masticar una rosa
dalmata
biografía
Dálmata


—Pásame el alcanfor –decía. Yo me acercaba a la cortina de cuentas y alargaba la mano con el frasco manteniendo la cabeza afuera. La Julieta, a la que los hombres llamaban July, era tan flaca como yo y no se cuidaba que la viera desnuda.

Enseguida me mandaba al patio. Al rato, la sentía salir. Jugaba y la seguía con el rabillo del ojo, preguntándome por qué me consideraba tan niño y se desentendía. Entrecerraba un ojo, balanceándome como lanzador de béisbol, y tiraba la canica, sacando por lo menos dos bolas del centro. Los muchachos daban brincos por detrás de mí, batiendo palmas; y yo, siguiendo lo que ella hacía. Sin mancar, cada mañana lo mismo. Salía del cuarto en una bata roja de encajitos desteñidos. Algunas veces, su color estaba quieto; otras, miserioso, apretado contra las pestañas. Duraba un rato en la cocina. De allá venía con un jarro de té y un pan de agua. Arrastraba el haragán cerca de la puerta; y ahí, mirándonos como si estuviera viendo una piedra, mojaba el pan y lo masticaba sin despegar los ojos del sitio. En esos momentos yo siempre ganaba, pero no creo que se diera cuenta.

Después, se metía al cuarto y regresaba en pantalones cortos y rolos en la cabeza. A mí me gustaba más mirarla con los cabellos sueltos, repletos de nudos. Como cuando se lavaba la cabeza en la regadera del patio; y al rato, echando un olor a cáscara de naranja, entre los chorros de agua, me gritaba: —¡Ey, cómprame diez centavos de rinse! Corría al colmado y en lo que se dice amén, ya estaba de vuelta, jadeando con el vasito de líquido rosado. Ella, con una toalla sobre los hombros, lo tomaba sin mirarme. —Ahorita te doy un centavo, decía. En ese ratito, la notaba como pulpa de níspero. Agrupado el color de los ojos, asemejándose más a la canica que tenía escondida debajo del colchón, desde que descubrí su parecido con los ojos de July.

A las doce, estaba parada en la puerta, con el cantinero en la mano. —Mira, cómprame la comida, mandaba. Yo siempre me encontraba por ahí, esperando la orden. De frente, me fijaba en su aspecto, parecido a veces a la ceniza. En esas ocasiones olía a pescado muerto. Pero había días en que amanecía con gusto a melao y el mamey le brincaba de los ojos. Entonces, a la hora de procurar la comida, me regalaba cinco centavos.

Fue pasada la Semana Santa que llegó el hombre. Colorado, con nariz afilada y ripios de cabellos topándole la espalda. Un gringo, se decía en el barrio. Mientras se hallaba adentro con la Julieta, tres sujetos daban paseitos por los alrededores. A la hora de la cena, venía un vehículo a recogerla. Sentado en el contén, hacía sonar las canicas entre mis manos, pero July pasaba mirando derecho.

Ya no se tiraba al haragán con las piernas abiertas, a echar un sueñito después del almuerzo, como antes, sino que se metía a la habitación. Desde que apareció el hombre, otros no se atrevían a entrar a su casa. Ni siquiera los que andaban acompañándolo.

Por mediados de agosto, la mudaron. Los vecinos se habían hecho ilusiones con los trastos, pensando que iba a liquidarlos. Mi tía contaba con la cama de resortes y el ventilador de pared.

—Dile que le voy a comprar el abanico, me mandaba. Pero la Julieta no dio chance. Echó candados a las puertas y salió caminando sin mirar a nadie. Llevaba el gusto a melao: más olorosa que la playa y que la leche hirviendo. Los cabellos recortados y unos aretes que tintineaban a cada paso. Iba con tacones medianos, un mameluco de fuerteazul le apretaba caderas y cintura. Hubiera pensado que era otra persona, si antes de marcharse no me dice: —Te presto el radio, poniéndome entre las manos el pequeño aparato que funcionaba con baterías y electricidad. En esa frase sentí a la misma Julieta del alcanfor y el pan de agua.

