la de los cines de estudiantes con precios para ricos. Ayer Lilá y yo asistimos a la tanta de las 16h. Da pena confesarlo, pero discutimos bastante con “Z” el filme de Vasilis Vassiloff. A ella le entusiasmó mucho la acción de los tipos revolucionarios y aplaudió la forma delirante cuando sentenciaron a los militares. El desbarajuste de la red de espionaje y de tortura la animó tanto que la obligué a moderarse. Quería levantarse y gritar como lo hacían otros estudiantes que eran revolucionarios que aplaudían y pateaban como locos. La prensa ha dicho que son muchachos del FLN de las colonias. No debí haberme sentido incómodos, pero mi naturaleza se rebela contra esos tipos que claman por la liberación de tal o cual región o país. Estaba molesto y la hice rabia porque me molestaba que pudiera pensar como sus compañeros de universidad. Y, además, porque ella no debía olvidar que salí huyéndole a la guerra del 65 en Santo Domingo. Sin embargo, salimos de “Z” cogidos de las manos y caminamos hasta llegar a un pequeño restaurante frente al Sena donde cenábamos con alguna frecuencia. Mientras preparaban nuestro pedido tomé un lápiz e intenté sacar la cuenta de cuanto había costado la ZetaZetaZeta francos, propina a la acomodadora, un paquete de castañas calientes, etc. Lilá me interrumpió: Claudio, no importa, me encanta sentirme adinerada, es tan agradable. Lo que haya costado está pagado, tú siempre vives contando miserias, no hagas comedia, sabías que no eran precios para ratas. Ella me humillaba, me hacía palidecer, me obligaba a pensar que también yo soy una rata que vive a expensa suya. Ha dominado nuestra situación, pero emocional y sexualmente se sentía perdida sin mí porque me necesitaba. Estoy consciente de que uno de sus problemas se llama sexo y de que es incapaz de tomar un hombre distinto cada día. No es una loca cualquiera. Sus vínculos familiares le impiden ir de uno a otro. Pobre muchacha, tan generosa conmigo. Cómo aprecia mi sabiduría.

Luego por fin a St. Michel donde hace esquina con St. Germain des Prés-Metro Cluny. Bajo al Metro. En un coche de segunda clase subo a Menilmonfant. Varios cambios de líneas en el sub. Arriba, en la superficie, está Lilá. Sigo pensando en ella. Está abortada. Anoche fue recogida en la puerta del Hotel Dieu la Maternidad Pública de París. El reloj marca las diez de la mañana. Doy por seguro que a esta hora ha sido interrogada una y otra vez. Su carta de identidad retenida. Negada a dar el nombre de su tío, el embajador. Yo rodando por debajo de la ciudad en el Metro, sudando por el calor desagradable y metálico que desprenden las máquinas, ahogándome con este calor sucio que queda suspenso en el vacío cerrado de los túneles, o pegado a las paredes de los túneles. No es carbón, esto es eléctrico, no sé, pero es sucio, y yo como una rata dejándome arrastras por los subterráneos de París. Cuando la máquina se detiene, leo: Gare de Austerlitz, se me aprieta de nuevo el corazón, pienso en la policía que habrá tomado todas las cosas de Lilá, hasta su carnet de la Facultad de Letras. No, no es una puta profesional. El médico habrá notado que es su primera pérdida. La máquina continúa la ruta trazada. Soy un estúpido, me reprocho, pero me consuela que luego de tres días estará en paz y la llevarán hasta la puerta de una casa que ella dirá que es la suya. No, no irá a la embajada. Ruedo. Esto es un cielo bajo tierra. Siendo que la máquina arranca de nuevo, que se detiene de nuevo. Cambio a la línea 5, a Eglise de Pantin. Estoy somnoliento y actúo como un autómata. Se me cierran los ojos y los dejo cerrados. Cuento con los ojos cerrados siete frenazos de paradas hasta llegar a Republique.

Paso inmediatamente a la línea 3 Pte. des Lilas, u una, dos y tres paradas más: Pére Lachaise. Salgo del coche y corro a la línea 2 Nation-Etoile. Una estación más y estoy en Menilmontant. A la salida del Metro la claridad del día y el apabullante gentío me sacuden, en forma tal, que quedo en mi propia y débil naturaleza y me reconozco un fracasado. Ciertamente, huí de mi país en el 65, cuando ocuparon otra vez los yanquis. Yo no iba a pelear contra un pueblo superior, pero tampoco me importaba defender el mío. Lilá conoce todas mis debilidades y presiento que no volverá conmigo al apartamento de Rosetta.

No volverá a aquella desmantelada vivienda donde nos instalamos hace seis meses para disfrutar nuestro amor o hacer el amor. Un solo cuartucho lo nuestro, pero no faltaba nada. Cuidó de asegurarme y yo lo acepté todo sin discutir cuanto me ofrecía en esa rue de Solferino que me sugería un aire de escondite. Poseíamos el encanto de la rive Gauche; caminábamos las callejuelas estrechas y retorcidas. Saltábamos en zigzag. Zigzagueábamos abrazados hasta llegar a Cluny, y cuatro cuadras hacia el oeste, la Facultad de Letras donde dejaba a Lilá todas las mañanas.

No sé, pero algún día alguien terminará esta historia y la llamará Mambrú. Mambrú no fue a la guerra. Ahora no puedo continuarla.





(Tablero, 1978)