“De cuero a señora”. “La lleva a los casinos para coger buena suerte”. “Viste de seda”, murmuraban los vecinos del barrio, pasadas unas semanas, asegurando habérsela encontrado por la calle. “Destino de prieta que envidian las blanquitas”, recalcaba mi tía.

De mi parte, sólo prestaba atención a su casa, cuidándola día y noche, para que no fueran a meterse ladrones. Desde la cocina de mi hogar, veía su frente. Por detrás, no lejos, se hallaba el antiguo matadero donde se botaba basura y crecían matas de plátanos.

Por ahí hice un claro, desde el cual podía vigilar la parte trasera sin que me molestaran. Me entretenía masticando caña o le sacaba ron a la damajuana de mi tío y me lo bebía gota a gota.

July volvió al cabo de un año, escoltada de un perro blanco con negro. Le descargaron unos pocos enseres de una motoneta. —Agarra ahí, dijo, pasándome una jaula con dos pajaritos que no paraban de brincar. Uno azul y gris con listitas blancas, el otro totalmente amarillo. —Periquitos del amor, agregó, notando mi embelesamiento. Supuse que también se daría cuenta del adelanto de mi estatura, sobrepasaba el nivel de sus hombros. Caminé detrás de ella y el animal. Al poco tiempo, vecinas y vecinos husmeaban en su puerta con una taza de café o escoba en mano, ofreciéndose a ayudar. Para agradarla, le comentaban que estaba más blanca y más gorda. Se fijaban en sus uñas largas y sus cabellos enroscados, concluyendo que al fin y al cabo, la Julieta no había cambiado mucho. El perro de medioluto no se le despegaba de las piernas. Pensé que nada tenía que hacer allí, marchándome con la certeza de que no pasaría mucho tiempo antes que la Julieta pidiera le alcanzara el alcanfor y le comprara su comida.

Pero en los días siguientes mantuvo cerrada la puerta delantera, volviendo a echar los candados, como si quisiera aparentar que no había nadie. Me escurría por la barranca, observándola de lejos con su ropa nueva, su cabeza llena de rizos y su color de ceniza, tendiendo ropas en los cordeles, prendiendo carbón o limándose las uñas. El vientre se le llenaba y ya no lograba adivinar cuál color gobernaba en sus ojos. Nunca más volvió a vestir su bata de encajitos. El perro no le perdía ni pie ni pisada. Habían pasado veinte días. Eché al retrete la canica que contenía los viejos colores de sus ojos.

Una madrugada, desperté de un brinco. Al rato, me seguía la sensación de tropiezo. Escuché pasos y ruidos. Giré hasta las rendijas que daban a la calle. Había dos autos estacionados en la acera opuesta. Apenas se figuraban en la oscuridad. Volví a tenderme, atento. Los sonidos que provenían del patio hacían una estrelladera en mi cabeza. Juntando ánimo, agarré la barra de metal que guardaba bajo la cama. Abrí la puerta y avancé algunos pasos. En la vivienda de Julieta había luz, pero la puerta seguía cerrada. El Gringo vino a llevársela, me dije, acercándome por un costado, hasta descubrir la silueta de un individuo. Di un rodeo, manteniéndome a distancia. En el fondo del matadero, había otro hombre. Con la cadena corta controlaba al perro de manchas negras. Al parecer le había puesto un bozal.

“Vamos a sacártelo”, susurró una voz. El estrépito de muebles, y la resonancia nasal de un grito. Uuuuunnnn. Otra vez la voz: “Te lo sacaremos aquí mismo”. “Con delicadeza”. Luego un silencio y otros golpes.

Las manos se me enfriaron como el hierro que agarraban. No podía moverme. Pensé que soñaba y que en el sueño la luna, más allá de la barranca y el río, estaba fina como hilo de saliva entre los labios de July. Al rato, grité con tanta fuerza como si me hubieran descargado un garrotazo.

Después, llegó la Policía. Que yo estuviera temblando y llorando sin parar no fue impedimento para que me llevaran con los otros. En ocasiones, pensaba que regresaría pronto. Con los años que llevo preso, si la Julieta pudiera verme, no me reconocería.






(de Piedra de sacrificio, 2000)